Hamlet Fernández. Sintonizar con los problemáticas globales

¿Cómo crees que ha influido tu gestión como profesor de la asignatura Teoría de la Cultura Artística en el desarrollo de nociones o conceptos sobre los procesos pedagógicos en el arte cubano? ¿Cuáles han sido tus principales satisfacciones e insatisfacciones en este cometido académico?

En el ámbito académico es muy difícil hablar de influencias generadas desde la labor de una sola persona. En mi caso particular solo fue una década (2007-2017) lo que trabajé como profesor, y durante ese tiempo lo que hice fue esencialmente intentar formarme a mí mismo, al tiempo que contribuía en algo, como parte del mismo proceso, a la formación de los estudiantes. En el momento que asumí la docencia de la disciplina, profesores como Rufo Caballero, Inti Yanes, Carlos Simón Forcade y Maylín Machado, habían trabajado en la actualización de los programas; y tuve la suerte de ser alumno de los cuatro, de manera que el trabajo previo de ellos y su influencia directa en mi formación fue la base de la que partí. Como es lógico, introduje mis propios cambios y desarrollé en la medida de mis posibilidades una perspectiva teórica y metodológica propia, pero nadie puede llevar a cabo ese trabajo si no es sobre un legado previo, lo cual siempre es necesario reconocer.

La disciplina de Teoría de la Cultura Artística comienza con la Estética Filosófica en segundo año de la Licenciatura en Historia del Arte. En ese semestre, quizás el más difícil de todos, tanto por la densidad de los contenidos como por la casi nula base filosófica con que llegan los estudiantes cubanos a la universidad, en mi caso particular me planteaba como mínimo dos objetivos fundamentales (y me consta que las jóvenes profesoras que están a cargo de la asignatura ahora son conscientes de la misma necesidad): primero, iniciar a los estudiantes en la comprensión de lo “estético” como un fenómeno cultural englobante y multisensorial, que va mucho más allá de lo artístico; y segundo, lograr que los estudiantes dominen, al menos en sus elementos básicos, el desarrollo histórico de la reflexión especulativa sobre lo estético, así como el marco categorial que soporta y hace posible comprender dicho proceso. Sin una noción amplia de lo estético como función ubicua a toda actividad humana, los estudiantes quedarían encerrados en el marco estricto de lo considerado “artístico” por la tradición historiográfica occidental; y, al mismo tiempo, el sistema categorial que aporta esta asignatura resulta de vital importancia para poder percibir como “objetos de estudio” a prácticas de la cultura popular y expresiones de la industria cultural con las cuales el arte dialoga, se apropia, se nutre y se hibrida. Categorías centrales de la Estética como lo bello, lo sublime, placer y displacer, el gusto, la imaginación, la cognición sensible, lo feo, lo grotesco, lo abyecto, etc., siguen estando muy presentes en toda la cultura contemporánea. Por tanto, aunque a simple vista no lo pareciera, la asignatura de Estética, en la manera en que la asumimos, contribuye de manera significativa a la ampliación del horizonte investigativo que los estudiantes pueden desarrollar en los marcos disciplinares de la Historia del Arte.

La pluralidad de enfoques, y el carácter interdisciplinario con que se ha venido estudiando el arte cubano y sus procesos estéticos desde la Facultad de Artes y Letras, tanto a nivel de pregrado como en la Maestría, es la mejor evidencia de la importancia que ha ido ganando en el currículo de la carrera la disciplina de Teoría de la Cultura Artística. Porque, es precisamente la necesidad de generar un espacio interdisciplinar de reflexión, que entienda los procesos artísticos atravesados por otros muchos procesos (económicos, sociales, políticos, ideológicos, identitarios, etc.), lo que anima y constituye uno de los objetivos centrales de esta disciplina. En los semestres subsiguientes al de Estética, se trabaja la Modernidad occidental y la Posmodernidad global como horizontes epistemológicos, con el fin último de comprender el desarrollo histórico del arte como parte de un proceso mucho más englobante: el de constitución de la sociedad occidental tal y como la conocemos hoy, y de la cual formamos parte. Sin esa base histórica y teórica sería muy difícil comprender en su justa dimensión los procesos culturales y artísticos regionales y nacionales. La diversidad de tendencias trabajadas es la más amplia posible: marxismo, psicoanálisis, fenomenología, hermenéutica, sociología, antropología, estudios culturales. Son asignaturas de gran complejidad, en las que siempre intenté desarrollar un tipo de pedagogía crítica, problematizadora, dialógica: el aula como un espacio hermenéutico de comprensión personal y colectivo. Algunos estudiantes nunca llegan a sintonizar con el rigor y el esfuerzo que exigen estas materias, pero otros muchos sí que asumen con plena conciencia el peso que tienen en su formación, porque los dota de una perspectiva culturológica, interdisciplinar, que la disciplina de Historia del Arte en su sentido tradicional no posee. El esfuerzo de comprensión de los textos teóricos, los pensadores, y la apropiación de un universo de problemáticas que son constitutivas del arte y la cultura occidental, es algo que nutre el resto del desarrollo profesional de cada cual.

La última de las Teorías, con la que concluye la disciplina, si puedo decir que fue reestructurada íntegramente por mí. Ese era el programa más difuso, más amplio, y por ello más difícil de enfocar en objetivos docentes concretos. También, existía la necesidad de concentrar en un semestre el estudio de herramientas teóricas que tuvieran una aplicación directa en la crítica de arte, la curaduría y la reflexión sobre problemáticas más específica sobre lo artístico y sus modos de comprensión en la actualidad. Es así que ese semestre se convirtió en una especie de panorámica de al menos los principales paradigmas de la teoría del arte del siglo XX: formalismo ruso, estructuralismo checo, semiótica, hermenéutica, teoría de la recepción, posestructuralismo, estudios visuales; y estaba en proceso de incorporación la llamada antropología de los sentidos y la estética multisensorial derivable de ella. Por la característica de esos contenidos, el arte cubano contemporáneo se convertía para mí en el material ideal para ilustrar en el aula la operatividad teórica de esos diferentes enfoques; de manera que en las clases prácticas me era posible desarrollar verdaderos ejercicios de crítica de arte en colectivo, en los que muchas exposiciones y problemáticas actuales del arte cubano fueron discutidas. Algunos de los jóvenes que están comenzando ahora una carrera como críticos de artes visuales y cine, hicieron en esa asignatura su primera reseña crítica.

En lo personal, como resultados más palpables de esa labor académica están las tesis de licenciatura que tuve la posibilidad de tutorar y de fungir como consultante, cuyos objetos de investigación, así como la manera de abordarlos, se deben directamente a la disciplina; y también mi propia investigación doctoral, desarrollada en un proceso de constante diálogo y discusión con los estudiantes, por lo que en buena medida se las debo a ellos, como de hecho consta en los agradecimientos de la tesis. Pero también, en un sentido general que va mucho más allá de mi breve gestión (porque se trata del trabajo de los profesores que me precedieron, y también del de los que me acompañaron como colegas de disciplina), creo que la apertura teórica y metodológica que la Teoría de la Cultura Artística ha venido introduciendo y consolidando dentro de la carrera de Historia del Arte, ha contribuido a darle a esta una fisonomía particular, más ajustada a las características y necesidades del contexto cultural y artístico cubano, y más sintonizada con las problemáticas globales. La investigación historiográfica, crítica y teórica sobre arte cubano que desde la Facultad de Artes y Letras se gestiona, se ha beneficiado grandemente de ese proceso. Esa es la mayor satisfacción; y frente a ello, las pequeñas insatisfacciones personales no cuentan.

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