Nelson Domínguez

Nace el 1947 en Santiago de Cuba. Creció en la Sierra Maestra, donde permaneciera hasta los siete años. Allí conoció al Ejército Rebelde, a Fidel y a Camilo y estas experiencias determinaron su posibilidad de estudiar arte en La Habana. Ingresa a la Escuela Nacional de Arte Cubanacán en 1965 con muy escasa preparación, pero ya en quinto año figuró entre los mejores expedientes junto a Pedro Pablo Oliva y Flora Fong. Luego, ingresa en el Instituto Superior de Arte, donde más adelante ejerce como docente hasta 1985. Ha sido también profesor y jefe del Departamento de Pintura del Instituto Superior de Arte (ISA) y ha integrado el claustro de profesores de la especialidad de grabado en esa institución.

Pintor, grabador, ceramista, escultor, diseñador, instalacionista, Nelson es un artista raigalmente polifacético. En su trabajo emergen inexorablen sus vivencias e identidad. No se concibe sin su tierra, sin sus hijos, sin las grandes y las pequeñas cosas de su patria, Cuba. En su caso, impacta la convicción poética que irradian sus piezas y la autenticidad con que asume el acto creador.

Entre los premios y reconocimientos que ha recibido figuran la Orden por la Cultura Nacional (Cuba), la Orden Alejo Carpentier (Cuba), el Diploma y Orden de Honor del Museo Fuji (Japón). En 1972, recibe el Premio Nacional en el Festival Internacional de Pintura en Cagnes-sur-mer (Francia) y en 1976 obtiene el Grand Prix en la Bienal Internacional de Grabado en madera en Banska Bystrika, Checoslovaquia. Ese mismo año le es otorgado el Premio de Pintura en la Trienal de Arte Realista Comprometido en Sofía, Bulgaria. También el Premio Honor en la Bienal de Gráfica de la India, así como en la Bienal Jaime Guasch de Barcelona, España. En 2009 obtiene el Premio Nacional de Artes Plásticas que concede el Consejo Nacional de las Artes Plásticas de Cuba.

Nelson Domínguez ha tenido numerosas exposiciones personales. En 1983 realizó la muestra Retrospectiva (10 años de trabajo profesional) en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, en 1984 en la Galería Francoise Tournie de París; en 1985 lo hace en la National Welfare Organization de Atenas, Grecia y en 1986 en la Galería del l’ Incisione de Venecia, Italia. Durante los ochentas y noventas su obra se mostró en Brasil, Italia, Puerto Rico, Japón, México, España, Estados Unidos, Cuba y México. En el 2001 se le efectúa una exposición individual en el Hotel Trip Cayo Coco en Cuba. Entre las colectivas destaca su participación en Bienales de La Habana, Venecia, junto a exhibiciones en toda México, Venezuela, Ecuador, Perú, Francia, Checoslovaquia, Unión Soviética, Japón, Italia, Noruega, entre muchos otros confines del planeta.

Su obra se encuentra en las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, en el Museo Merugo de Japón y en el Museo de Arte Herbeat F. Jonson de Estados Unidos. También en la Casa Presidencial de México Los Pinos, así como la Fundación Alejo Carpentier, la Colección Memorial José Martí, Colección Palacio Imperial de Japón, Centro de Estudios Cubanos de Nueva York, Museo Latinoamericano Julio Cortázar en Managua, Nicaragua.

(…) Crecí entre sus originales, como quien confronta en silencio un consenso absolutamente favorecedor. Sabía, y entendía, que era uno de los mejores pintores y grabadores cubanos, con una audacia insólita para la experimentación con las más diversas técnicas y procedimientos del grabado, pero, debo decirlo, mantenía con su trabajo una relación «fría», de discípulo presto a aprender y agradecer, no mucho más. No así con la persona. Habíamos coincidido en algún jurado, y supe entonces que, como sentenciaba el mito, Nelson es un cubano cachondo, de una gracia y una energía positiva que lo aceita y lo fecunda todo. A esto se limitaba mi Nelson Domínguez.

