Un millón de Wilfredos

Mi primera participación en la Bienal de Venecia fue en el 2007 con el Instituto Italo-Latinoamericano (IILA), con los países que no tenían espacio expositivo. Luego, en el 2011, en una exposición colateral junto al PinchukArtCentre; y más o menos desde que terminé los estudios del ISA he visitado las ediciones, por lo que de una manera u otra siempre he tenido una relación personal y profesional con Venecia y la Bienal.

Justo este año, el IILA cuelga los guantes desgraciadamente, por términos de financiación. Dejan así huérfana la participación de muchos artistas de Latinoamérica, quienes más lo necesitamos, sobre todo aquellos que no podemos escalar a la financiación de estos maravillosos palacios… Imagina entonces el orgullo de que Cuba cuente, por primera vez, con un pabellón; además en el precioso palacio Loredan, con una ubicación impensable. Esto demuestra un interés enorme, y un sacrificio económico importantísimo, del Ministerio de Cultura y del país. Sorprendentemente hasta la calidad del montaje, que en Venecia no es fácil tampoco, nos salió bien.

Más allá de las críticas que podamos tener sobre la institución Bienal, y particularmente la de Venecia, no se puede dejar de lado la importancia de este evento. Es como la participación de Cuba en las Olimpiadas. Es un estímulo para los artistas cubanos: una inyección de energía y un ejercicio de puntería de francotirador en el más importante de los terrenos.

De forma menos significativa, replantearía para la próxima edición, esquemas de su concepción. Por lo general cada país apuesta por uno o dos artistas, en nuestro caso entiendo lógico que Cuba haya querido mostrar, por primera vez, un panorama más amplio, de varias generaciones, unos 14 artistas en este 2017; pero creo que un evento de este tipo es una oportunidad, y se debe ir más a una síntesis, a una mirada particular, a la creación de paradigmas y a la participación de artistas que puedan redefinir, enfocar y significar nuevos modelos en el panorama cultural cubano e internacional.

Es muy importante pensar que el arte es puramente elitista, y no me refiero a una élite burguesa, económica o puramente cognoscitiva, sino a una élite sensible; puede llegar a todos, sin importar su capacidad económica o social, más bien solo su abertura sensitiva. Por tanto, no podemos caer en la banalización cultural que obviamente se visualiza hoy día, a nivel internacional, y donde la “democratización”, la promoción y el mercado, de manera masiva y aleatoria, predominan… La dirección tiene que enfocarse más hacia la construcción de caminos puntuales, bien sólidos y contundentes en su contenido. Eventos como este no deben perderse de vista, por las oportunidades que pueden contribuir a nuestro panorama cultural.

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