Esterio Segura

¿Cuál fue su experiencia en el Pabellón cubano de la 57 Bienal de Venecia?

Es mi primera vez en la Bienal de Venecia, algo que siempre había deseado aunque por una circunstancia u otra nunca había sucedido. Coincide que, además, es la primera vez que Cuba participa con un pabellón autónomo.

Me sentí ciertamente realizado por haber estado en la selección cubana, porque a pesar de que supuso mucho sacrificio, logré hacer lo que consideré oportuno para esta ocasión. No me interesaba ni presentar cualquier pieza ni realizar un esfuerzo modesto. Lo pensé en grande en todo el sentido de la palabra. Si se repitiera la ocasión, por supuesto trataría de hacerlo mejor, pero estoy muy complacido con el resultado.

Por otro lado, como tuve la posibilidad de permanecer varios días en el espacio, una vez emplazada mi pieza, ella también funcionaba como elemento para atraer la atención hacia el pabellón. Al entrar a la biblioteca, el visitante se encontraba una excelente exposición, muy bien concebida y excelentemente montada. Tuvimos la suerte de tener un gran montador como Quique, con un equipo de trabajo súper eficaz.

No podría decir que la exposición fue insuperable. Pero sin dudas superó las expectativas que tenía para una participación de este tipo en un evento como Venecia y considero que tuvo mucha dignidad, elegancia, profesionalismo. Por lo general tengo mucho miedo a los grandes números, a las exposiciones y a los eventos demasiado abarcadores. He tenido la experiencia personal de organizar algunos proyectos y cuando los artistas invitados pasan de doce se hace muy complicado crear un lenguaje coherente y eficaz entre ellos y para el público. Súmese tantas personalidades diferentes, cada una con su propio ego, manera de ver el arte y el espacio.

A pesar de que no pude emplazar mi pieza para la inauguración y, de alguna manera, me perdí ese momento, una vez montada en la Plaza San Marcos superamos los 15 días de permiso solicitados y allí permaneció la pieza por los 45 días que restaron para retirar el resto de la exhibición.

Tu pieza se había exhibido con anterioridad en Cuba y en los Estados Unidos. ¿Cómo funcionó en un espacio como Venecia, donde habitualmente no ruedan vehículos de ninguna índole?

De hecho, se convertía en un objeto muy exótico. No solo comportaba la hibridez de ser un auto con alas, sino que a ello se sumaba la mixtura de tener un origen cubano y norteamericano mezclado en medio de una circunstancia política compleja, como ha sido la nuestra en los últimos sesenta años. Aguzada en los tiempos que corren, en esta nueva faceta que resulta como otro estilo de guerra fría con una relación diplomática complejísima.

En las circunstancias actuales, los conceptos de viaje, migración, comunicación, relaciones interpersonales se tornan problemáticos no solo en nuestro caso como cubanos. Desde el punto de vista de la situación universal que tiene el ser humano se complejiza la posibilidad de traslación en todos los sentidos, no solo físico, sino conceptual y teóricamente. Esta reflexión se veía reforzada en la medida en que el público podría merodear acerca de lo que subyacía detrás de la obra, pero el gancho esencial era el extrañamiento que aportaba el hecho de que en ningún otro sitio de toda la zona de Venecia había un carro, ni ruso, ni cubano, ni francés, ni alemán, ni inglés…

Algunos países europeos tienen una relación digamos que xenofóbica con el pop, predispuestos ante la sorpresa de la primera imagen y más partidarios de la obra conceptual en su grado más íntimo. Pero Venecia reúne un público muy diverso, lo que conlleva a una asimilación muy variada. Mi obra está concebida para todos los públicos, lo mismo para tirarse una fotografía que para quedarse reflexionando, con todos los matices que implican los disímiles niveles de lectura. En Venecia muchísimos niños se divirtieron jugando alrededor y fotografiándose con el Chrysler, mientras otras personas se quedaban horas en la plaza. El público, incluso, me ayudó a montar las alas. Recibí muchas opiniones, correos, llamadas… Esa experiencia de asimilación internacional es muy importante.

Comencé en los años noventa haciendo una obra muy referencial hacia mi país y mi contexto, muy relacionada con la formación de la cultura cubana, influenciada por las investigaciones de Fernando Ortiz, de la historia de las religiones en Cuba, de la evolución de nuestro eclecticismo. Poco a poco fui tratando de evolucionar, sin desconectarme del origen, hacia una mirada no universal, sino internacional en el lenguaje del arte en general. Por eso me he ido moviendo y he llegado al punto en que he realizado obras remake donde intervengo solo conceptualmente: o sea objetos seleccionados, armados a partir de otros objetos encontrados. En otros casos mis producciones han estado muy marcadas por influencias foráneas como la Bauhaus y el Pop. He intentado crear como un Braille internacional para mis piezas.

De cualquier manera en que ocurra, siempre que el público entiende y reflexiona sobre una pieza te va marcando. No supone que van bien las cosas, sino que al menos estás dialogando y comunicándote, que es lo más importante de hacer arte. Considero que hacer una obra sin título es casi un sacrilegio porque si cada obra que emprendes realmente tiene un pensamiento detrás, los títulos son como una cortesía al público, una puerta para que entren y atrapen alguna clave.

