Preámbulos de un Congreso

David Mateo

Por: David Mateo. Crítico de arte, curador y editor. Presidente de la sección AICA-Cuba

   Cuando el presidente de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA), Marek Bartelik, me hizo la propuesta en el año 2015 de coordinar el 49º Congreso Internacional de la organización en La Habana, sentí una mezcla de entusiasmo e indecisión. Habíamos acabado de concluir exitosamente el proceso de reinserción de Cuba a la AICA, en el 2014, y pensaba que era demasiado pronto para realizar un evento de carácter global, que debíamos continuar consolidándonos como grupo de trabajo antes de asumir una encomienda de tanta responsabilidad.

Sin embargo, en mis intercambios preliminares con Marek, me fui percatando de que su elección estaba respaldada por un conocimiento y un respeto por la actividad y trascendencia regional del movimiento artístico cubano y, sobre todo, por el rol histórico que habían desempeñado los críticos del país, que –encabezados por la Doctora Adelaida de Juan– habían formado parte de una primera integración a AICA desde mediados de la década del ochenta y hasta principios de los 90, fecha en la que se vieron precisados a abandonar la organización por falta de recursos económicos para asumir las cuotas anuales. Marek era consciente de que, para la reincorporación de Cuba a la AICA, hacía falta una voluntad y una estrategia fomentadas desde su junta directiva, y a ese objetivo se consagró desde que fue elegido presidente en el año 2011 en el Congreso de AICA llevado a cabo en Paraguay, propósito que contó también con el apoyo de la vicepresidente, crítica y curadora paraguaya Adriana Almada. Marek estaba seguro de que, una vez restablecida la membresía cubana, estaríamos en condiciones de asumir un rol representativo en la zona caribeña y latinoamericana. Según su expectativa, el 49º Congreso de AICA podría ser el acontecimiento idóneo para reconectar a su organización con el ámbito de la crítica especializada en Cuba, e inducir un nuevo impulso a su reconocimiento y gestión internacional.

Marek Bartelik fue la primera persona que me ayudó a superar el estado de incredulidad en cuanto al reto de organizar un congreso de AICA en la Isla, y me estimuló a comprometerme con los sondeos preparativos. Mi esposa Belkis Martín, como ya es habitual cuando se trata de mi trabajo, también puso una cuota importante de convencimiento y entusiasmo. Marek Bartelik realizó un viaje personal a Cuba en el 2014, junto al vicepresidente y jefe de la Comisión de Congresos, el dominicano Carlos Acero, y le coordinamos varias reuniones con responsables de instituciones y reconocidos especialistas que podrían estar de una u otra forma involucrados en el evento. Las propuestas de los encuentros tuvieron en cuenta tanto los intereses de Marek y Acero (este último bastante bien informado sobre el ámbito cultural y artístico de la Isla), como las sugerencias de la directiva de AICA-Cuba. Esos contactos de trabajo fueron diversos y representativos. Se conversó, por ejemplo, con Lesbia Vent Dumois, presidenta de la Asociación de Artes Plásticas de la UNEAC, con la Doctora Adelaida de Juan, con Ana Cristina Perera, directora del Museo Nacional de Bellas Artes por aquellos días, con Jorge Fernández, entonces director del Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam” (hoy director del Museo Nacional de Bellas Artes), con Cristina Figueroa, en representación del Departamento de Artes Plásticas de Casa de las Américas, y con los críticos de arte y curadores Gerardo Mosquera, Cristina Vives, Dannys Montes de Oca, Antonio Seoane y Margarita González.

Esa primera visita de Marek y Acero a La Habana arrojó más preocupaciones que certezas desde el punto de vista económico, aunque quedaron muy satisfechos con las propuestas que le hicimos para las sedes del evento: el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam”, como entidades principales, y la UNEAC y Casa de las Américas como espacios complementarios. Con mayor o menor entusiasmo, casi todos los que se reunieron con Marek y Acero agradecieron la propuesta que traían consigo, y reconocieron la trascendencia profesional que este acontecimiento podría generar para los críticos, curadores e investigadores cubanos, pero coincidían en que, por las condiciones económicas adversas en las que estaba el país, en particular el sector de la cultura, sería muy difícil obtener todos los recursos monetarios que un evento como este requeriría, y que, a diferencia de las prácticas habituales de otros países, en Cuba se haría compleja la búsqueda de auspicios financieros entre firmas o empresas privadas. Corría un rumor por esos días, incluso, que hasta podían llegar a peligrar los presupuestos destinados para la realización de algunos eventos internacionales de trascendencia, asumidos de manera habitual por el Ministerio de Cultura, como el Festival de Cine latinoamericano y el Festival Internacional de Ballet.

