Manuel Mendive

Nacido en La Habana en 1944, se gradúa en la Academia de Bellas Artes San Alejandro en 1962. También realizó estudios en el Departamento de Etnología y Folklore, de la Academia de Ciencias de Cuba, y de Historia del Arte en la Facultad de Humanidades, Escuela de Letras, de la Universidad de La Habana.

Con apenas once años, resultó premiado en un certamen de pintura infantil en Japón y posteriormente ha recibido una infinidad de premios, tales como el del Salón Nacional de Dibujo (La Habana, 1967); el del Salón de Mayo (París, 1967); el del II Festival de Pintura Internacional Cagnes-sur-Mer (Francia, 1970); la Orden Caballero de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura y Francofonía de la República de Francia; la Orden Félix Varela del Consejo de Estado de la República de Cuba; la Medalla Alejo Carpentier del Consejo de Estado de La República de Cuba (La Habana, 1988); el Premio Nacional de Artes Plásticas (La Habana, 2001), y la medalla de los Cinco Continentes de la UNESCO, (2009).

Pintor, grabador, escultor, instalacionista, ha mostrado una sensibilidad muy especial en la ejecutoria de performances y body art. Su trabajo, con una fuerte expresión de las raíces africanas, en especial del panteón Yoruba, mezcla diversas técnicas, estilos y colores, sobre variados soportes y texturas. Lienzo, madera, bronce, papeles, piel de animales y humanos, le sirven para dar riendas sueltas a la creatividad de sus extraordinarios mitos y narraciones pictóricas. Según la opinión de Israel Castellanos: “Creador de un universo y un estilo muy personales, habitados por orishas, deidades fundidas con la naturaleza e iluminadas por una pródiga imaginación, Mendive es una suerte de demiurgo representacional que de cierto modo ha atendido las señales dejadas por esos dos grandes hitos del llamado arte afrocubano: Wifredo Lam (1902-1982) y Roberto Diago (1920-1957).”

Su obra se integra a múltiples colecciones donde se destacan el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, el Museo Emilio Bacardí de Santiago de Cuba, el Museo de Arte Moderno de Panamá, el Museo de Arte Moderno de Colombia el Museo Etnográfico de Budapest, el Museo de Arte Moderno de la Villa de París, el Centro Atlántico de Arte Moderno, Las Palmas de Gran Canaria, la Fundación Sa Nostra de Palma de Mallorca, España, la Fundación France Liberté en París, la Galería Joan Guaita Art en Palma de Mallorca, España, el Museo Nacional de Tanzania, The Jonh F. Kennedy Center, Washington, Gary Nader, Art Gallery en Miami, el Grupo SEIBU de Tokio y el Centro Cultural de Manila, Filipinas.

Ha realizado más de un centenar de exhibiciones personales, performances y muestras colectivas en Cuba, Estados Unidos, Grecia, Puerto Rico, Francia, España, Martinica, Suiza, Colombia, Jamaica, Chile, México, Brasil, Italia, Japón, Gran Bretaña, Hungría, Panamá, Alemania, Zambia, Mozambique, Unión Soviética, China, Filipinas.

La obra de Manuel Mendive extrae sus raíces afectivas y su sustancia espiritual de la antigua religión de los Yorubas que bien conoce, porque la vivió en su familia desde la primera infancia. Escuchemos sus palabras: «Los elementos de la cultura afrocubana son el estímulo y el alimento que luego me permiten hablar de la muerte, de la vida y de todo lo que se encuentra en ellas, el bien, el mal y el momento más hermoso, cuando tomamos conciencia de todo lo que existe dentro de nosotros. Vivo con mis antepasados y con mis dioses.»

Mendive estudió pintura y escultura en la Escuela de Bellas Artes de San Alejandro en La Habana, y los medios expresivos que domina le permiten seguir la incesante búsqueda de sí mismo en lo más profundo de su ser. Motivos, temas, personajes y formas surgen de su universo interior y son sus partes integrantes. La pintura refleja en realidad las apariciones de ese mundo específico: oscuridad y transparencia de un espacio semioculto, empapado y líquido, en donde los rostros y los elementos corporales permanecen alusivos, elásticos, flexibles e invertebrados como moluscos. Un mundo de cavidades osmóticas y de mucosidades evanescentes que evocan las apariencias de hombres y animales que habitan el Olimpo yoruba.

En este mundo brumoso que recuerda las grandes profundidades marinas y que parece huirle a la gravedad, cada signo identificable tiene su importancia y su razón de ser, pues es un punto de referencia en el camino de la memoria. Estos signos que Mendive extrae con un fervor instintivo del fondo de sí mismo no se pueden exponer al deslumbrante sol de la conciencia clara. Permanecen en el universo nublado de lo inefable, de lo innominado y de lo innombrable, de las entidades amibianas. A ratos, solo algunos animales rituales como el jaguar, la tortuga o el caballo blanco adquieren más relieves.

La constante de la comunicación, la referencia a la relación directa entre el espectador y la obra, están gobernadas por el signo de Eshu, el dios del Destino, «aquel que indica el camino a los matices de los colores o al claroscuro que hay en la vida del hombre». «El dios Eshu es el amo del destino de los dioses y de los hombres, por ello tiene dos rostros, el de la vida y el de la muerte, de la verdad y de las mentiras, del bien y del mal.» Lo asociamos con dos colores, el rojo para la vida, que es la verdad de lo real, y el negro para lo desconocido, que no es sino la duda presentida de la muerte. En las composiciones oscuras de Mendive siempre encontramos estos dos colores, cuando el pintor intenta abrir un camino vital dentro de las tinieblas de la memoria.

En este andar hacia el conocimiento de sí, el artista también encuentra a veces el espíritu de la alegría y de la luz, el espíritu de Oshun, la diosa de las aguas dulces, de aguas que fluyen como la sangre de la tortuga y que ayudan a vivir en el amor. En los cuadros claros aparecen rostros-espejo, siluetas o nubes amarillas, en homenaje al color del dios, que encarnan los momentos más bellos de la vida.

Es en la escultura donde Mendive resucita al espíritu de Shangó, al Vulcano yoruba y a la Divinidad Roja montada en un caballo blanco. Esculturas sorprendentes de un barroco espontáneo y de un humor ingenuo como las sillas en forma de hombre sentado, los hombres con cabeza de pájaro y las asombrosas esculturas blandas, títeres-totems en textiles rellenos y con los miembros desarticulados, como la famosa «Shiskerekú».

La pintura de Mendive es una pintura de iniciado, cuyos códigos no son inmediatamente identificables por parte de un espectador ajeno a este tipo de secreto. El genio del artista radica en su milagrosa aptitud para crear, entre sus imágenes y nosotros, el vínculo de una connivencia visual, mezcla de presentimiento y de fascinación. Esta pintura mágica está saturada con una belleza que exalta las sensaciones de la humanidad primaria, la ósmosis con el misterio de las profundidades, con el soñar despierto. Los signos secretos y sincréticos del rito Yoruba se convierten en imágenes del pensamiento profundo y de la vida esencial al final del camino recorrido por Mendive dentro de la alquimia afrocubana. El arte de Mendive es un momento importante dentro del imaginario caribeño, ya que es uno de los campos magnéticos del encuentro entre África (negra) y América (Latina).

El campo magnético del imaginario caribeño por Pierre Restany