Julio Girona

Nacido en Manzanillo, Cuba en 1914, fallece en 2002. Considerado un artista integral, alternó etapas figurativas y abstractas, donde de alguna manera condensaba sus vivencias en ciudades como París, México o Nueva York. Iniciado en el mundo de la escultura, Girona evolucionó hasta convertirse en un maestro de la pintura, el dibujo y el grabado. Su creatividad se extiende también a la novela y la poesía. En su obra importa, sobre todo, la expresión y la investigación, además de reflejar el mundo circundante.

Desde 1927, cuando realiza su primera muestra personal en las vidrieras de La Fortuna en su localidad natal, Girona desplegó una intensa vida política y cultural que lo llevó a relacionarse con los movimientos más progresistas de su época. Ya residiendo en La Habana, en 1930 ingresa en la Academia de San Alejandro como alumno de escultura del profesor Juan José Sicre. Entre 1934-1938, gracias a una beca de la Secretaría de Educación viaja a Europa. Junto a César Vallejo, Alejo Carpentier, Pablo Neruda y otros importantes intelectuales, integra el Comité Iberoamericano de París para la Defensa de la República Española. Colabora con Félix Pita Rodríguez y Osmundo Illas en los primeros números del boletín Nuestra España, que circula durante los inicios de la Guerra Civil española.

Para 1939 regresa a Cuba y trabaja como dibujante político del periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular. Expone un conjunto de esculturas, acuarelas y dibujos en el Lyceum de La Habana. Entre 1941 y 1943 reside en Nueva York y asiste con irregularidad a la Art Students League. Por esos años ingresa en el ejército norteamericano para participar como soldado en la lucha contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Colabora desde el frente con el periódico Hoy y con la revista habanera Gaceta del Caribe. Realiza durante este período un grupo de apuntes y dibujos.

Una vez concluida la guerra regresa a Brooklyn. Comienza a trabajar como traductor al español de textos para comics en las agencias United Press y King Features, labor que continuará hasta su retiro treinta y ocho años después. Abandona la escultura por motivos de enfermedad y se dedica definitivamente a la pintura. Viaja a La Habana y participa en varias exposiciones colectivas en México, Estados Unidos, Argentina y Cuba.

Obras suyas se incluyen en 1954 en la Exposición Plástica Cubana Contemporánea Homenaje a José Martí (Antibienal), en el Lyceum de La Habana. Exhibe un conjunto de dieciséis piezas en el Aula de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de La Habana.

Desde mediados de los años 50 su obra es acogida en importantes museos y galerías de Europa y Estados Unidos, en exhibiciones individuales y en colectivas junto a representantes del expresionismo abstracto norteamericano. Obtiene el Premio de Adquisición en el VIII Salón Nacional de Pintura y Escultura, Museo de Bellas Artes, La Habana, por su óleo Fantasmagoría.

En 1958 obtiene el Premio de Adquisición en la exposición Work by New Jersey Artist, Newark Museum, Nueva Jersey, por su obra Conflicto. Exhibe de manera individual en la galería Color Luz, La Habana. Para 1961 integra la nómina de participantes en la exposición colectiva organizada en el Museo de Bellas Artes de La Habana en saludo al Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos y durante los dos siguientes años viaja por Holanda, Bélgica, Austria, Francia, España e Italia. Participa en exposiciones colectivas como: 1913-1963. Cincuentenario del Museo Nacional, Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana, e Imán: New York. Museo de Bellas Artes, Ciudad México.

Entre 1965 y 1968 regresa a New Jersey y alquila un estudio en Nueva York. Realiza una serie de collages utilizando papeles, cartones, telas, maderas y elementos metálicos. Uno de sus collages obtiene Premio de Adquisición en la exhibición Art from New Jersey/ 1967, Museo del Estado de New Jersey. En octubre de 1967 fallece su esposa Ilse y permanece sin pintar por espacio de tres años. Retorna a Cuba a comienzos de 1968, y a partir de entonces viaja anualmente a la Isla.

Invitado por el Ministerio de Cultura, entre 1978 y 1979 viaja a Cuba para impartir clases de dibujo en el Instituto Superior de Arte (ISA), La Habana. Exhibe sus dibujos, acuarelas y óleos sobre papel en la Casa de Cultura de Plaza, La Habana.

A partir de ahí realiza óleos, dibujos abstractos, y una extensa serie de obras figurativas en tinta que denomina Testimonio. Comienza a escribir cuentos y un libro de relatos autobiográficos sobre sus experiencias como soldado en la Segunda Guerra Mundial.

Para los inicios de los años 80 inaugura Jardinero del garabato: óleos y dibujos, Galería Habana, y Esfinges de la guerra: dibujos de Julio Girona, galería Plaza Vieja, ambas en La Habana. Participa en la Primera Bienal de La Habana (1984), donde exhibe sus Conversaciones telefónicas nos. 1, 2 y 3. En 1986 integra la selección de invitados de honor que exponen bajo el rótulo Exposición Latinoamericana, como parte de la Segunda Bienal de La Habana. El Museo Nacional de Bellas Artes organiza la muestra Julio Girona. Retrospectiva. Obras de 1940 a 1986, que incluye más de ochenta piezas suyas.

