¿De qué manera consideras que Un chino de paso por Venecia, camino a Cuba se insertó (o no) en el contexto general de la Bienal?

Pienso que efectivamente se insertó en el contexto general de la Bienal debido a que abordó temas como la migración y los conflictos de poder entre grupos humanos en el contexto histórico y actual. Durante mi estancia en Venecia pude observar que muchas exposiciones tuvieron acercamientos similares, como por ejemplo los Pabellones de Grecia, Nueva Zelandia y Alemania, por solo mencionar algunos.

¿Cómo evalúas la experiencia de participar con una exposición personal durante la Bienal de Venecia?

Aún sigo procesando qué significa tener una exposición personal en Venecia coincidiendo con su Bienal. Puedo decir que me permitió vivir desde dentro los procesos de trabajo que los espacios autogestionados y las galerías realizan paralelamente al evento central.

¿Visitaste la muestra central, otros pabellones nacionales o las colaterales? ¿Qué te impresionó particularmente?

Visité muchos espacios expositivos de la Bienal de Venecia y llegué a la conclusión de que se necesitarían mínimo tres semanas para ver todo el evento. Mirando la Bienal desde la distancia puedo decir que los pabellones nacionales de Egipto, Grecia, NSK, Nueva Zelandia y Cuba fueron mis favoritos. De la muestra central me gustó mucho la obra Atrato del artista Marcos Ávila Forero y de las exposiciones colaterales la exposición retrospectiva de Tehching Hsieh, un reencuentro con su obra que tuve la posibilidad de conocer por vez primera en Montreal hace ocho años.

El artista Moataz Mohamed Nasr Eldin que exhibía en el pabellón de Egipto logró crear una atmósfera impactante en el cual los nuevos medios y los materiales primarios como son la tierra o el barro confluían creando un environment que te hacía sentir dentro de las imágenes que se proyectaban en el video.

El pabellón de Grecia, representado por el artista George Drivas, me gustó mucho pues de forma muy sutil y creativa abordaba los conflictos migratorios que hoy en día enfrenta nuestro mundo; por otra parte, Nueva Zelandia con la artista Lisa Reihana se aproxima a los mismos conflictos con imágenes más directas y acciones como los eslóganes Refugees Rights e Indigenous Rights en las bolsas que repartían a las personas.

El NSK State Pavilion que estaba representado y comisionado por el colectivo artístico IRWIN es bien interesante porque es un proyecto creado en Eslovenia. Este proyecto consistió en crear un país reconocido en el sistema, pero sin territorio físico. Este país tiene la autoridad de entregar pasaportes válidos y reconocibles en casi todas partes y, por consiguiente, permite que muchas personas puedan ser ciudadanos de NSK. Durante la apertura el público podía aplicar a la ciudadanía de este país para posteriormente recibir sus pasaportes. Para mí estar presente en el opening del pabellón fue muy especial porque hace unos años visité el estudio de estos artistas en Ljubljana y vi el proyecto de este Pabellón que hoy hicieron realidad.

Considero que el Pabellón cubano abordó muchos temas como la migración, la religión, la política, la historia y los deseos humanos. Estos temas provenían de los propios conceptos que los artistas seleccionados han venido trabajando en sus obras. La selección curatorial creó una diversidad de temas y confluencias generacionales que considero funcionó muy bien. Por ejemplo, puedo ver una relación muy especial entre la performance de Carlos Martiel y la obra de Meira Marrero & José Ángel Toirac; artistas de diferentes generaciones, pero con preocupaciones similares que responden a un mismo contexto. El diseño curatorial de las obras dispuestas en la primera planta y las ubicadas en la planta segunda también llamó mi atención. El Pabellón de Cuba en esta edición ha sido uno de los que más interés ha suscitado, no solo dicho por mí sino por muchas personas que encontré posteriormente en Venecia y en otras ciudades de Europa.

Fue un honor participar en la 57 Bienal de Venecia representando el Pabellón de Cuba. Lo más importante y relevante para mí fue la realización de la obra Mediterráneo, que tenía pensada hace varios años y finalmente realicé dentro de un contexto ideal para su comprensión.

