Tomás Lara: Un espacio de entrega y resarcimiento

David Mateo

¿Qué nociones han prevalecido en esa larga actividad pedagógica que has desarrollado en las artes plásticas cubanas?

La experiencia pedagógica me ha acompañado desde el principio de mi carrera. Yo egresé de la Academia San Alejandro en el año 76, y a partir del 78 comienzo mi labor pedagógica, con el privilegio de haber transitado por los tres niveles de la enseñanza, un privilegio que pocos docentes han tenido. Fui prácticamente fundador del nivel elemental en la escuelita de 23 y C y formé la cátedra de escultura en ese lugar. Años más tarde fui profesor adjunto en San Alejandro por sustitución de Evelio Lecour durante un tiempo, y ya en la década del ochenta soy llamado al Instituto Superior de Arte (ISA), primero como profesor contratado y posteriormente como profesor en plantilla, e incluso llegué a dirigir por muchos años el Departamento de escultura en la Facultad de Artes Visuales.

Mi encuentro con la docencia se da, en primera instancia, por una necesidad económica. Yo era estudiante del ISA de la primera generación, pero tenía necesidad de trabajar y surgió la posibilidad de hacer un contrato como profesor en la Escuela elemental de 23 y C. Prácticamente sin darme cuenta, por esos designios de la vida, descubrí que tenía vocación para la docencia; la docencia ha sido para mí un ejercicio profesional de entrega total y de resarcimiento. O sea, para mí la pedagogía es un ejercicio que me permite mantenerme sistemáticamente vinculado a la creación, no solamente a partir de la obra que realizo, sino también de la que realizan mis estudiantes. Eso me permite tener una visión calidoscópica, pues tengo que conocer las estéticas y concepciones de cada estudiante con el que interactúo.

1. Sujetador. 2004. Acero conformado. 1,60 x 200 x 100 cm

Sobre todo en los últimos años, a partir del ochenta, dentro del ejercicio docente universitario encontré el paradigma que buscaba; porque se trata de ejercer una docencia de tipo tutorial, donde la creación es el tema prioritario desde el punto de vista intelectual. El tema del aprendizaje técnico: modelado, dibujo…, que era lo que yo hacía en las escuelas elementales o de nivel medio, pasa a un segundo plano en la universidad, que no quiere decir que desaparezca por completo, para que la parte intelectual cobre más protagonismo. Se trata de trabajar con las ideas propiamente a partir de los diferentes intereses conceptuales y artísticos que cada uno de los estudiantes manifiesta como creador. Para mí es una manera de reformularme el arte constantemente, de evitar posiciones de acomodamiento, no solamente en la práctica sino en el ejercicio de pensamiento. La vivencia de este ciclo es lo que pienso que diferencia al artista que tiene una formación académica del que no la tiene. El valor del artista y su obra no tiene que ver de manera directa con los estudios académicos, pero si evidentemente hay una diferencia, al menos desde mi punto de vista. El artista de formación académica, universitaria, tiene una ejercitación intelectual por el cúmulo de asignaturas teóricas que tiene que enfrentar y también por el ejercicio de la práctica… Por ejemplo, en la docencia que estoy ejerciendo ahora en el ISA, prácticamente cada encuentro con los estudiantes deviene un riguroso taller de crítica.

2. Pañol II. 2009. Técnica mixta. 1,50 de diámetro

O sea, que el ejercicio docente lo descubrí como una manera de entregarme y de recibir, y en ese proceso me siento realmente retribuido; ha sido vital para mi trayectoria de formación y crecimiento.

Se comenta que el nivel elemental desaparecerá en la enseñanza de las artes plásticas, ¿Qué opinión tienes sobre el tema?

La respuesta a esa pregunta está en la generación que tuvo la suerte de pasar por los tres niveles. De mis primeras generaciones como profesor del nivel elemental, están, por ejemplo, Luis Gómez, José Ángel Toirac, Lázaro Saavedra, Tania Bruguera, una pléyade de artistas que no por gusto son ahora una generación de vanguardia en las artes visuales. Esos artistas tuvieron la suerte de pasar por los tres niveles de la enseñanza artística; lo cual me llena de orgullo porque quiero pensar que algo de lo que yo como profesor sembré en ellos germinó en algún momento. Lastimosamente el nivel elemental de las artes plásticas fue suprimido o eliminado sin consulta a los expertos. El nivel elemental en el campo de la música y en el campo del Ballet aún se mantiene, pero la única especialidad en donde fue suprimido fue en las artes visuales, y se hizo desde una posición de fuerza institucional, sin haber pasado por una colegiatura o encuentro con los especialistas para saber el estado de opinión. Incluso, la escuela de 23 y C ha quedado solo como un taller de creación. No ha desaparecido como institución, pero sí ha perdido el estatus docente. Creo que fue una escuela que rindió frutos y están a la vista de todos.

3. Sujetador múltiple. 1997. Ensamblaje de mármol, madera y metal. 40 x 25 x 15 cm

¿Qué diferencias aprecias entre la época en la que comenzaste a realizar tu labor pedagógica y la actual?