Al siguiente año realiza la muestra personal Apuntes de la guerra, en el Museo Municipal de Villa Clara.

En 1990 la Editorial Letras Cubanas publica su libro Seis horas y más, donde relata sus vivencias como voluntario en el ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Con este testimonio obtiene el Premio de la Crítica otorgado por la UNEAC. Le seguirían su primer poemario: Música barroca. y Memorias sin título. Obtiene la Distinción por la Cultura Nacional que entrega el Ministerio de Cultura de Cuba.

Durante los años 90 continúa alternando su trabajo plástico y editorial. Presenta la muestra Las Mujeres de Julio Girona en el Centro de Prensa Internacional y participa en el I Salón de Arte Cubano Contemporáneo. Manuel Lausín Muñoz edita y publica en Zaragoza su poemario La corbata roja. El Consejo de Estado de la República de Cuba le confiere la medalla Alejo Carpentier.

En 1998 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas. Expone Óleos y dibujos de Julio Girona, galería Lausin & Blasco, Zaragoza. Asimismo presenta la muestra personal Ventana abierta, galería La Acacia, y toma parte en la colectiva Ambiente, galería Espacio Aglutinador, ambas en La Habana.

En los inicios de los 2000 realiza la muestra personal Un pájaro cantó en mi ventana, galería Raúl Martínez y expone junto a Rigoberto Mena y Ángel Rivero (Andy) en Uno más dos no es igual a tres, en la Galería L. También el Centro Pablo de La Torriente Brau de La Habana organiza la muestra Mirar a Julito (imágenes y papeles de Julio Girona desde la memoria, y el Museo de la Música acoge la exposición Jazztracción in memoriam. Homenaje a Julio Girona y Frank Emilio, colateral a la Octava Bienal de La Habana. No abandona tampoco el trabajo editorial y Ediciones Bayamo publica su libro Páginas de mi diario (Cuentos de Manzanillo y otros), con selección y prólogo de Dulce María Sotolongo.

En 2009 el Museo Nacional de Bellas Artes exhibe una retrospectiva de su obra bajo el título: Julio Girona: una historia personal, que incluye óleos, dibujos y esculturas de distintas etapas de su creación artística.

Con la obra de Julio Girona se desvanece finalmente toda teoría que limite lo audaz y progresivo del arte a las jóvenes generaciones. Su edad no constituyó en ningún momento impedimento alguno para lanzarse al ruedo de la creación con entera libertad, conjugando siempre frescura y renovación tras ese propósito encubierto de «estar al día». Aun en aquellas obras de los últimos años, el artista mantuvo intacto ese espíritu juvenil que nunca delató la mano del creador de edad madura. La pintura es, como diría el propio artista, un horizonte al que nunca se llega porque siempre hay una idea nueva.

(…) Su extenso quehacer plástico constituye un caso de excepcional vitalidad dentro de la historia del arte cubano, pues siempre tuvo una puerta abierta para la búsqueda de nuevas soluciones estéticas. Del mismo modo que el cambio de estilo y escuela obedece a un reordenamiento interno del proceso artístico, de las ideas y los conceptos fundamentales, así operó en el pintor la transformación de sus necesidades creativas.

(…) La obra de Girona se caracterizó por una continua movilidad entre abstracción y figuración, representando un momento clave dentro de la plástica nacional contemporánea por la sostenida calidad formal y el creciente espíritu de renovación estilística. De esa manera, concibió todo un universo visual cargado de fantasía y oficio que, despojado de ingredientes circunstanciales o azarosos, centró su discurso en el empleo de un lenguaje reducido a los elementos imprescindibles.

(…) Los vínculos inaugurales de Girona con el arte se produjeron en el taller habanero de Sicre. Más tarde, a través de la caricatura y el dibujo político, trabajando para distintos órganos de prensa y publicaciones de izquierda, como la prestigiosa revista norteamericana New Masses, con la cual colaboraron también Ernest Hemingway y John Dos Passos, entre otros destacados intelectuales de la época.

(…) En determinado momento se dedicó por completo a la pintura. Sus primeros óleos y gouaches figurativos resaltaron por el colorido y una aparente ingenuidad. Títulos como El gato en la alfombra, La vaca y el ternero y La mesa con botella, pertenecen a esa etapa inicial cargada de elementos de nuestra realidad cotidiana

(…) Después de los primeros cuadros no figurativos de los años cincuenta realizó en el decenio siguiente una serie de obras de carácter expresionista, adentrándose en la técnica del collage, con la utilización de papeles, cartones, telas, maderas y otros disímiles elementos. Durante las décadas del setenta y del ochenta, su quehacer experimentó repetidas transiciones entre figuración y abstracción, provocadas por cambiantes necesidades creativas. En tanto, los últimos trabajos desarrollados a partir de los noventa estuvieron sumergidos dentro de la pintura del gesto y el espacialismo, argumentando grandes metáforas gracias a la incorporación de la caligrafía a su poética.
Julio Girona sostuvo durante toda su trayectoria artística una obra múltiple y diversa, pero no por ello carente de coherencia y seriedad. Una constante búsqueda de nuevos hallazgos estéticos le facilitó beber de diversas fuentes que, reelaboradas en función de una inconfundible estética personal, le permitieron alejarse de cualquier retórica discursiva. Siempre pensada para quienes la observan, su obra estuvo cargada de referencias sígnicas y objetuales que demandaron del espectador un gran nivel de sensibilidad e imaginación.

