Geografías de la memoria. Fors en el Palacio Loredan

Ya conocía la Bienal, pero por supuesto formar parte de la selección cubana fue muy emocionante. Sin dudas Venecia es una de los eventos más importantes del mundo y el solo hecho de que consideren tu trabajo para incluirlo es un gran estímulo.

Como ocurre con frecuencia en tu producción, realizaste el trabajo in situ a partir de materiales que habías elaborado en Cuba.

Ciertamente tiene una conexión evidente con obras anteriores. El proyecto surge porque Noceda conocía una cruz del año 99 y me pide una propuesta en ese camino. Acepté, aunque advirtiendo que mi trabajo se concreta ahora con otros recursos, concomitantes pero diferentes, y que de ninguna manera podría parecerse a aquella pieza.

Por otra parte, el espacio era hermoso, cuadrado, pero también plagado de las distracciones propias del edificio. Hubiera sido óptimo también contar con más amplitud para lograr un mejor despliegue. Comencé a construir solamente con una base fotográfica, pero en el proceso se enmascaró con el grafito… La idea original se fue transformando por los recursos disponibles en el lugar, como a menudo resulta con mi trabajo. La alfombra formaba su propia geografía con las pisadas y de esta manera los volúmenes de material fotográfico y grafito fueron adquiriendo otra dimensión.

En la medida que avanzaba el proceso veía que la obra adoptaba una forma particular, semejando una ciudad, casualmente descubría a Venecia en los entramados de las tiras fotográficas, las veladuras del grafito y las huellas en la alfombra. Un archipiélago en penumbras que se prolonga en depósitos de papeles y se disuelve en un mar de pisadas propias y ajenas. Por eso se titula La sombra dilatada, que proviene de una frase de Martí: “me gustan los atardeceres como si mi patria fuera la sombra dilatada”.

De ahí las cuatro puntas alargadas, dilatadas en el espacio. Al principio buscaba lograr algo donde el material fotográfico fuera muy visible, pero el resultado se manifiesta en ocasiones caprichoso, y me dejé llevar por la condición particular del lugar y su relación con los materiales que yo iba depositando. La luz adquirió un matiz fundamental al cerrar las ventanas y dirigirla de manera cenital, parca y precisa. Fue una perspectiva nueva en mi trabajo, más espontánea, donde los elementos adquieren un rol más autónomo, casi místico.

Venecia supuso un punto de giro en el proceso creativo de mi trabajo, un paso hacia delante por caminos que seguramente seguiré explorando.

Existe una tendencia muy marcada en las operatorias internacionales donde las acumulaciones de objetos de la más variada índole se han tornado protagonistas…

Mi primera exposición personal, en 1983, se titulaba Acumulaciones, así que puedes considerarme un pionerito de esa tendencia. Es que el hombre acumula, objetos, experiencias, conocimientos, recuerdos, vive rodeado de artículos, sustancias e historias y ellas lo definen más por sus combinaciones que por su unicidad. Mis acumulaciones son el recurso material de representar el sedimento de memorias y experiencias a través de capas, la memoria que se fragmenta, se deposita y finalmente se devela de diversas maneras.

El material fundamental en todo mi trabajo es el papel, un compañero inseparable portador de cualquier epigrama posible. Manoseado por el tiempo, los elementos, la emulsión fotográfica, la vida misma.

¿Cómo describirías tu relación con el resto de la muestra y con el contexto general de la Bienal?

Cuando supe que era un proyecto colectivo con 14 artistas me satisfizo mucho. Se generaba una posibilidad que llegaba a varios colegas. Un solo artista por edición me parece terrible. Por otra parte, el montaje en el Palacio Loredan fue impresionante. El trabajo del resto de los artistas me pareció muy bien elaborado, preciso, intenso.

Recorrí las muestras centrales, todas las que me alcanzó la energía. Muchas me impresionaron, pero uno tiene el vicio de ver lo que más le interesa y acota constantemente. Me impresionó el Pabellón alemán, el ruso, algunas zonas del Arsenal…, pero prioritariamente me sobrecogió el arte que se atesora en la ciudad, Tiziano, Leonardo…

No conocía Venecia, todos los días nos perdíamos y en ese juego, todos los días descubríamos la ciudad.

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