Aproximaciones al Circuito del Arte en Cuba

Ruben del Valle Lantarón

El arte cubano de los últimos cuarenta años ha logrado sostener el particular interés que despertase su fértil desempeño, cuando generación tras generación de artistas experimentados, jóvenes y novísimos  coparon el escenario visual en eventos, museos y galerías por todo el mundo. Incluso a contrapelo de los vaticinios más o menos favorables generados por críticos y especialistas, el atractivo de nuestra producción se bifurca exponencialmente hacia zonas conocidas o inéditas involucrando estéticas y procederes de muy diversa naturaleza.

Recuerdo, por ejemplo, cuando la prensa norteamericana recomendaba la Bienal de La Habana como uno de los diez mejores destinos mundiales y calificaba al arte cubano como el “último tesoro escondido”. Se trataba de una invitación heredera de varios decenios de atención generalizada, donde se advierte, además, un progresivo corrimiento del mayoritario interés en el contexto hacia una búsqueda de inmersión en las problemáticas concretas de la producción visual de la isla. Interés que no ha generado todavía -aun con los cientos y cientos de páginas escritas por nacionales y extranjeros- evaluaciones que justiprecien en toda su extensión y magnitud la proyección multidireccional de su cada vez más engrosada nómina.


Como norma prevalece un trasfondo un tanto pasional en la mayoría de las construcciones analíticas y teóricas sobre el arte cubano, que varian diametralmente según el momento y la filiación del comentario, privilegiando determinaciones puntuales y solapando agentes y factores cruciales. La literatura se advierte incompleta, parcial y en ciertas zonas reiterativa.

A pesar de que en la mayoría de los casos se le asigna un papel definitorio a las circunstancias específicas en que arte y artistas se desarrollan y de que se reconoce la recurrencia de la metáfora crítica en sus operatorias, llama la atención el enfoque generalmente estrecho de estas miradas que solo advierten una parte del entramado simplificando el complejo, contradictorio y rico campo cultural cubano, y específicamente, del referido a las artes visuales. Parecieran estar de acuerdo en que la máquina del arte cubano ha mantenido su empuje, pero con facilidad se niega que esa fuerza proviene de muchos motores empujando. Algunos se recalientan y se funden, otros emergen fuera de borda, y no faltan los que se reinventan y acomodan a los ámbientes más insospechados… pero lo cierto es que pululan fuerzas espoleando a la vez, ya sea en direcciones concomitantes o paralelas.

Cuba, una pequeña isla con una población –numéricamente hablando– poco significativa a nivel global, bloqueada, y con una economía deteriorada y urgida de cambios estructurales, muestra niveles de desarrollo de la creación artística que superan ampliamente los de nuestros vecinos del Caribe, y pueden homologarse con aquellos que exhiben los más avanzados países de América Latina o del resto del orbe. Ello se ancla a nuestra tradición histórica, pero se determina en las condiciones específicas que han signado el campo cultural desde los inicios de los años sesenta de la pasada centuria.

Es indiscutible que la naturaleza específica del cubano se manifiesta en su irrefrenable capacidad creativa en casi todos los órdenes del conocimiento. Pero ello no resulta suficiente para explicar la desbordante producción de artistas visuales de las últimas generaciones. Este fenómeno está condicionado, sin lugar a dudas, por una manifiesta política cultural que ha generado, a su vez, un campo de activos de diverso orden que cultivan y moldean los derroteros de esa vocación natural.

El sistema de la enseñanza artística, las carreras de humanidades con un amplio acceso, el tejido de instituciones nacionales, el conjunto de eventos domésticos e internacionales, la estructura comercializadora, las publicaciones especializadas, la promoción condicionada de los medios masivos, el conglomerado de premios y becas, entre muchos otros, resultan plataforma orientada al impulso y fomento de un corpus dilatado y heterogéneo de actores, comprometidos en alguna medida con una perspectiva utópica que dimensiona al arte como elemento emancipador. Esta “comunidad” refrenda al artista como factor esencial, pero supone también la existencia de críticos, especialistas, docentes, curadores, promotores, gestores, coleccionistas, restauradores, y, en última instancia, la formación de públicos cada vez más plurales y participativos.

Este maremágnum de partículas, piezas y mecanismos ha ido, por lógica, ensanchando sus componentes y sus alcances, en simetría con la complejización de la sociedad cubana y de la dinámica universal en sentido general. Nuevas figuras, públicas y privadas, se incorporan al proceso, a la vez que se generan estrategias y estructuras nuevas que yuxtaponen sus prácticas e intereses. Ello supone que el campo se expande y se desdobla, problematizando su maquinaria. El sistema que lo contiene por momentos polariza las ejecutorias y en otros logra articular proyecciones específicas. Los conceptos y paradigmas se reformulan constantemente, así como la percepción que sobre ellos sedimenta la práctica cotidiana de la gestión cultural.


El Circuito, como sección del portal Artcrónica, pretende indagar en estas cuestiones desde una perspectiva inclusiva, propiciando una construcción de sumatorias, poliédrica, que funcione como un organismo vivo y vehicule la sistematización de un conocimiento sobre el campo de las artes visuales en Cuba. Reseñas, entrevistas, artículos, debates, irán concertando disímiles puntos de vista. De esta manera, Artcrónica deviene en una suerte de receptáculo que pretende refractar el dispar y cambiante escenario del arte y los artistas cubanos, uno de los movimientos de mayor dinamismo e interés en el ámbito cultural de la isla en este siglo XXI.

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