(…) «Ninguna guerra arregla nada», le dijo un día a Girona el refugiado judío de origen vienés Joseph Schusnick, un colega de trabajo en la fábrica de maniquíes de Brooklyn. A pesar de ello, el soldado 422035387 partió decidido hacia el frente con el único deseo de derrotar al fascismo. En su mochila cargó, además de las cosas necesarias, con un cuaderno, un lápiz y un poco de tinta china. Cuando el tiempo y las circunstancias lo permitieron, Julio dibujó una colección de retratos que en años recientes ha sido objeto de algunas exposiciones y comentarios críticos.

(…) Hacia finales de los setenta y principios de los ochenta aparecieron en su obra nuevas figuras cargadas de expresión. A pesar de no haber sido tomadas al pie de un determinado acontecimiento, sí guardaron una extraña conexión con los ya mencionados apuntes de 1945, tal vez por esa similar atmósfera en que se desenvuelve el recluido drama interior de los personajes aquí representados. De manera diferente, estas nuevas figuras resultaron más desafiantes, aunque en la aparente inquietud de sus miradas se atascaron también testimonios de otras destrucciones.

(…) En sus últimas aventuras abstractas desarrolladas a partir de los noventa, el color se organizó adecuando su intensidad en función de hacer vibrar variadas emociones. Las formas adquirieron mayor levedad, al punto de hacernos parecer que flotaban animadamente. En las áreas vacías de muchos de estos lienzos aparecieron escritas determinadas frases, que contribuían así a equilibrar esa aparente distensión entre las zonas activas y pasivas de la composición.

(…) Pintar mujeres fue su obsesión. «Pinto mujeres porque me gustan», declaró en una ocasión. Quizás tamaña confesión tuvo algo que ver con el afán por parecerse a William S. Hart, su ídolo cinematográfico de juventud, por quien siempre mostró fascinación cuando perseguía bandidos y salvaba muchachas. Julio Girona debió de sentirse como su admirado vaquero del cine mudo norteamericano, de ahí la alocada sensación de actuar también como protector cuando pintaba tan nos y delicados cuerpos. Solo que el artista no imaginó entonces cuán famosas se harían estas mujeres, al punto de convertirse en parte indiscutible de nuestra historia plástica.

(…) Sus mujeres fueron únicas; por suerte, no guardaron parecido con otras. Ellas fueron, son todavía, simplemente, «las mujeres de Girona». Muchos especialistas coinciden al afirmar que con su representación la plástica cubana se nutrió con algo de lo que carecía al destacarlas por su tratamiento elemental, sin ostentaciones ni simuladas poses, solamente envueltas en el silencio de su belleza sosegada y limpia.

(…) Motivado tal vez por la idea de que todo artista, independientemente de su ocupación principal, debe dedicar tiempo a la práctica de alguna otra manifestación del ejercicio intelectual, Julio Girona decidió emprender a inicios de los años ochenta una nueva aventura. La escritura fue entonces su otra gran pasión, su «violín de Ingres». El artista había gozado de una vida intensa como para dejar escapar esos pasajes que entonces, agolpados, colmaban su memoria.

(…) Y, por si fuera poco, la escritura de Girona extendió sus límites, pues comenzó paulatinamente a contaminar las superficies de sus cuadros. Primero fueron simples palabras: «sueño», «tarde», «mano» o «primavera». Escribió también «Olga», «Lola» y algún que otro nombre de mujer. Más tarde las ráfagas líricas fueron conjugándose en frases completas: «Y ella, moviendo los brazos como una araña, se quita la ropa», «En un bar de Harlem una mulata canta un blues», «Ella me dijo, déjate ver» o «Hermosas mujeres muestran sus senos». Aun cuando lo anterior no resultó suficiente, sus obras fueron nutriéndose además de otros ingredientes visuales: números telefónicos, direcciones postales, fragmentos de relatos, estrofas de sus poemas, impregnándolas así de una mayor dimensión imaginaria.

(…) Resulta prácticamente impensable caracterizar la obra de Girona sin asociarla al carisma de su personalidad. Obra y persona se hallaron así indisolublemente ligadas, constituyendo cada cual una extensión de la otra parte.

Fragmentos de El pentagrama plástico de Julio Girona de Elsa Vega Dopico