Mediterráneo se refiere a la inmigración africana a Europa, y a todas las vidas que se han perdido en las últimas décadas por la inmigración masiva y la falta de seguridad con la que se lleva a cabo. Mi principal interés era cuestionar cuáles son los trasfondos en esta problemática. ¿Quiénes son los responsables de la actual situación de miseria, pobreza y violencia en el continente africano? ¿Cómo contribuye la política de venta de armas de algunos países europeos a la inmigración masiva de la población africana? ¿Qué valor tienen las vidas de las más de 27 700 personas que entre los años 2000 y 2016 han muerto ahogados en el mar mediterráneo? La realidad es que anualmente miles de personas africanas emigran de la forma más insegura hacia Europa, y un número reducido llega a su destino, pues un gran porciento de los sobrevivientes es deportado a sus países de origen, lo que hace aún más dramática la situación. ¿Qué mejor lugar que Italia para hacer esta obra? Realmente valió la pena todo el tiempo que tuve que esperar.

Esta acción parte de un tejido realizado a la manera tradicional (crochet) jugando con el contenido simbólico del color rojo desde lo personal, lo político y social.

La obra consiste en deshacer el tejido, acto que encierra en sí mismo la acción de deconstrucción como paradigma de un nuevo ideal, un retorno al inicio, a la matriz y a la materia prima como punto de partida que sugiere la posibilidad de otro comienzo. De esta manera me interesa hablar sobre la historia y sus divergencias en el tiempo.

Desde el punto de vista personal fue una experiencia única. Había participado en una edición anterior de la Bienal de Venecia como artista independiente y esta sigue siendo la pauta hoy en día, una Bienal muy individualista para artistas puntuales. Sin embargo, la presencia cubana aportó algo diferente. Debía ser quizás una experiencia para otros que un grupo de notables artistas de diferentes generaciones tuvieran una participación colectiva. Considero que constituimos un evento dentro del evento, y sin modestia aseguraría que fuimos una de las propuestas más destacadas y hermosas, con gran aceptación de público general y especializado. Fue muy democrática la manera en que se exhibió nuestro trabajo, un montaje vivo que comenzaba llamando la atención desde la propia plaza con la pieza de Esterio Segura.

Roberto Diago. Ciudad quemada / 2010 – 2017 / Instalación, madera quemada / Dimensiones variables

Instalaciones, fotografías, videos, se conjugaban en los diferentes espacios del Loredan. Parecía que el edificio se había construido para nosotros expresamente. Fue una experiencia mágica que ojalá se repita.

Tu trabajo específico, una obra que ya habías mostrado en Cuba, ¿cómo se inserta en el proyecto colectivo?

En mi caso, ustedes los curadores tuvieron una concepción clara desde el inicio. Rara vez esto sucede con tal precisión. La excesiva emergencia, el proyecto solicitado con apremio, son problemas comunes en nuestro país a la hora de organizar eventos. En este caso considero que la experiencia y visión que ustedes tenían del trabajo de los artistas cubanos permitió construir esta curaduría con el tiempo, y desde el tiempo… Estaba claro cómo íbamos a interactuar los unos con los otros y resultó finalmente una exposición bien pensada.

Seguramente visitaste otras exposiciones centrales, pabellones nacionales, colaterales. ¿Qué opinión te merece esta edición?

El poder del dinero se hace sentir…, y lo dejan sentir en eventos como este. Entre muchos de los integrantes de la delegación cubana, que también hemos expuesto en diferentes espacios en el mundo, primó algo que me hizo sentir nuevamente como estudiante, y fue el amor por el arte, el compromiso con la obra. Encontré muchos pabellones nacionales que ostentaban el poder de los recursos, pero con propuestas bastante mediocres. El público pasaba de largo y se detenía poco a repasar las piezas. A veces me preguntaba ¿qué hace esto aquí?

Como norma en la Bienal de Venecia los países apuestan por un solo artista. Nuestro proyecto colectivo, fue un tanto contrario a esta práctica, ¿cómo lo percibiste?