Cuando Marek Bartelik y Acero concluyeron su periplo por La Habana, quedó muy claro que la directiva internacional de AICA y la sección cubana deberían realizar gestiones inminentes para tratar de solucionar los problemas de financiamiento. Marek dejó establecido el compromiso de que la oficina de AICA contribuiría con un monto de dinero modesto, y que conversaría con otras entidades internacionales para aumentar esa cifra, convencido de que la situación del bloqueo económico a Cuba haría más difícil aún la captación del presupuesto. Yo le aseguré a Marek Bartelik que trataría de concentrarme en la búsqueda de posibles patrocinadores entre el sector estatal y privado del país, pero no tenía ni la más remota idea de por dónde comenzar esa difícil pesquisa.

Por esos días venía desarrollándose, con una celeridad inusual, el proceso de restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, lo cual hacia más tentador para muchos miembros internacionales de AICA la posibilidad de viajar a Cuba. Algunos llegamos a pensar que ese acontecimiento contribuiría a flexibilizar las alternativas para buscar auspicio. Recuerdo que le envié un correo a Marek informándole con entusiasmo que el gobierno de Estados Unidos había autorizado a algunos de sus bancos realizar transacciones con Cuba, y que quizás ello podría favorecer el hecho de que la Fundación norteamericana Getty, que habitualmente hacía contribuciones a los congresos de AICA, pudiera colaborar con la edición de La Habana. Pero en pocos días recibimos la respuesta contundente de Marek de que la Fundación Getty no estaba autorizada aún para realizar donaciones como estas a Cuba, que deberíamos continuar pensando en otras variantes.

Teniendo en cuenta que había sido la sección de artes plásticas de la UNEAC la organización que ayudó a recuperar la membresía de los críticos cubanos en la AICA en el año 2014, decidimos concentrar nuestras primeras gestiones con esa organización y preparar un encuentro con su presidenta Lesbia Vent Dumois. Asistimos a la reunión Antonio Seoane y yo. Seoane se desempeñaba en ese periodo como vicepresidente de la asociación de artes plásticas, e integraba junto conmigo y Dannys Montes de Oca el ejecutivo nacional de AICA. En la reunión le hicimos la petición a Lesbia de que fuera nuevamente la UNEAC la institución que nos respaldara en las actividades de coordinación del congreso internacional. Lesbia nos dijo que la asociación no podía tomar una decisión rápida sobre el tema, que por la envergadura del acontecimiento deberíamos contar con la aprobación de Miguel Barnet, presidente de la UNEAC, y de todo su grupo de dirección. Nos aconsejó que tratándose de un evento internacional, contactáramos también con el viceministro de Cultura Fernando Rojas.

A partir de esa conversación con Lesbia tuve la certeza de que los trámites de aprobación del Congreso, a través de la UNEAC, podrían llegar a dilatarse, y me enfoqué entonces en coordinar un encuentro de trabajo con Rubén del Valle, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, mientras enviaba un mensaje por correo al viceministro Fernando Rojas, contándoles los pormenores de la iniciativa. Fernando había sostenido conversaciones con Marek Bartelik en el año 2013, cuando viajó por primera vez a La Habana invitado por la UNEAC para iniciar los trámites de reincorporación de los críticos cubanos a la AICA, y estaba al tanto sobre nuestros intercambios de trabajo. Le había manifestado en aquella oportunidad, incluso, su conformidad de que yo fuera el especialista que ayudara a coordinar, desde la UNEAC, las gestiones de representación de los críticos cubanos frente a la entidad internacional.