Hasta que una tarde cualquiera de cualquier diciembre, en los años noventa, conocí una pieza suya que me dejó boquiabierto, francamente. Todos los años, el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana auspiciaba una exposición en donde los mejores artistas plásticos cubanos, de todas las generaciones y tendencias estéticas, guiñaban el ojo al mundo de la cinematografía. Aquel año se logró una excelente muestra, en la que sobresalía un hermoso y enigmático cuadro bastante arbitrariamente asociado a Un perro andaluz, el filme de Luis Buñuel. Eso no era lo importante: quedaba claro que la intertextualidad se comportaba en casi todas las piezas como un pretexto, como otro pretexto para disfrutar del gran arte cubano.

El caso era que Nelson exponía un espléndido perro azul, acostado, que miraba desafiantemente al espectador, en una mezcla de ternura piadosa e inquisición demoledora. La figura poseía una rara clase, una distinción muy especial. Han pasado los años y guardo en mi memoria la imagen de aquel perro altanero, bellísimo, andaluz o no. Tampoco era la pieza fácilmente insertable en esta o aquella tendencia. El perro azul de Nelson reinaba a sus anchas en la exposición; no se parecía a nada ni a nadie. Con la mirada arcana y densa del animal, se me vino encima la dimensión tremenda del artista que es Nelson Domínguez.

En cuanto supe que existiría este libro, pedí inmediatamente la imagen del perro. Y estoy seguro de que me han mandado otro perro. No es que me hayan pasado gato por perro, sino que este otro, también extraordinario, creo tiene un aura muy distinta de aquel. Esta obra, fechada en 1992 y titulada Reflejo en el agua (de técnica mixta sobre lienzo), nos expone a otro perro mítico. El vacío y la iluminación súbita de los ojos nos hablan de una fuerza remota que se esconde al interior del animal. El perro tiene un tratamiento informalista, sobre tonos ocres, apagados, y alcanza el color sólo de asomarse a las aguas, a un charco que es una luna; gura que devuelve al animal su color de vida, el rojo de la sangre, los matices del cuerpo. Resulta desasosegante el corrimiento de la actitud del motivo: cuando se espera que el perro se mire en las aguas, el animal mira al espectador y lo escruta. La mirada vuelve a ser frontal, de una frontalidad todavía más emplazadora, y yo diría que, incluso, enjuiciadora. Es una obra con mucho misterio, con esa densidad espiritual que consigue el artista desde un aparente mínimo de recursos expresivos; pero es otro perro. Seguro estoy que es otro perro.

¿Debiera estar tan seguro? ¿No será la traición de la persistencia en la memoria, que con los años todo lo sublima, lo idealiza, lo convierte en otra cosa? ¿Sería azul el perro? ¿Será que yo decidí acostarlo; estaría erguido como este? ¿Por qué se me escapa el perfil definitivo del animal, si tengo en la mente la huella de su mirada retadora? Ha operado en mí, seguramente, la desazón y el desconcierto que suscita el gran arte.

En todo caso, se trata de Nelson Domínguez y de otra de sus tantas provocaciones al espectador. Ese mundo de «irrealidad», de fantasmagoría y hechizo creativo, amerita un detenimiento racional que desbroce en algo el camino de la interpretación.

La mayoría de las poéticas expresionistas argumentan su afiliación a partir del lugar común que ha sido nombrado «el drama del hombre». La tragedia del hombre contemporáneo: la soledad, la descolocación, el ensimismamiento, el abatimiento; tanto como, en ocasiones, el desafío individual. O sea, el repliegue o la violencia de la interlocución; pero, en cualquier caso, la inadaptación, la segregación, el soslayamiento. De acuerdo con esta tradición, el expresionismo se hace equivalencia de desgarradura, de un sentir vinculado al dolor; de espasmo, pavor, quiebra del adentro.