Como creador te reitero que ojalá otros curadores se nutrieran de estas experiencias, se contaminaran con la idea cubana. Esa variedad de creadores y creaciones en un mismo espacio facilitó apreciar la diversidad y riqueza que nos caracteriza. Me pareció dinámico, eficaz y poderoso. Asistí a muchas fiestas, inauguraciones pródigas, pero la muestra cubana fue absolutamente especial, eso lo aseguro sin chovinismo.

¿Crees que nuestra producción se conecta con las preocupaciones y operatorias que motivan al arte?

El arte cubano está muy conectado con todo lo que sucede en el mundo. Las producciones son de un altísimo nivel, incluso superando otras provenientes de naciones privilegiadas. Los asuntos, los modos y procedimientos se equiparan con mucha frecuencia. Sin embargo, nos lastra en alguna medida el hecho de ser un país pobre, no contamos con sponsors que puedan solventar nuestros eventos. Quizás eso nos ha hecho redoblar el esfuerzo creativo. Creo que ese matiz específico siempre ha sido apreciado, sigue siéndolo y allí, en Venecia, fue particularmente percibido.

¿Proyectos, ideas, invitaciones a partir de esta participación?

En mi caso estoy muy contento porque Ciudad quemada fue vista por una curadora de la Ciudad de las Ciencias y la Industria de París y, ahora, la pieza estará nueve meses en una exposición temática dedicada al fuego. Fue increíble porque la curadora entró al espacio y dijo “esta es la obra”. El camino del arte, como el de la vida se construye paso a paso. Siempre recurro a una divisa que creo también me define: Honestidad y Paciencia.

Ya conocía la Bienal, pero por supuesto formar parte de la selección cubana fue muy emocionante. Sin dudas Venecia es una de los eventos más importantes del mundo y el solo hecho de que consideren tu trabajo para incluirlo es un gran estímulo.

Como ocurre con frecuencia en tu producción, realizaste el trabajo in situ a partir de materiales que habías elaborado en Cuba.

Ciertamente tiene una conexión evidente con obras anteriores. El proyecto surge porque Noceda conocía una cruz del año 99 y me pide una propuesta en ese camino. Acepté, aunque advirtiendo que mi trabajo se concreta ahora con otros recursos, concomitantes pero diferentes, y que de ninguna manera podría parecerse a aquella pieza.

Por otra parte, el espacio era hermoso, cuadrado, pero también plagado de las distracciones propias del edificio. Hubiera sido óptimo también contar con más amplitud para lograr un mejor despliegue. Comencé a construir solamente con una base fotográfica, pero en el proceso se enmascaró con el grafito… La idea original se fue transformando por los recursos disponibles en el lugar, como a menudo resulta con mi trabajo. La alfombra formaba su propia geografía con las pisadas y de esta manera los volúmenes de material fotográfico y grafito fueron adquiriendo otra dimensión.

En la medida que avanzaba el proceso veía que la obra adoptaba una forma particular, semejando una ciudad, casualmente descubría a Venecia en los entramados de las tiras fotográficas, las veladuras del grafito y las huellas en la alfombra. Un archipiélago en penumbras que se prolonga en depósitos de papeles y se disuelve en un mar de pisadas propias y ajenas. Por eso se titula La sombra dilatada, que proviene de una frase de Martí: “me gustan los atardeceres como si mi patria fuera la sombra dilatada”.

De ahí las cuatro puntas alargadas, dilatadas en el espacio. Al principio buscaba lograr algo donde el material fotográfico fuera muy visible, pero el resultado se manifiesta en ocasiones caprichoso, y me dejé llevar por la condición particular del lugar y su relación con los materiales que yo iba depositando. La luz adquirió un matiz fundamental al cerrar las ventanas y dirigirla de manera cenital, parca y precisa. Fue una perspectiva nueva en mi trabajo, más espontánea, donde los elementos adquieren un rol más autónomo, casi místico.

Venecia supuso un punto de giro en el proceso creativo de mi trabajo, un paso hacia delante por caminos que seguramente seguiré explorando.

