Ruperto Jay Matamoros

Nacido Santiago de Cuba en 1914, desde muy joven Jay Matamoros trabaja como jardinero, mecánico y fundidor en yeso. En 1937, ya residiendo en La Habana, se interesa por el arte e ingresa en el Estudio Libre de Pintura y Escultura creado por el artista y caricaturista Eduardo Abela, en el que colaboran como profesores Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Jorge Arche, Rita Longa, entre otros. Ya para el siguiente año recibiría sus primeros reconocimientos y comienza a exhibir su trabajo en distintos espacios de la ciudad, como las vidrieras de la tienda El Encanto o la Galería del Prado, propiedad de María Luisa Gómez Mena.

Para 1946 Jay había creado su propio taller de pintura y decoración, que permanece en activo durante casi veinte años. Se incorpora activamente a diversas campañas, acompañando el proceso de la joven revolución que triunfara en 1959. Desde mediados de los años 60 participa intensamente en exposiciones, salones y eventos nacionales e internacionales, obteniendo innumerables premios y reconocimientos. En 1982 recibe la Distinción por la Cultura Nacional y en 1994 la orden Félix Varela del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Participa en la Primera, Segunda y Tercera Bienales de La Habana. En el 2000 obtiene el Premio Nacional de Artes Plásticas que otorga el Consejo Nacional de las Artes Plásticas. Ocho años después fallece en La Habana.

(…) Fundidor de yeso y cemento en piezas ornamentales, jardinero, empleado público, Matamoros jamás abandonó su pintura. Una pintura de pureza absoluta, única y singular como pocas, inalterable e incontaminada, a pesar de su vinculación con grandes de su época como Eduardo Abela, su maestro y amigo; René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Jorge Arche y otros.

Ruperto Jay Matamoros ha resistido la erosión del tiempo, las corrientes estéticas, las modas y el esnobismo, las escuelas doctrinarias y la academia férrea. Es, pues, un vencedor.

Con sus ojos intensamente azules y su tierna y sardónica mirada nos da una lección de integridad y constancia. Su amor hedonista a la vida y su panteísmo lo enmarcan en una corriente mal llamada “primitiva” que arranca de la naturaleza y hace de ella su motivo principal. Jay nos deslumbra, orgulloso como está de sus flamboyanes, sus ríos y sus flores, sus mujeres desnudas y sus mambises, y nos cuenta una historia que por realista no es menos sugerente y misteriosa.

Los valores de su arte, más allá de denominaciones discriminatorias o reduccionistas como lo naif o lo primitivo, se inscriben en lo mejor de una tradición ecologista cubana y un tratamiento entre objetivo y surrealista del paisaje. Frenesí de colores y explosiva creatividad son dos signos indiscutibles de este artista. Tradición que sigue la huella de grandes de la pintura de Cuba y del Caribe, y que él asume con la displicencia de quien sabe que tiene ganado el oficio o, en buen cubano, la sartén cogida por el mango.

Su persistente flamboyán, como una llamarada, acabará por hechizarnos a todos, y el latiguillo de su pincel colita de puerco no cesará de azuzarnos para sacarnos del sueño amodorrado del trópico y hacernos descubrir un paisaje que de tan visible se ha tornado invisible y que el artista ha rescatado para nosotros, mostrándonos la cantidad de luz que lleva dentro. (…)

Miguel Barnet. Fragmentos del texto de presentación para la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas 2000 a Ruperto Jay Matamoros.