Tradición e irreverencia. Fabelo llega a Venecia

En realidad, me sentí un poco abrumado con ese evento. Venecia (en ese momento) es una ciudad saturada, manoseada. Algo así como una mujer que han manoseado tanto, tanto… sigue siendo hermosa y manoseadísima. El trasiego que hay allí usualmente es abrumador, pero en esos días resulta más intenso todavía.

Me daba la impresión de que la ciudad podría acabarse en cualquier momento, desaparecer. Todo el esplendor clásico veneciano tiene un contrapunteo en la bienal con las propuestas de la contemporaneidad, con la audacia y el atrevimiento de la creación contemporánea.

Cuando observas esa ciudad con esa imagen como eterna, que está referida y documentada en tanto arte, tantos hechos y tantos eventos… Tuve una sensación de déjà vu, como algo que volvía a sucederme, como si fuera una rutina. Sin embargo, era la primera vez que estaba allí participando y viendo una Bienal. Conocía Venecia de otras oportunidades, e igualmente estaba llena…, pero en esta ocasión la percibía pletórica en un sentido más profundo.

Personalmente no tuve tiempo de recorrerlo todo. En ocasiones me quedé simplemente caminando por los barrios, descubriendo Venecia.

También me di cuenta de que, como todo, se gasta. Se gasta la ciudad y también en alguna manera se gasta el arte que allí se expone. Ver tanto de una vez es agobiante. Si tratas de programarte y orientarte debes discriminar; de otra manera vas un poco al azar, porque verlo todo es imposible. Algunas cosas me las programé, pero otras me fui al azar, caminando por los barrios, descubriendo la ciudad. Cruceros en el Gran Canal. Me pareció lapidario para Venecia, esos monstruos invadiendo el Gran Canal. Tengo entendido que quizás para el 2018 eso no pueda seguir ocurriendo…, son como depredadores gigantescos…

Visité Los Jardines y recorrí todos los pabellones nacionales que pude. También me fui a la exposición de Damien Hirst. Confieso que me gustó. Me pareció una muestra ejemplar desde el punto de vista de la producción, de la museografía. En lo intrínsecamente artístico también me satisfizo. Me resultó una exposición de labor, de invención, apelando a cánones clásicos. Es un hecho irrefutable esa vivificación del sentido clásico –artísticamente hablando– aun cuando parezca un alarde de producción. Hay mucha fugacidad, mucho gesto, mucho de lo efímero en el arte contemporáneo. Me resultó atrevido de la parte de Hirst una exposición de esta índole.

En Los Jardines encontré también muchas propuestas interesantes. Particularmente, en la muestra central, me impresionó el gran taller que resultó para mí la instalación performática de Olafur Eliasson: otra cara del arte en un punto equidistante de la de Hirst, pero sentí una vibración intensa. También la serie de fotografías manipuladas del húngaro Tibor Hajas. El Pabellón alemán me sobrecogió, provocaba una especial sensación de inseguridad, de desasosiego. Esa es la disparidad de cosas que me pueden resultar atractivas, emocionantes…

A pesar de estar perfectamente integrada al agua y al edificio, la pieza de las manos saliendo del Gran Canal y sosteniendo un edificio, de Lorenzo Quinn me resultó fría, todo lo contrario del taller de Olafur. Muy a menudo los artistas pecamos de colocar piezas monumentales en esa visualidad tan saturada. Un tema complejo, contradictorio seguramente.

¿Cómo valoras tu participación específica dentro de Tiempo de la intuición y como parte del Pabellón cubano en la Bienal?

En un primer momento sentí una especie de aprensión pensando que las columnas del salón de la entrada de la biblioteca podrían tragarse mis torres de cazuelas ¡eran muchísimas! Pero una vez que empezaron a levantarlas me satisfizo mucho la relación que se estableció entre ellas.

Me encantó el contrapunteo con el mundo clásico. La percepción de pureza de ese mundo clásico y la impureza como concepción y visualidad de mis torres resultaban dos contrarios que, en ese punto, se complementaban. Si hubiera imaginado la profusión de esculturas donde se emplazaría mi trabajo, quizás hubiera preferido llevar más torres. Quizás la contienda resultara mucho más rica. Te cuento que, incluso, tuve que comprar una gran cafetera veneciana, y me la prepararon para incluirla y ampliar la dimensión de una de las torres.

Simbólicamente, el diálogo con el espacio que propuso la museografía le aportó a mi pieza, la desafió. A la vez, se crea un intercambio entre mis acumulaciones de cazuelas con aquellas columnas impolutas. Algunas personas se atrevían y pasaban entre las columnas… igual pienso que si llevaba más saturaba el espacio… al menos un par más quizás fuera interesante.

Muchos de mis calderos estaban intervenidos con cabezas, y también frases, textos que establecieron un paralelo con las cabezas y las inscripciones sobre las pilastras de mármol del Palacio Loredan. Fue algo especial. Incluso eso me sugirió otros trabajos y despertó ideas de nuevos proyectos que estoy por realizar.

Agradezco mucho haber participado. Fue como un ticket en un último tren, porque no sabes cuándo se vuelve a dar una muestra en un contexto y un escenario de privilegio como ese.

¿Cómo percibiste el Pabellón cubano en su conjunto, desde la perspectiva del tipo de proyecto que se presentaba, a contrapelo de lo habitual en Venecia?

Ciertamente me gustó la exposición de Cuba y el conjunto de los artistas invitados fue acertado. La plaza del Campo San Stefano es muy hermosa, prioritaria, estratégica, de las mayores de Venecia. Es una pena que estuviera tan pocos días porque para mí fue una gran experiencia.

Allí funcionaba perfectamente eso que siempre hemos hablado de diversidad de enfoques y de propuestas. Tiempo… estructuró muy atinadamente la inclusión de diversas maneras de abordar la creación, para mostrar ese registro tan amplio. Fue un proyecto muy ambicioso que se distanció totalmente de la idea de saturación que percibí en la Bienal en su conjunto.

Los múltiples salones del Palacio Loredan tuvieron la capacidad de asimilar adecuadamente la totalidad de las piezas. En algunos casos integrada eficaz y sutilmente como el caso de Yaque. Capote funcionaba a la maravilla en su espacio, la selva de Mabel Poblet estaba muy bien concebida… Los pasillos de los pequeños cubículos quizás fueron menos felices.

El performance de Carlos Martiel fue impactante. La concepción de esa obra y la cantidad de sentidos, mensajes. Estuvo muy acertado dentro del proyecto. El hombre aguantó, fue angustioso verlo. Y nos conmovió profundamente. La naturaleza performática implica en muchas ocasiones esos riesgos.

Resultó un desafío personal y profesional… no puedo estar más satisfecho.

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