Existe una tendencia muy marcada en las operatorias internacionales donde las acumulaciones de objetos de la más variada índole se han tornado protagonistas…

Mi primera exposición personal, en 1983, se titulaba Acumulaciones, así que puedes considerarme un pionerito de esa tendencia. Es que el hombre acumula, objetos, experiencias, conocimientos, recuerdos, vive rodeado de artículos, sustancias e historias y ellas lo definen más por sus combinaciones que por su unicidad. Mis acumulaciones son el recurso material de representar el sedimento de memorias y experiencias a través de capas, la memoria que se fragmenta, se deposita y finalmente se devela de diversas maneras.

El material fundamental en todo mi trabajo es el papel, un compañero inseparable portador de cualquier epigrama posible. Manoseado por el tiempo, los elementos, la emulsión fotográfica, la vida misma.

¿Cómo describirías tu relación con el resto de la muestra y con el contexto general de la Bienal?

Cuando supe que era un proyecto colectivo con 14 artistas me satisfizo mucho. Se generaba una posibilidad que llegaba a varios colegas. Un solo artista por edición me parece terrible. Por otra parte, el montaje en el Palacio Loredan fue impresionante. El trabajo del resto de los artistas me pareció muy bien elaborado, preciso, intenso.

Recorrí las muestras centrales, todas las que me alcanzó la energía. Muchas me impresionaron, pero uno tiene el vicio de ver lo que más le interesa y acota constantemente. Me impresionó el Pabellón alemán, el ruso, algunas zonas del Arsenal…, pero prioritariamente me sobrecogió el arte que se atesora en la ciudad, Tiziano, Leonardo…

No conocía Venecia, todos los días nos perdíamos y en ese juego, todos los días descubríamos la ciudad.

Mi primera participación en la Bienal de Venecia fue en el 2007 con el Instituto Italo-Latinoamericano (IILA), con los países que no tenían espacio expositivo. Luego, en el 2011, en una exposición colateral junto al PinchukArtCentre; y más o menos desde que terminé los estudios del ISA he visitado las ediciones, por lo que de una manera u otra siempre he tenido una relación personal y profesional con Venecia y la Bienal.

Justo este año, el IILA cuelga los guantes desgraciadamente, por términos de financiación. Dejan así huérfana la participación de muchos artistas de Latinoamérica, quienes más lo necesitamos, sobre todo aquellos que no podemos escalar a la financiación de estos maravillosos palacios… Imagina entonces el orgullo de que Cuba cuente, por primera vez, con un pabellón; además en el precioso palacio Loredan, con una ubicación impensable. Esto demuestra un interés enorme, y un sacrificio económico importantísimo, del Ministerio de Cultura y del país. Sorprendentemente hasta la calidad del montaje, que en Venecia no es fácil tampoco, nos salió bien.

Más allá de las críticas que podamos tener sobre la institución Bienal, y particularmente la de Venecia, no se puede dejar de lado la importancia de este evento. Es como la participación de Cuba en las Olimpiadas. Es un estímulo para los artistas cubanos: una inyección de energía y un ejercicio de puntería de francotirador en el más importante de los terrenos.

De forma menos significativa, replantearía para la próxima edición, esquemas de su concepción. Por lo general cada país apuesta por uno o dos artistas, en nuestro caso entiendo lógico que Cuba haya querido mostrar, por primera vez, un panorama más amplio, de varias generaciones, unos 14 artistas en este 2017; pero creo que un evento de este tipo es una oportunidad, y se debe ir más a una síntesis, a una mirada particular, a la creación de paradigmas y a la participación de artistas que puedan redefinir, enfocar y significar nuevos modelos en el panorama cultural cubano e internacional.

Es muy importante pensar que el arte es puramente elitista, y no me refiero a una élite burguesa, económica o puramente cognoscitiva, sino a una élite sensible; puede llegar a todos, sin importar su capacidad económica o social, más bien solo su abertura sensitiva. Por tanto, no podemos caer en la banalización cultural que obviamente se visualiza hoy día, a nivel internacional, y donde la “democratización”, la promoción y el mercado, de manera masiva y aleatoria, predominan… La dirección tiene que enfocarse más hacia la construcción de caminos puntuales, bien sólidos y contundentes en su contenido. Eventos como este no deben perderse de vista, por las oportunidades que pueden contribuir a nuestro panorama cultural.