Antonio Seoane y yo fuimos también a pedirle sugerencias a Llilian Llanes, exdirectora del Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam” y fundadora de la Bienal de La Habana, miembro de la sección cubana de AICA, especialista de vasta experiencia en la organización de eventos internacionales de las artes plásticas en el país. Llilian nos estimuló a que no renunciáramos a realizar el Congreso en La Habana. Nos dijo que si no contábamos con un respaldo de las instituciones estatales, tendríamos entonces que hacer gestiones en otras direcciones, y que ella estaba dispuesta a guiarnos en ese propósito.

Sin embargo, Rubén del Valle respondió con bastante rapidez a mi solicitud de reunión, y Fernando Rojas me envió, casi al mismo tiempo, una nota breve por correo en la que me recomendaba que dilucidara el asunto con Rubén, que era la persona con autoridad legal para evaluar la propuesta del 49º Congreso.

En las primeras reuniones con Rubén del Valle, en las oficinas del Consejo Nacional, estuvieron presentes Dannys Montes de Oca (vicepresidente de AICA-Cuba) y Antonio Seoane, y fueron invitados además Jorge Fernández (por el Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam” y Lesbia Vent Dumois, en representación de la UNEAC). Nuestros diálogos con Rubén se concentraron fundamentalmente en la concepción estructural del Congreso y en las necesidades logísticas y económicas. Debo confesar que, aunque esas conversaciones transcurrieron en un ambiente agradable y respetuoso, ya que todos los funcionarios y especialistas reunidos allí nos conocíamos perfectamente y manteníamos buenas relaciones, no imperaba en realidad una atmósfera de entusiasmo y decisión en cuanto a la idea de poder materializar el Congreso en Cuba. Por una parte se presentaba el obstáculo del financiamiento, ya que no teníamos definida para la ocasión la cifra exacta de dinero que debería gestionar la parte cubana, ni el presupuesto que lograría reunir la oficina de AICA-París. Por otro lado, estaban los aspectos subjetivos, no por ello menos importantes, que pesaban a mi juicio en la toma de las decisiones rápidas desde el punto de vista institucional. En primer lugar, este no era un evento ideado y organizado directamente por el Consejo Nacional o sus instituciones subordinadas, ni por los miembros de AICA-Cuba, sino por una organización internacional independiente, con la que no había ningún otro antecedente de trabajo. En segundo lugar, los días estaban bastante tensos con la marcha de los acontecimientos diplomáticos protagonizados entre Cuba y los Estados Unidos, y nada ocupaba mayor relevancia y preocupación en la sociedad que ese hecho. Para avivar aún más la tensión –y aprovechando quizás el clímax de ese período histórico–: la artista cubana Tania Bruguera había intentado realizar un performance político en la Plaza de la Revolución que causó un gran revuelo entre los organismos dedicados a la seguridad del estado y las instituciones culturales, lo cual dejaba en situación de incertidumbre y sospecha cualquier nueva iniciativa de alcance internacional que se presentara en las artes plásticas.

Según mi percepción, en esos momentos preliminares el Consejo Nacional necesitaba una señal clara, un indicio de parte de los ejecutivos de AICA internacional, que denotara su voluntad de establecer un proceso de diálogo e intercambio respetuoso y, sobre todo, distendido con el contexto cultural cubano. Esa primera evidencia la aportó la Comisión de premios de la AICA, al enviarnos por correo la notificación anticipada de que se le había otorgado a Adelaida de Juan el Premio a la contribución distinguida de la crítica de arte, un reconocimiento que habitualmente se entrega durante la celebración de los congresos. La propuesta de su candidatura surgió, en realidad, a partir de una solicitud de los miembros cubanos de AICA, pero fue analizada y aprobada por esa Comisión internacional. Adelaida de Juan es, sin duda alguna, una figura de consenso. Al entregarle ese reconocimiento, no solo se estaba exaltando su labor al frente de la AICA cubana durante los años ochenta, sino reafirmando el carácter emblemático de su presencia en el campo de la historia del arte y el ejercicio de la crítica en Cuba. Constituía una decisión bastante coherente, si tenemos en cuenta que Adelaida había sido elegida miembro de honor de nuestra sección de AICA en el año 2014. Yo no he tenido la oportunidad de conversar con ella sobre esta disyuntiva, pero quizás sean estas líneas la oportunidad pública de exaltar el influjo simbólico que tuvo su persona y su obra en esa etapa preliminar de los preparativos del Congreso.

