Abelardo Mena

ABELARDO MENA
La Habana, 1962

Curador, crítico de arte, promotor cultural.
Licenciado en Historia del Arte (1985) Facultad de Artes y Letras, Universidad de La Habana. Máster en Arte Iberoamericano, Universidad Pablo de Olavide, Sevilla (2004-2005). Miembro de la UNEAC, fundador de RM Estudio, para servicios de arte y comunicación, del boletín HabanaInsider y del proyecto Photography-Cuba. Editor en Cuba del sitio de noticias culturales www.cubanartnews.org. Curador de la coleccion Farber de arte cubano, NY. (www.farbercollection.com). Durante veinte años trabajó como curador de la colección de Arte Internacional Contemporáneo del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

menaabelardo@gmail.com
probiz@cubarte.cult.cu

Redes sociales:
https://www.facebook.com/menaabelardo
https://www.linkedin.com/pub/abelardo-mena-chicuri

CURADURÍAS:

2016 La Ciudad de las Columnas: Fotografías de Ramón Martínez Grandal. Museo de Arte Colonial, OHC, La Habana, Septiembre-Octubre
2015 Iván Cañas: Cuba Vintage. Galería Espacio Abierto, Revolución y Cultura, La Habana / Identidad; Guillermo Ramírez Malberti: Acuarelas, Bronces, Instalaciones. Casa Museo José Lezama Lima, La Habana
2013-14 Cuba: Arte de lo Fantástico. LACAPROJECTS, Charlotte, Estados Unidos
2011 Transmigraciones. Panamerican Art Projects Miami, Florida
2010 Gráfica Alemana Hoy: Colección Sigfried Kaden. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana 2009 La colección Artal: pintura española de fines del siglo XIX. Fundación Caixa Galicia Lugo, Galicia
2009 Chelsea Visita La Habana: Arte Hoy en Nueva York. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Colson Errante. Museo Bellapart, República Dominicana / La Mirada Perdida: Fotografía Cubana 1969-1980
2008 Viajero del Tiempo: Alain Kleinman en La Habana. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Arte Latinoamericano. San Sebastián, España / Sorolla y sus contemporáneos. Caixa Galicia, Ferrol, España
2007 René Burri, fotógrafo. Museo Nacional. “Mujeres en el Arte: de Tolouse Lautrec a Massaguer”. Museo Nacional.
2006: “Equipo Crónica, 1964-1981”, Museo Nacional.

2005 George Baselitz, Dibujos 1958-1979 en el Ludwig Forum of International Art. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
2004 Erro: Retrospectiva 1958-2003. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Maestros del Dibujo Cubano. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
2003 De Callot a Matisse: Grabados Franceses en el Museo Nacional. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / De Picasso a Keith Haring; una colección se revela. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
2002 Gustavo Torner. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Jules Breton, La Chanson des Blés. Museo de Arras, Francia-Galeria Nacional, Irlanda / Proyecto para la sala temporal de Arte del Siglo XX, Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
2001 Proyecto para Sala Permanente de Arte francés, siglos XVII-XIX. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Cause + Effect: Current British Design. British Council y Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Gunter Grass: con la misma pluma, Dibujos, Grabados y Esculturas. Fundación Ludwig, Alemania y Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
2000 Una habitación con vistas: Paisajes Europeos y Cubanos. Museo de Almería-Museo Episcopal, Málaga-Museo de Bellas Artes, Jaén / Pintura Andaluza en Colecciones Cubanas. Museo de Almería-Museo Episcopal, Málaga-Museo de Bellas Artes, Jaén
1999 La Dirección de la Mirada: Arte Cubano Actual. Kunst Museum, Zurich / Grabados de Piranesi. Sala San Eloy Salamanca-Centro Cultural San Benito, España
1998 Amelia Peláez: pinturas y esculturas. Salas Caja Duero Soria-Caja Duero, Valladolid
1997 Pintura valenciana en el Museo Nacional. Lonja del Reloj-Alicante-La Merced, Burriana, Sala Caja Duero-Soria, España / Frida Kahlo, Amelia Peláez, Tarsila do Amaral. Caixa Barcelona, Barcelona
1995: Habana´95: Muestra Internacional de Arte Correo. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
1994 Obra Europeas de tema árabe. Asociación Árabe de Cuba y Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
1993 Uver Solís, fragmentos y silencio. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Nuestro Tiempo: Dibujos de Marcelo Pogolotti. Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana / Maestros del Dibujo Europeo (co-curador). Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana
1992 José Toirac: Todo para Vender. Galería Habana, La Habana / Estrellas Cubanas. Galería Habana, La Habana

LIBROS PUBLICADOS:

Emilio Heredia, el Museo Nacional y las Memorias de un Comisionado. Editorial Boloña, Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 2014.