Participar en un evento como la Bienal de Venecia fue una experiencia extraordinaria. Es de los sucesos artísticos más importantes para los creadores, sea cual sea su origen. Y digo que fue una experiencia extraordinaria no solo por esto del prestigio internacional, sino por la reconciliación global tan evidente. Montones de países ofreciendo un poco de su panorama y aún así conviviendo en total armonía. Sinceramente nunca había estado en Venecia, y de la Bienal solo había escuchado un poco, y visto en algunos catálogos.

El espacio funcionó de maravilla, aunque por supuesto que debí ajustarme a las especificidades de este. Pero eso fue lo interesante y lo que busco particularmente cuando hago instalaciones: ajustarme. Quiero que la obra dialogue con el espacio y que se cree un vínculo especial. En este caso se trataba de una biblioteca del Palacio Loredan, en la cual sustituí los libros por botellas con cortezas, raíces, ramas, frutos y semillas, conservadas en agua destilada. Una parte de la flora procedente de Cuba y La Toscana.

Creo que el pabellón cubano tuvo gran visibilidad por el lugar privilegiado donde se encuentra el Palacio y, de esa manera, se logró insertar con bastante efectividad, casi todo el que estuvo por Venecia encontró fácilmente el pabellón. En cuestiones de estrategias, esta resultó ser una buena.

La Virgen de la Caridad del Cobre y Los Remedios es una advocación de La Virgen María y fue proclamada Patrona de Cuba por el Papa Benedicto xv en 1916, respondiendo así a una solicitud firmada por más de 2000 veteranos de la Guerra de Independencia contra España. Veinte años más tarde, en 1936, la virgen fue coronada por primera vez por el arzobispo Zubizarreta, ocasión para la que se le confeccionaron el vestido, la aureola y la corona que luce actualmente. En 1998, durante la visita del Papa a Cuba, Juan Pablo II la coronó personalmente y le colocó en la mano derecha un rosario de oro y perlas.

Las primeras imágenes de la Virgen María llegaron al Nuevo Mundo con los conquistadores provenientes de España en el siglo xvi. En Cuba, la fe mariana pronto comenzó su proceso de transculturación con el culto a divinidades aborígenes relacionadas con las aguas, la luna y la maternidad, y también con la devoción a Ochún, deidad africana de origen acuático (representada entre otros atributos, por el color amarillo, el número cinco y sus múltiplos, los metales amarillos, el ámbar, la miel, etcétera) que mora en las espumas de los flujos marinos, fluviales y vaginales.

Cuenta la tradición que la imagen de la Virgen que hoy se conserva en el Santuario del Cobre apareció en 1612, flotando sobre una tabla que tenía escrita la frase “Yo soy la Virgen de Caridad”, para salvar milagrosamente a tres personas humildes que buscaban sal y habían sido sorprendidas por una tormenta en la Bahía de Nipe, situada en la zona nororiental de Cuba. Con el paso del tiempo, los socorridos se incorporaron a la iconografía de la Virgen de la Caridad del Cobre y la imaginación popular los bautizó como Juan Criollo, Juan Indio y Juan Esclavo.

Los tres Juanes navegando juntos en la canoa, a merced de las fuerzas naturales y de la intervención divina, representaron –y aún representan– la esperanza del pueblo cubano por alcanzar un espacio de integración y coexistencia, contrapuesto a la violencia racial, social y cultural generada por tantos años de conquista, colonización, esclavitud, subdesarrollo y desafueros políticos.

Ave María, pieza con la que participamos en el Pabellón cubano en la 57 edición de Venecia, está conformada por una tabla que tiene tallada, en español e inglés, una frase de José Martí, nuestro Apóstol, tomada de su histórico discurso pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, Florida, en 1891.

“O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos […] o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos”.