¿De qué manera percibiste la Bienal en su conjunto y cómo entendiste la relación entre las problemáticas que se abordan en el evento en relación con las que planteaba Tiempos de la intuición?

A pesar de no haber sido invitado antes como artista, esta es la tercera vez que visito Venecia durante su Bienal. Esta edición fue muy precaria y no cubrió mis expectativas de esfuerzos independientes, pues de hecho la bienal está armada por el esfuerzo de cada uno de los países. Por solo citar algunos, el Pabellón de Estados Unidos era fatal, fuera o no intencionalmente. En el caso del alemán, que obtuvo el Premio, me asustó por dónde anda la conceptualización –no sé si perdida o desaparecida. Me pareció un intento demasiado simple y a la vez sofisticado de llegar a la conceptualización. De hecho, considero que el arte debe bajar un tanto el nivel de abstracción de la realidad alcanzado, por respeto al ser humano. Estamos llegando a un estado demasiado arrogante del arte para con el público.

El Pabellón de Italia me pareció muy primitivo. En muchos espacios entraba y luego regresaba porque no llegaban a interesarme. Muchas obras excesivamente naif. También, por supuesto, puedo estar equivocado.

Por otro lado, la política de los espacios de Venecia para su Bienal fue casi masacrada con la exposición de Damien Hirst. Además de ser una obra que copiaba la de un artista que casualmente estaba invitado a la Bienal. Una copia hollywoodense y colonialista que ocupaba dos de los espacios más grandes y atractivos del evento. Me parece bien que los artistas hagan grandes producciones de arte, pero pienso que esto, de alguna manera, fue irrespetuoso y desmedido. Además, con ciertas excepciones resultaba una obra de atrezo. Muy grandes pero primitivas. Es mi criterio como observador.

El hecho de que Cuba tuviera este gran pabellón también significa un pie forzado para la próxima Bienal de Venecia. ¿Cómo lo resolvemos en la próxima? ¿De qué manera subimos otro peldaño?

La norma en la Bienal son las muestras temáticas centrales y los pabellones nacionales, que invitan como norma a uno o dos artistas. Cuba apuesta por un proyecto colectivo a contrapelo de esta práctica…

No soy partidario de las grandes nóminas. No solo por cómo lidiar con artistas diferentes, sino porque considero que puede ser ineficaz desplegar la visión sobre el arte cubano en sentidos muy diversos. No quiere decir que si escoges cinco u ocho artistas estos vayan a dictaminar los parámetros sobre el arte cubano, pero sí posibilitan que la presentación sea más fuerte, el artista se concentra más y considero que recibe cierta cortesía. No es lo mismo elegir 14, a que de esa cifra selecciones 9. Desde que vi la lista preliminar me pregunté si estaban seguros de esa nómina.

Es muy difícil componer con tantos lenguajes, con tantas maneras de hacer en una misma exposición, sobre todo si estará apretada de tiempo en su concepción. Muchos artistas tienen siempre obra hecha, viven constantemente en Bienal, en mi caso siento que estoy haciendo mi tesis todo el tiempo. De alguna manera muchos están listos permanentemente para cualquier evento de este tipo. Aun así, funciona mejor si tienes tiempo de producir y organizarte para un espacio en específico. No olvidar que es la Bienal más antigua del mundo y te invita y obliga a que muestres un respeto con ella misma.

¿Se conecta el arte cubano con el resto de lo mejor que hayas encontrado en la Bienal?

La obra de los artistas cubanos del Pabellón nacional se sentía sobria, con bastante temperamento y elegancia. Y, en otros casos, se integraban al tipo de lenguaje y discurso al que el público está acostumbrado. Me resultaba orgánico. Pienso que, incluso, sin que hubiera sido orgánico, gozamos de una circunstancia muy especial que tenemos la suerte de estar viviendo. Cuba es distinta, no es un país común. La creación para nosotros es un entrenamiento permanente, seas o no artista. Eso nos convierte en especiales y despierta mucha curiosidad. Incluso cuando los referentes para un artista cubano no fueran la Isla, el público busca –y eventualmente encuentra– una conexión con el contexto.

Considero que el arte cubano contemporáneo, en especial el de los más jóvenes, tiene muchas referencias internacionales. Mencionaría al Chino Novo y a Yaque, cuyos lenguajes perfectamente se articulan con el resto de los artistas internacionales que trabajan con Continua. Esta es una apoyatura que, sin dudas, le sirve para tener un lenguaje que fluya dentro del estilo que está acostumbrado a recibir un determinado público.

En este sentido, digamos que hubo cierta coherencia. A pesar de que en muchos casos el rigor, sobre todo en las exposiciones centrales colectivas de la Bienal había obra muy diversa y demasiado banal para enfrentarse a un público serio. Soy partidario de que se dialogue con la obra, pero rehúyo del exceso de juego que la convierte en un mero juguete tonto. Los game boy y los playstation nos dieron adelante. Muchas veces tratando de poner tecnología dentro de la pieza se logra lo mismo que cuando se intenta el performance sin saber nada de teatro: hacer el ridículo. De modo precario se descubre una fórmula que pudiera resultar atractiva, pero de la cual tenemos un conocimiento muy rudimentario o elemental.

El foráneo se conecta de inmediato con cualquier cosa que provenga de Cuba y la convierte en núcleo de investigación, reflexión, disertación.

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