Cuba Avant-Garde: Contemporary Cuban Art from the Farber Collection. Samuel P. Harn Museum of Art, 2007, University of Florida Gainesville, (http://www.cuba-avantgarde.com)

La Ciudad de las Columnas: Fotografías de Ramón Martínez Grandal

“La Habana Vieja me robó el tiempo de la vida;
quise encerrarla dentro de las pétreas paredes
de un museo, y ella, en justa venganza, me hizo
prisionero de sus muros para siempre”.

Eusebio Leal, Regresar en el Tiempo (1985)

I. Urbis et Orbi

La Habana de 1982 era una fiesta: una calma jubilosa había reemplazado las tensas jornadas de los eventos migratorios del Mariel. Surgían nuevos hábitos de consumo cultural: los Sábados de la Plaza (de la Catedral) redescubren el valor del trabajo artesanal por cuenta propia, renace cada Noviembre la caminata alrededor del Templete, abre con digestiva resonancia el Mercado Centro (en la otrora sede de la tienda SEARS), y la revista Opina ­­-publicación del Instituto de la Demanda Interna- no sólo celebra un premio “de la Popularidad” sino publica inéditos anuncios clasificados de permutas y ventas.

En las Artes Visuales, los baby boomers de la Revolución producen un arte nuevo sin pedir permiso. Su icono será la exposición Volumen Uno, start up de un despliegue cultural-generacional que hacia fines de la década cambiará decisivamente el rostro de la isla. Artistas como Gustavo Pérez Monzón, Tomás Sánchez, Leandro Soto, Elso Padilla, Flavio Garciandía, proyectos de expansión social como Arte en la Fábrica, Telarte (que vistió a toda Cuba) y Hexágono, e instituciones culturales: Centro Wifredo Lam (1983), el Instituto Superior de Arte y la Bienal de la Habana (1984) nutrirán de manera intensa la renovación del paradigma cultural.

De París llega entonces un reconocimiento singular. La Convención de Patrimonio Mundial, Cultural y Natural (UNESCO) acuerda por unanimidad declarar a La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones coloniales, Patrimonio Cultural de la Humanidad. Es un espaldarazo, pero sin dudas también un desafío para los gestores, investigadores, arqueólogos, restauradores, arquitectos, historiadores y funcionarios que desde el Palacio de los Capitanes Generales, las bóvedas del Castillo de la Fuerza o la concurrida Plaza de la Catedral trabajan (y sueñan) por una Habana Vieja reivindicada, re-insertada en la contemporaneidad.

Ellos reconocen la innegable pérdida de valor del centro histórico, ciertamente abandonado por las políticas constructivas oficiales desde la República. Pero encarnan una corriente cultural – nutrida aún por caminos diversos- que propone su rehabilitación y puesta en valor más allá de la noción de “monumento” enunciado por la Carta de Venecia (1964). Lo que intentan revertir no es sólo el deterioro evidente del tejido urbano, también la pérdida de identidad local de sus habitantes, y proponen estimular el resurgimiento de aquellas tecnologías y oficios “pre-industriales”, imprescindibles para el mantenimiento de un espacio multi-estilístico como La Habana Vieja.

Si la Resolución no. 450 de Diciembre 11 de 1967, había convertido al Palacio de los Capitanes Generales en el baluarte inicial de la recuperación de la historias del territorio, en 1981 el estado cubano asignaba un presupuesto exclusivo para la rehabilitación y restauración del Centro Histórico. El primer Plan Quinquenal de Restauración nacía bajo la dirección de la Oficina del Historiador, e identificaba a ésta como la entidad coordinadora del proceso de rehabilitación.

La distinción de la UNESCO (y los fondos que le acompañaron) anotó sin dudas una victoria más para la voluntad “preservacionista”. Pero la confrontación será implacable frente a una lógica histórico-social hegemónica, mainstream, que concibe el pasado como mera arqueología, presto a ser dinamitado por una revolución “tout avantgarde” sin deudas previas.

La base de este discurso darwinista es el culto a una modernidad que pro-norteamericana o pro-soviética, sostuvo conceptualmente no sólo el Plan de ordenamiento urbano (1956) concebido por el urbanista catalán José Luis Sert, sino también el espíritu constructivo oficial, que proyecta en la década de los 70 una Habana de anchas vías como la avenida Kalinin de Moscú, sombreada por rascacielos de diseño yugoeslavo, hechos en moldes de prefabricado barato. Es un discurso rotundo que sustituye la esencia cultural de la Arquitectura y el Urbanismo por la lógica simple del bulldozer y la bola de acero.