Reunidas sobre la tabla, hay 55 imágenes diferentes de la Virgen de la Caridad del Cobre. Todas han sido colectadas por nosotros en peregrinaje por múltiples ciudades de Cuba y Estados Unidos. Ave María es un altar a la pluralidad, a la igualdad racial y social cubana, esa Caja de Pandora tan frágil y delicadamente sellada con el anhelo martiano de construir una República con TODOS y para el bien de TODOS.

Esta obra deviene una plegaria por la unidad de la familia cubana que ha cultivado, dentro y fuera de la Isla, esa identidad innegable, sincrética y mestiza que la Virgen de la Caridad del Cobre resguarda y simboliza.

Fue una experiencia extraordinaria, personal y profesionalmente. También de cierta manera me hizo reflexionar sobre mi trabajo, cómo lo he desarrollado hasta ahora y la manera en que debo proyectarme hacia el futuro. Altamente estimulante ser seleccionada para participar en uno de los eventos más importantes de las artes visuales en el mundo, junto a una nómina de creadores de tan alto reconocimiento.

El Palacio Loredan, la sede de la participación cubana resultó también una sorpresa grata. Un magnífico edificio que ofrecía muchísimas posibilidades en una céntrica plaza de Venecia. El hecho de ser una biblioteca antigua con todos sus grandes salones y anaqueles de libros le aportó a nuestras obras un sentido especial.

Mi propuesta, Escala de valores, provenía de una idea que comencé a desarrollar para el pasado Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Luego, pensando cómo mostrarla en Venecia, decidí pedir a varias familias de diferentes barrios que recortaran las noticias de la prensa nacional que le resultaran importantes, o atractivas de alguna manera, y a partir de ahí construir una suerte de historias específicas para cada una de ellas. Al final resultaban muy redundantes o reiterativas, porque la perspectiva editorial de todos nuestros periódicos es muy semejante y las noticias e imágenes son análogas. Las narrativas hilvanadas de esta manera, similares y paralelas, conformaban un retrato particular de quienes somos, como nación, como grupos, y como individuos.

Al llegar a Venecia, la idea original de emplazamiento sufrió cambios sustanciales. Debí reducir casi a la mitad las tiras de historias porque el espacio asignado tenía un puntal muy bajo. Ello de alguna manera conspiró con mi intención de que el público transitara por la pieza; pero esos son los retos que te imponen los espacios y creo que la solución fue aceptable. Aunque me siento más satisfecha con el hecho de participar, de vivir la experiencia, que con la pieza en sí misma.

Luego de la inauguración dediqué un tiempo a visitar las muestras centrales del evento, y algunos de los pabellones nacionales, especialmente en El Arsenal y Los Jardines. Impresionante la representación alemana, que obtuvo el León de Oro; la francesa y la rusa también me impresionaron. En sentido general, sentí una fuerte tendencia a privilegiar las manufacturas y todos esos procedimientos que identifican al artista con procesos de manipulación y confección de objetos, acumulaciones y entramados. Como todos los eventos de esta índole, fue imposible verlo todo en unos pocos días.

¿Cómo recibe René Peña la invitación a participar en el Pabellón cubano en la 57 Bienal de Venecia?

Cuando recibí tu primer cuestionario para esta entrevista, me percaté de que no tenía cómo responder adecuadamente lo que me preguntabas. Por esos días entré en Internet y encontré una interrogante de alguien preocupado por la cantidad de artistas cubanos en la Bienal de Venecia. No recuerdo si seguía, pero la pregunta me resultaba suficiente. Y me dije, una posible respuesta sería ¡porque en Cuba hay cantidad de artistas vola’os!, o ¡porque la idea de los curadores involucraba a estos artistas!

Cuando visitas una exposición cualquiera y conversas con los curadores-espectadores siempre escuchas comentarios negativos. No importa lo que se esté presentando, hay como una incapacidad general para asimilarlo. Se opina de todo desde posiciones que se van adquiriendo, conformando pandillas, sencillamente porque se integran a determinados “circuitos” que gozan de “prestigio”. Hay un tipo de censura, común en Cuba, que es la censura oscura escondida en un algún lugar con el que nunca vas a tener diálogo. No hay forma de llegar a esos tipos, a lo mejor son máquinas. Nuestra curaduría tiene ese lío, unos se han puesto viejos, y otros, no se han dado cuenta de que tienen que envejecer un poco.

