Cubanos en Venecia

Lucía Cintas

La exhibición Tiempos de la intuición, propuesta curatorial de José Manuel Noceda para el Pabellón de Cuba en la 57ª Bienal de Venecia, se basa en el concepto del mismo nombre descrito por Alejo Carpentier para referirse al tiempo del presente. En la muestra participa un grupo intergeneracional de catorce artistas con líneas de investigación visual y conceptual muy diferentes entre sí, reunidos bajo el único criterio de ser artistas cubanos que viven y ejercen actualmente en la Isla: Abel Barroso, Iván Capote, Roberto Diago, Roberto Fabelo, José Manuel Fors, Aimée García, Reynier Leyva Novo, Meira Marrero y José Ángel Toirac, Carlos Martiel, René Peña, Mabel Poblet, Wilfredo Prieto, Esterio Segura, José Eduardo Yaque.

Al parecer, tal consideración apoya la optimista insignia que da título a la presente edición de la bienal: Viva Arte Viva, ideada por la curadora Christine Macel y que propone un cuestionamiento a la autoridad curatorial en pos de reivindicar el rol del artista y su obra, programa que los artistas cubanos han sabido defender muy bien.

Como es de esperar, una gran mayoría de las obras presentadas tematizan preocupaciones locales aludiendo al contexto cubano directamente. Aunque el simple hecho de emplazarlas en Venecia extiende sus posibles lecturas. Como es el caso de Escala de valores de Mabel Poblet, una gran instalación colgante que ocupa todo el espacio de una habitación. Una vez más el fragmento protagoniza su obra, compuesta de incontables recortes de periódicos cubanos, donde interactuar con la pieza implica sumergirse en ella. Mabel utiliza este recurso para problematizar una cuestión que es local y global: el poder mediático en un sentido conflictivo.

Primer plano Iván Capote, al fondo René Peña

Otras obras presentadas en la exhibición, asimismo, se erigen más allá del contexto local. Un caso es One Million Dollar, de Wilfredo Prieto, que presenta una afortunada síntesis en el lenguaje visual, operación ya conocida en el trabajo de este artista. Se trata de un billete de un dólar colocado entre dos espejos que reproducen su imagen infinitamente. ¿Quién garantiza el valor del dinero?, y de paso, ¿quién garantiza el valor de la obra de arte?, siendo que la Bienal de Venecia constituye uno de los centros legitimadores y de negocios más importantes del mercado internacional del arte.

Más allá de los contextos, lo interesante es que se puede percibir un estado de ánimo del arte contemporáneo, que es transversal, y aunque no resulta tan festivo como el lema Viva Arte Viva, sí da cuenta de que sigue existiendo un compromiso crítico por parte del artista. Al menos en lo que respecta a la presencia cubana en Venecia.

Sobre ello, me gustaría comentar también Mediterráneo, la performance de Carlos Martiel. Una escena abrumante, donde el artista permanece cuarenta minutos en la parte inferior de una estructura, de vidrio y metal, que simula un reloj de arena gigante, mientras desde la parte superior cae lentamente agua extraída de los canales cercanos, hasta llenar la totalidad del espacio donde se encuentra Martiel. Lo poético y violento de su acto deja muy perturbados a todos los asistentes y apenas tiene comparación con lo extremo de los sucesos que propone denunciar: la emigración africana hacia Europa, así como la irresponsabilidad frente a este doloroso fenómeno por parte de los Estados miembros. Lo consecuente y agudo del gesto de Martiel, también radica en la justa selección de esta plaza para hacer esa denuncia.

La Bienal de Venecia, evento esencialmente europeo, es la primera de la historia –se fundó a finales del siglo xix– y mantiene el modelo feria internacional del siglo antepasado. En ese sentido promueve una lógica nacionalista, desfasada de las dinámicas que rigen actualmente el arte contemporáneo: es la única que presenta pabellones por países. Sin embargo, sigue siendo un evento hegemónico y legitimador. En este contexto, resulta admirable que el arte cubano se instaure en una locación privilegiada por su infraestructura y ubicación, con una nómina numerosa y muy valiosa, que además incluye las nuevas generaciones de artistas.

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