Sin embargo, el definitivo cruce del Rubicón en el proceso de rehabilitación del casco histórico comenzará once años después. Durante una noche del Período Especial: el 30 de Octubre de 1993, Fidel Castro -a nombre del Consejo de Estado de la República de Cuba- y Eusebio Leal firman de conjunto el Decreto-Ley no. 143. Visionario como en otras ocasiones, Fidel selló la ocasión con una frase bíblica: “No me devuelvas el dinero, multiplícalo”. El documento no sólo ampliaba el marco de autoridad y la personalidad jurídica de la Oficina del Historiador de la Ciudad sino declara al Centro Histórico, Zona Priorizada para la Conservación. Y respalda con fondos propios esta empresa de carácter social.

Paradójicamente, desde la tradición se iniciará finalmente el proyecto más innovador, integral, duradero y resonante del Urbanismo post-revolucionario cubano. La Oficina del Historiador deviene la incubadora de proyectos capaces de generar una revolución conceptual (de perfil internacional) en las estrategias de gestión de centros urbanos. El surgimiento de la compañía Habaguanex en el año 2004, spin off de este decreto, otorgará el despliegue económico necesario para la sustentabilidad del proyecto, en una combinación precisa de rentabilidad, autonomía empresarial y destino social que no ha sido aún justipreciada por la ciencia económica ni por el repertorio al uso de buenas prácticas de gobernabilidad.

Sobre este mosaico de tendencias, protagonistas y eventos, emerge la edición habanera de La Ciudad de las Columnas.

II. La Imagen

Cuando el editor Radamés Giró recibe el encargo de publicar el ensayo La Ciudad de las Columnas, el escritor y novelista cubano Alejo Carpentier (La Habana 1904-1980) ha fallecido dos años atrás. Y dieciocho años lo separan de la primera publicación del ensayo en 1964, contenido en el tomo Tientos y Diferencias, impreso en México tras la novela El Siglo de las Luces.

Intelectual afín como pocos a los medios masivos de comunicación del siglo XX, la imagen ha inspirado este ensayo de Carpentier. La Ciudad… había sido escrita en 1963 como texto de presentación de la muestra 110 fotos de la Arquitectura Cubana: Ambiente Cubano, expuesta por el fotógrafo italiano-venezolano Paolo Gasparini (Gorizia Italia 1934) en el espacio Galería Habana. Aupado como siempre por dos formidables musas espacio-temporales: la Arquitectura y la Música, el texto breve de Alejo desafía su mera función introductoria y permanece hasta hoy como el más preciso discurso deconstructivo sobre la arquitectura habanera, el “funcionalismo” de raigambre popular y nuestro peculiar barroco.

Gasparini integró las huestes de los fotógrafos viajeros que arribaron para descubrir el rostro de un país en Revolución. Había coincidido con Alejo en la Caracas renovadora del arquitecto Carlos Raúl Villanueva, y en 1961 se desplaza a La Habana, donde permanece hasta 1965 como fotógrafo del periódico Revolución, y del Consejo Nacional de Cultura (CNC). Su “etapa cubana” le reporta ciertamente varias exposiciones donde registra un país en transformación y sus ambientes: Cuba: territorio libre del analfabetismo (1962, Comisión Nacional de la UNESCO, La Habana); Acento y tradición de la arquitectura cubana (1963 Consejo Nacional de la Cultura, La Habana); Cuba: arquitectura cubana en la fotografía (1964 Palacio de la Cultura y de la Ciencia, La Habana); Cuba: ver para creer, La Habana 1965, itinerante por México, Praga, Varsovia, Hanoi y Moscú; para concluir en 1967 con un mosaico fotográfico sobre la Zafra, expuesto en Italia.

En 1970, mientras en Cuba el pueblo decide a pie de surco el éxito de la “Zafra de los Diez Millones”, las imágenes de Gasparini y el texto de Carpentier se abrazan en un libro de 120 páginas, publicado por la Editorial Lumen de Barcelona. También en el propio año, otro escritor cubano: el poeta y novelista José Lezama Lima, concluirá el prólogo para Temporada en el Ingenio, un dilatado reportaje fotográfico hecho por el cubano “Chinolope” a instancias de “Che” Guevara.

***
Para el tomo de 1982, Giró y el diseñador Roberto Medina (quien ha diseñado previamente otros libros de Alejo) escogen una cubierta de tapa dura con solapas, similar a la edición de la novela Concierto Barroco. Y seleccionan -en contrapunto al texto de Alejo- cuarenta imágenes tomadas por el fotógrafo cubano Ramón Martínez Grandal (La Habana 1950).

