Gustavo Pita Céspedes: Interacción y recuento

David Mateo y Magaly Espinosa

¿Cómo valoras la trascendencia del proyecto pedagógico que emprendiste como parte de los programas de estudio del ISA? ¿Alguna insatisfacción?

En una reciente visita a La Habana tuve la suerte de reencontrarme, después de más de diez años, con varios de mis exalumnos del ISA. Conversamos durante varias horas y pude apreciar con satisfacción que nuestra comunicación seguía manteniendo todo su interés y vitalidad. Me alegró sobremanera constatar que aquellos jóvenes, que en su momento me habían impresionado ya por su madurez y seriedad en el trabajo, son ahora artistas consumados del más alto nivel y que no han perdido ni la curiosidad por la filosofía, ni el deseo unido a esta de mejorar el mundo, que durante los años de sus estudios en el ISA manifestaban en las aulas. Creo que esa sencilla experiencia es, desde el punto de vista testimonial, mucho más importante que cualquier otra valoración que yo pueda ofrecer, pero de todos modos “escarbaré” un poco en su trasfondo para que me entienda mejor quien tenga la paciencia de leer estas líneas y, de paso, reasimilar el estímulo que proporciona siempre un recuerdo feliz y enriquecedor.

El ISA de finales de los años ochenta del pasado siglo tenía para mí tres poderosos atractivos que me motivaron a incorporarme a su labor: el primero era la total entrega de los alumnos al aprendizaje y al ejercicio de un arte estrechamente ligado a la vida, que ellos veían como un camino de autorrealización y de mejoramiento de la sociedad. El segundo, la cooperación entre los estudiantes de distintas facultades en torno a proyectos artísticos comunes concebidos con esos objetivos –uno de ellos, la revista Albur, dirigida por Iván González Cruz–; el tercero, el ambiente de libertad de pensamiento, propicio para esa entrega e interacción, que profesores como Magaly Espinosa habían contribuido a crear. Gracias al esfuerzo de personas como ella, el ISA de finales de los años 80 y principios de los 90 funcionaba integrado orgánicamente como si fuera un ente vivo que asimilara las dificultades e incertidumbres del entorno y las convirtiera en emanaciones de belleza, alegría e inteligencia. Aquel ambiente de desbordante creatividad y entusiasmo, que el profesor Roberto Pellón Montalvo calificó alguna vez (con palabras de Silvio Rodríguez) como “una bella locura”, y en el que cualquier sinsabor o insatisfacción acababan siempre por disolverse, resultó definitorio en mi vida. Todavía hoy, en las inevitables encrucijadas del vivir, suelo sumergirme en él…

Hace ya treinta años decidí empezar a trabajar como profesor del ISA, en cuyo transcurso he pasado por las más diversas experiencias, entre ellas la de esa “pequeña muerte” que implica la emigración. En medio de todas, precisamente mis vivencias de sus aulas me han permitido recordar lo que soy y a qué he venido a este mundo. Creo que no me equivoco si digo que en el ISA tuve mi segundo nacimiento y que fue en sus aulas que, en la interacción con estudiantes y profesores, nací como ser humano.

Barcelona, 23 de febrero de 2018.

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