Pienso que lo que está pasando en el plano de la docencia artística tiene que ver directamente con lo que sucede en toda la sociedad. Los análisis que contextualmente uno hace de determinadas esferas de la cultura en un momento histórico, tienen que ver también con condicionantes de todo tipo. Si nos remontamos a la década de los setenta, de los ochenta y hasta principios de los noventa, los artistas teníamos una filosofía de vida y profesional bien diferente a la que vivimos ahora, como consecuencia precisamente de la realidad que vivíamos en aquel momento. No existía ningún tipo de posibilidad de mercado de la obra, había una entrega total. Yo fui formado como artista en una filosofía en la cual lo importante era vivir para el arte, no vivir del arte. La realización artística era una necesidad personal y había que disfrutarla, no sufrirla. De esa manera se comportaba toda la esfera que nos tocaba tangencialmente, y la docencia se manifestaba también de esa forma. Aunque la docencia en un principio para mí respondió a una necesidad económica, de manera muy rápida se convirtió en una necesidad existencial. Para mí tan importante era la praxis artística como la praxis pedagógica porque siempre los he valorado como un complemento. Por lo tanto en mi labor pedagógica siempre me he entregado por completo. Recuerdo que en esa época de los años setenta, cuando era profesor de la Escuela elemental de artes plásticas, llegaba a mi casa en la tarde físicamente destruido, porque en las clases tenía que estar de pie todo el tiempo y hacer un recorrido estudiante por estudiante, pero llegaba también a casa con una satisfacción tremenda. Y como anécdota curiosa te puedo comentar que, en varias ocasiones, cuando algún estudiante se dirigía a mí, en lugar de decirme profesor me decía papá. Después se avergonzaban pero yo les decía que no se preocuparan que eso hablaba muy bien de las relaciones humanas que había entre nosotros. Cuando un estudiante te confunde en su afecto filiar con su padre te está viendo como alguien que le está entregando todo su nivel de conocimiento y afecto. En aquella época yo iba incluso a la casa de los estudiantes que tenían más dificultad. Había una relación mucho más humana, y esa es la diferencia que percibo con el contextual actual, consecuencia también de la transformación social que estamos sufriendo, donde hay ciertos valores que se van cambiando, quizás algunos para bien y otros para mal.

4. Sujetador de conductores. 2003. Acero conformado. 600 x 500 x 1,20 cm

Afortunadamente no podemos generalizar, siguen habiendo artistas que ejercen la docencia en el campo del arte con mucho empeño, que van a las clases con la voluntad de entregar lo mejor de ellos. Pero desgraciadamente sí hay mucho intrusismo, veo jóvenes, y otros no tan jóvenes, que están ocupando puestos docentes sin vocación, sin la profesionalidad que esto implica, y sin la devoción que esto conlleva si realmente se quiere hacer una labor de enseñanza del oficio y al mismo tiempo de siembra, de fomento de valores conceptuales y éticos en los estudiantes.

¿Entonces tienes más satisfacciones que insatisfacciones en tu labor pedagógica?

En el campo de la docencia nunca me ha gustado medir la proporción entre lo que doy y lo que recibo, no me interesa ese intercambio. Para mi es tanta la satisfacción que he recibido y recibo como profesor que realmente me siento muy bien retribuido, humana y profesionalmente. Cuando los jóvenes artistas a los que les di clases me saludan por la calle con mucho afecto y me siguen llamando profesor, ya eso para mí es la mayor compensación de mi labor docente.

Y hablando de influencias… Hay un elemento fundacional en mi labor pedagógica que no quiero dejar de mencionarte, y que tiene que ver directamente con los que fueron mis profesores en la Academia. Yo tuve de profesores a artistas que a lo mejor no llegaron a descollar mucho como creadores, pero que como docentes fueron excelentes, y hablo de Fausto Ramos, de José Fowler, del gallego Díaz Peláez, entre otros, que realmente ejercieron la pedagogía con mucha entrega, con mucha vocación. Yo recuerdo que era uno de los estudiantes que más temprano llegaba a San Alejandro por interés personal y por lo distante que estaba mi casa, pero recuerdo también que nunca llegué más temprano que el profesor de escultura Fausto Ramos. Él fue el que me asesoró a lo largo de toda mi carrera una vez que descubrió mi vocación por la escultura. Yo entré a San Alejandro pensando que sería pintor, y aunque hice mis estudios en ese medio, de manera muy temprana descubrí mi inclinación por lo escultórico. Cuando veía aquella férrea disciplina, no solo de Fausto sino de casi todos los profesores de la Academia, eso despertaba en mí una admiración por ellos y por todos los valores que me trasmitían. Recuerdo que el principal legado que recibí de ellos fue la energía, por encima incluso del conocimiento. Me refiero al entusiasmo con que me hablaban de sus viajes a París en los años 50, de las experiencias profesionales organizando exposiciones, y eso es muy importante en la formación de un joven que va a ser artista porque te da una carga energizante y una carga cultural que tú no sabes a ciencia cierta en qué momento va a germinar. Con el transcurso de los años, y una vez que fui madurando en el ejercicio docente, me di cuenta que en buena medida soy deudor de todo aquel aliento, de toda aquella energía que los profesores depositaron en mí con su influencia; y que me permitió, siendo apenas un joven, que no provenía de una familia de intelectuales y artistas, descubrir el maravilloso mundo del arte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.