En Nelson podemos encontrar índices de todo ello (Véase la serie Nacimiento del dolor), pero al lado de muchas otras situaciones que implican celebración. Uno de los pilares del valor artístico de Nelson Domínguez radica en el extraño, personalísimo enlace del gesto expresionista y la voluntad de celebración de la vida y de la belleza; de la existencia, se pudiera decir. En Nelson ese mestizaje de condiciones no supone contradicción insalvable, sino esta de los conceptos y de los sentidos. En buena parte de sus obras, resueltas con la violencia formal del expresionismo en cualquiera de sus códigos históricos, asistimos sin embargo a la alegría de vivir, al principio de la celebración. La alegría de vivir que proclamaba Ibsen cuando sus personajes miraban a París y respiraban profundo; o, ya en París, la misma que inspiraba algunas de las mejores series de Matisse. En Nelson hay gozo, intensidad, fruición de la vida; y ello es indicado, como mismo el dolor, desde la violencia de lo que estalla, de lo que se expande, de lo que reverbera y bulle; de las colisiones que implican vida y crecimiento, de los encuentros que entrañan la procreación. En Nelson tenemos un expresionismo vital, orgánico; dramático más en el sentido del orgasmo, de la acción gloriosa, que del grito o el reclamo furioso.

Luego, es un expresionismo donde los significantes, más que adensar el concepto o las nociones sobre la vida, los comportan ellos mismos. Donde la expresión se encarga, no de configurar, sino de figurar el sentido. No hay obra física como la de Nelson, y en tal dirección se precisa adelantar un tanto los mecanismos expresivos que reportan la singularidad del expresionismo en el artista; procedimientos que revisten decenas de posibilidades y de actitudes constructivas.

De siempre ha sido que buena parte de la idea de felicidad consumada por los artistas en sus obras depende del tipo de nexo, de diálogo, que establecen con la sociedad en que les tocó en suerte, o en voluntad, vivir. La bohemia vanguardista podía existir en la neurosis de la oposición a la sociedad y al mercado, como entidades satánicas frente a las cuales se alzaba la altivez del artista independiente, con un mundo espiritual alternativo. Los años de la neovanguardia vieron exasperarse el grito de disenso, al punto de la automutilación, la castración, el peregrinaje performático de repulsa y náuseas hacia un estado de cosas considerado impertinente, sumamente adverso. Con los años sobrevino, sin embargo, la noción del artista «suficientemente bueno», que no se vería como un capitulador sino como el creador con la destreza de sustituir la neurosis por la capacidad de adaptación y de negociación con el mundo social y el mercado. No es esta una historia lineal; en cada época hubo de todo, pero es ese un poco el recorrido del artista a lo largo del siglo XX: un viaje del orgullo ante la segregación, hasta la habilidad de atravesar las redes sociales y mercantiles, para hacerlas a las necesidades de colocación del discurso.

En Cuba imperaron, durante todo ese tiempo, otras circunstancias para la díada artista-sociedad. En particular los años de la Revolución han sido la escena de plena realización para muchos artistas que decidieron fundir su destino con el rumbo de la política cultural del país; en lo que otros renunciaban y partían; o se replegaban en un ostracismo que también, a su modo, ha generado sentido. Nelson Domínguez se cuenta entre los primeros; entre los creadores que encontraron en las innegables oportunidades institucionales ofrecidas por la Revolución un plasma de realización y plenitud.

Tal vez de ahí emane esa sensación de vida llena, de sosiego reportado por la coincidencia de principios en cuanto a la mirada hacia lo real. Lo declara el mismo artista: «Mi generación se desarrolló en una época de exigencias, de contradicciones; pero al mismo tiempo de mucho lirismo, de mucha idealidad».

Fragmentos de El expresionismo goticista de Nelson Domínguez. Una violenta celebración de la belleza de Rufo Caballero