Con el impulso que imprimió la noticia del premio de Adelaida de Juan, y el establecimiento gradual de las bases de credibilidad y confianza entre la directiva AICA-Cuba y los funcionarios del Consejo Nacional, pudimos acometer de conjunto el análisis de todos aquellos detalles organizativos del evento y encontrar los modos y vías para poder compensarlos. Hay que reconocer que, desde esas reuniones iniciales de trabajo, el ejecutivo cubano de AICA se preocupó por desempeñar un rol de mediación respetuoso, moderado, entre los directivos internacionales de la AICA y el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, sin inclinar la balanza hacia una posición específica de criterios o intereses. Recuerdo que, en uno de nuestros encuentros, Rubén del Valle comentó que la mayoría de los especialistas que venían al Consejo a pedir ayuda para eventos, una vez que conseguían su propósito, se distanciaban un poco de la institución y descuidaban los compromisos directos e indirectos con la entidad, situación que –al parecer– no iba a ocurrir en nuestro caso. Ciertamente la opción del Congreso fue defendida por los ejecutivos de la AICA-Cuba desde la perspectiva de un compromiso priorizado con la asociación internacional y el movimiento de críticos y curadores, pero también con el ámbito de las artes plásticas y su sistema de instituciones y galerías.

Debo reconocer que Rubén del Valle, desde los primeros momentos de nuestros intercambios, supo comprender la magnitud y trascendencia del Congreso que le estábamos proponiendo. Propició el diálogo abierto, sincero (no exento de preocupaciones y alguna que otra divergencia) con todos los que formábamos parte del ejecutivo de AICA, y puso todo su equipo de dirección y parte de los modestos recursos del Consejo en función de las actividades de coordinación del Congreso.

Establecimos como estrategia reunirnos una vez a la semana para hacer balance de cada una de las gestiones que estábamos llevando a cabo, y sopesábamos con absoluta transparencia los beneficios o inconveniencias que podría acarrear cualquier decisión para alguna de las partes involucradas. Hubo muy buen nivel de diálogo entre Rubén y todo el equipo de dirección de AICA-Cuba. Entre nosotros dos, en particular, medió la consideración profesional y el afecto, y por tal motivo en una o dos ocasiones le insistí en que mantuviéramos ese intercambio personal hasta el final y que tratáramos de no utilizar mediadores, lo cual pudo cumplirse durante todo el proceso organizativo. De manera gradual, y gracias a la contribución económica del Consejo Nacional, fuimos encontrando soluciones para los distintos acápites correspondientes a las responsabilidades cubanas dentro del Congreso: las inscripciones y el hospedaje de algunos participantes a través de la Agencia Paradiso, la transportación para las actividades del programa, la reservación de los almuerzos y meriendas, la impresión de los documentos básicos y los materiales gráficos promocionales, la organización de las actividades culturales y recreativas, y la coordinación de visitas a las instituciones, galerías y estudios-talleres de las artes plásticas.

Sobre el tema de las visitas a exposiciones y talleres debemos aclarar que, como la estrategia de los directivos cubanos de AICA era tratar de mostrar a los participantes internacionales un panorama lo más representativo posible de la actividad promocional alrededor del movimiento artístico, insistimos con Rubén y su grupo de dirección en elaborar un programa lo más inclusivo posible, en el que estuvieran algunas instituciones, galerías del estado, y una serie de espacios expositivos particulares y estudios de artistas. Por lo apretado del cronograma de trabajo del Congreso, dentro del cual solo podríamos disponer de las tardes para hacer las visitas a los espacios de exhibición y los talleres, no logramos implementar un programa de recorrido todo lo amplio que hubiéramos deseado, aunque logramos organizar y concretar visitas a centros importantes como la Fundación Ludwig, la Fototeca de Cuba, el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (con la exhibición del Encuentro Nacional de Grabado), Factoría Habana, y las salas del Centro “Wifredo Lam” y del Museo Nacional. Se concretaron también visitas a estudios de algunos artistas reconocidos y jóvenes, pero no logramos cubrir el rango de opciones y demandas que hubiéramos deseado.