A los 32 años, Grandal goza ya de reconocimiento en el circuito de la imagen insular gracias al ensayo fotográfico La imagen constante. Compuesta por 45 fotos tomadas a lo largo y ancho de Cuba entre los años 1973-1977, la serie registra acuciosamente las múltiples imágenes del héroe nacional José Martí que inundan paredes, anuncios políticos, vitrinas de tiendas, centros de trabajo y plazas públicas. En la década de los años 60, el conocido pintor Raúl Martínez había catapultado la imagen del héroe desde el graffiti popular hasta la obra de estudio, La Imagen Constante devolvía el mito de Martí a sus contextos populares.

Mostrada parcialmente en 1974 (III Salón Juvenil Nacional de Artes Plásticas) y en las páginas de revistas culturales como Revolución y Cultura, en el propio 1982 La imagen Constante es exhibida, por primera vez como conjunto, en una muestra individual celebrada en la Biblioteca Nacional “José Martí”; será seleccionada junto a otros ensayos como Cubanos de Acero, de Iván Cañas y Mi barrio de Tito Álvarez para el Premio de Fotografía Cubana convocado en el mismo año por el Ministerio de Cultura; y participa en la exposición colectiva de Fotografía Latinoamericana Contemporánea, celebrada en el Museo George Pompidou de París.

A Grandal no le era ajena la figura y creación de Alejo Carpentier: en La Habana de los años 60-70 artistas visuales y escritores se mezclaban creativamente. Y por encargo de “Revolución y Cultura” -la más importante y dinámica revista cultural de la etapa, cuyo staff integraba junto a otros artistas del lente como Mayra A. Martínez y Gilda Pérez- documentaba numerosos eventos relacionados con la literatura y el mundo editorial del momento.

Simultáneamente, con mayor nivel de libertad autoral, compiló para las cubiertas y páginas interiores del mensuario una verdadera galería de retratos de personalidades artísticas de Cuba, y de América Latina. Rostros de escritores como el propio Carpentier, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Thiago de Melo, Ernesto Cardenal, se sumaron a bisoños creadores del arte cubano: Flavio Garciandía, Zaida del Río, José Bedia, Tomás Sánchez, Sandra Ceballos, Roberto Fabelo, Israel León, Juan Moreira, junto a consagrados como Wifredo Lam y Ernesto González Puig.

La visión fotográfica de Grandal se aparta del periodismo gráfico al uso. Si las publicaciones periódicas demandan imágenes obvias de “lo real” -casi siempre con fines propagandísticos- él es decidido buscador de metáforas visuales, un creador de atmósferas exquisito en las composiciones y partidario decisivo de la riqueza tonal del blanco/negro, aportada por la cámara Leica y los misterios del “cuarto oscuro”. Las fotos de Grandal no capturan “el momento decisivo” anunciado por Cartier Bresson, sino la ambiguedad sígnica de lo real.

Para La Ciudad de las Columnas que edita Letras Cubanas, Grandal aporta una visualidad diferente en torno al texto carpenteriano. Gasparini había registrado planos exteriores de la ciudad, en busca de un “color local” que incluye personas en acciones cotidianas. Sin embargo, el fotógrafo cubano mantiene una cerrada fidelidad a la función deconstructiva del texto y excluye plazas o caminantes casuales, las figuras humanas son escasas, apenas leves sombras que se deslizan.

Logra así documentar de manera racional, sin distracciones -como la alemana Hilda Blecher en sus fotos de fábricas- un repertorio de los elementos arquitectónicos funcionales, low tech cubano, descritos por Alejo. Vitrales, rejas, guardacantones, mamparas, portales, balcones, columnas, balaustradas, contienen y matizan la luz, separan del espacio exterior, delimitan privacidades, al tiempo que -gracias al artesano industrioso- han alcanzado la persistencia reservada a los iconos de la cubanidad.

Para Grandal, nombrar estos elementos no devino ejercicio reiterativo. Maestro tenaz del “cuarto oscuro” -en los tiempos del duro olor de la plata/gelatina- el fotógrafo otorgó a las placas un matiz dramático, casi barroco, desde la economía expresiva del blanco/negro, que lo apartó premonitoriamente de la postal turística en que La Habana Vieja parece convertida gracias a los selfies de Kim Kardashián, y la retórica exotista de National Geographic.

El libro La Ciudad de las Columnas publicado en La Habana de 1982 es ya un incunable. No sólo porque es imposible descubrirlo incólume entre los estantes de los libreros “all for sale” de una Plaza de Armas asediada por turistas extranjeros. Sino también por el concepto editorial audaz, que dió licencia un joven fotógrafo para reinterpretar un texto del más importante novelista de la isla.

Abelardo G. Mena Chicuri