Cuando ustedes me propusieron la Bienal de Venecia, yo feliz… felizzz. Me dije, esto sí me cuadra. Aparte, no tenía que hacerme cargo de la impresión ni del envío. Feliz de participar sin disparar un chícharo.

No se me ocurrió, porque nunca se me ocurre plantearme una obra específica para un evento o una exposición. Los curadores son curadores. Ellos son quienes escogen la obra. Y si me seleccionaron es por lo que han visto de mi trabajo. Así me eduqué. En los 90 los curadores eran quienes decidían y no permitían al artista tomar esas decisiones.

Si los curadores de esta edición de Venecia me seleccionan entre muchísimos artistas, yo… halagadísimo. Pero son ustedes quienes escogen. Por supuesto, nunca te voy a mostrar una obra que no quiera exponer. Solo te voy a mostrar lo que me parece bueno, y dentro de todo eso, son ustedes quienes deben decidir, de acuerdo con las ideas que traigan y con las relaciones que ya establecieron con el resto de los participantes. Lo que no me satisface lo dejo durmiendo, en el congelador, uno o dos años, y si en ese proceso tampoco me cuadra, lo desecho. No trabajo para nada en específico, lo hago porque necesito hacerlo. Ni siquiera se me ocurre…

No pude ir a Venecia porque tenía lío con la pura. Intenté coordinar, pero no fue posible. Aimée García me trajo el catálogo.

Aunque no fuiste, has tenido una idea clara de cómo funcionó la muestra, la nómina y las obras. ¿Qué te ha parecido ese tipo de proyecto para una Bienal más individualista, como Venecia?

El estilo de esa bienal es un solo artista muy importante desplegado en un área. En sentido general las bienales suelen trabajar con artistas de las últimas hornadas que estén “bien”. Según mi experiencia, es fácil encontrar muy buenos artistas que se dejan de tener en cuenta porque “pasan de moda”. Artistas que salen del hit-parade del año porque el sistema de referentes los desecha y sustituye por otros nuevos muy rápido. Entonces ese criterio se repite, se hereda sucesivamente y para el momento ni siquiera saben lo que está haciendo, pero los han olvidado.

Miles Davis se murió como con casi sesenta y cinco años y su último disco es con rap y música tecno, loquísimo. Hay artistas como yo, los mortales, que hacen un trabajo, pero de alguna manera permanecen y pertenecen a su época. Si estamos hablando de Cuba, para participar en una Bienal bien podemos hacerlo solo con artistas de las nuevas promociones, pero es válida también otra perspectiva. Me pregunto: ¿Garaicoa ya se puso viejo? ¿Zilia Sánchez qué edad tiene? ¿Cuál es el problema de hablar de arte centrado en más de una generación?

Si el hecho de haber mezclado generaciones cumple con una propuesta teórica, es perfectamente válido. Por supuesto, esas posiciones atraen enemistades, y se buscan contraataques… y comentarios… Sobre todo, aquello de “¿y por qué yo no estoy ahí?”. Igual que aquel otro reclamo de que siempre son los mismos. ¿Y si está bien fundamentado que siempre sean los mismos? Porque los otros no llegan a ser como “los mismos”.

Por ejemplo, Carlos Martiel está vola’o. Desde que lo conocí me cuadró. Siempre lo vi muy faja’o, muy coherente y violento. De la misma manera admiro la honestidad de Fors, la transparencia con que asume su trabajo. Son artistas ajenos a cualquier moda. Genuinos artistas. Esa fusión de generaciones es válida. ¿A quién en Venecia le importa si son de los años 70 o del 2002? Frente al real mundo del arte todos somos igualmente desconocidos.

A cada rato me pongo a pensar en la Bienal de La Habana. ¡Cómo comenzó! ¡Con qué voltaje! ¡Qué limpio!