Sin embargo, es necesario aclarar que desde un principio tuvimos clara la idea de que la prioridad de participación en las actividades fundamentales recaería en los miembros de AICA-Cuba y en críticos, curadores y académicos del país que eligiéramos con antelación. A tal efecto, y teniendo en cuenta las capacidades de los locales del museo donde se realizarían las actividades, hicimos una selección estricta de un grupo de especialistas representativos de la crítica y del campo de la enseñanza de todo el país, y le hicimos llegar sus invitaciones oficiales a través de la UNEAC y el Consejo. Muchos invitados, sobre todo los de provincia, llamaban de manera reiterada al grupo coordinador para preguntar si podríamos garantizarles hospedaje y alimentación, a lo que nosotros respondíamos que no, por no poder contar con el presupuesto indispensable para ello. Estamos seguros de que este inconveniente pudo haber influido en la ausencia de algunos de estos profesionales en las sesiones del Congreso.

Durante las primeras reuniones de trabajo con el Consejo Nacional quedó bien definido que las sedes principales del Congreso serían el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro de Arte Contemporáneo “Wifredo Lam”, y las complementarias la UNEAC y la Casa de las Américas. Como haríamos un recorrido por la muestra que, durante la fecha del Congreso, se estaba presentando en la Galería “Villa Manuela”, e íbamos a tener un contacto con los artistas jóvenes incluidos en ella, se nos había ocurrido hacer la actividad final del Congreso en los jardines de la UNEAC y así se lo expresamos a los directivos de las Artes Plásticas. En cuanto a Casa de las Américas, le habíamos propuesto a su Departamento de Artes Plásticas que nos ayudaran a coordinar el panel dedicado a la situación de la crítica de artes en el Caribe. Pensábamos que no había mejor lugar en el circuito de la cultura cubana para exponer y debatir este importante tema. Sin embargo, próximo a la fecha de inicio del Congreso, la UNEAC declinó nuestra propuesta de hacer la actividad de cierre y solo mantuvo la visita a la Galería “Villa Manuela”, y los especialistas de Casa de las Américas no informaron que, por medidas relacionadas con el ahorro de electricidad, no podían autorizarnos a desarrollar el panel propuesto en una de sus salas.

Aunque se elaboraron con tiempo, las notas de prensa sobre el 49º Congreso y se difundió el programa de actividades mediante el Departamento de Promoción del Consejo y de las gestiones de algunos ejecutivos de la sección cubana, no se logró crear una expectativa informativa que estuviera en correspondencia con la trascendencia histórica y cultural del acontecimiento. Estamos convencidos de que ese fue uno de los principales eventos culturales del país en el año 2016, pero fuimos testigos de una cierta morosidad e indiferencia de algunos medios de prensa a la hora de anunciar o comentar la celebración del hecho. La mayoría de las notas o comentarios fueron publicados casi a punto de comenzar el Congreso, lo cual dejaba entre nosotros la percepción de que algunos pretendían otorgarle un “perfil bajo” a la testificación pública del 49º Congreso de AICA. Justamente esta iniciativa editorial de la revista Artcrónica, tiene como propósito compensar la falta de información sobre el evento.

Cuando Marek Bartelik arribó a La Habana, unos días antes de la fecha establecida para la apertura del encuentro, ya estaba garantizada casi toda la logística comprometida desde la gestión cubana. Sostuvimos dos o tres reuniones en el Museo de Bellas Artes, el Centro “Wifredo Lam” y el Consejo Nacional en las que estuvieron también presentes Carlos Acero y el ejecutivo de la sección cubana, para aclarar detalles y precisar alguna que otra metodología de trabajo. En esos intercambios y coloquios de última hora, en los que prevaleció el diálogo ameno, franco –y hasta apasionado en algún que otro momento–, acabó de afianzarse lo que a mi juicio constituiría una de las principales garantías para el desarrollo eficiente del Congreso: la confianza de Marek Bartelik y Carlos Acero en la profesionalidad y transparencia de los organizadores cubanos, su disposición de interactuar y comprometerse con nuestras iniciativas y estrategias de coordinación.

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