Carlos Quintana

Havana, 1966

Solo shows and group exhibitions (selection): 2015 Almacén de antigüedades (Warehouse of Antiquities), in Zona Franca. Collateral exhibitions at the Twelfth Havana Biennial. Fortress of San Carlos de la Cabaña, Havana / 2013 One, Juan Ruiz Gallery, Miami / 2012 HB. Arte Contemporáneo Cubano (HB. Contemporary Cuban Art), Pabexpo, Collateral, Eleventh Havana Biennial / 2011 Nada (Nothing), National Museum of Fine Arts, Havana / 2010 Confluencias inside, La Acacia Gallery, Havana / 2009 Carlos Quintana: 8cho, Habana Gallery, Havana / 2008 Carlos Quintana, Arario Gallery, Beijing / 2007 Continuo, Galería Artificial, Madrid / 2006 Lateralidad cruzada, Habana Gallery, Havana / 2005 El futuro en cualquier momento va a ser el pasado (The Future is About to Become the Past), Juan Ruiz Gallery, Maracaibo / 2004 Obra reciente, (Recent Works), Entrestudio Gallery, Puebla, Mexico / 2003 Obra reciente, (Recent Works), Ángel Romero Gallery, ARCO’03, Madrid / 2002 Descabezado… otra vez (Beheaded. . . again), Juan Ruiz Gallery, Maracaibo, Venezuela / 2001 Con la sal en la lengua II (With Salt on the Tongue), Gary Nader Fine Art Gallery, Miami / 2000 Obra reciente (Recent Works), Jacob Karpio Atma Gallery, San José, Costa Rica.

(…) ¿Acaso es posible creer seriamente en la muerte de la pintura, cuando desde la prehistoria el pintor vierte en imágenes los mitos, las creencias, la historia, la experiencia humana, las verdades más profundas y al hacerlo, se adueña del universo entero y se funde a él en una unidad primera? ¿Es posible olvidar que ella es un lugar donde se condensan las ficciones que fundan nuestros valores, que es la expresión tangible de nuestras aspiraciones intangibles? ¿Es válido considerar que la pintura no está basada en los conceptos y que no atestigua el compromiso de un individuo? La obra de Carlos Quintana responde a estas preguntas y propone una síntesis magistral de los designios del acto de pintar que equivale a cernir, revelar y proyectar la interioridad, captar fuerzas en la sensación colorante, explorar las profundidades de nuestra cultura, celebrar el enigma y la irradiación de la visibilidad, sondear el hecho pictórico y perseguir la indagación de la pintura como verdadero real absoluto.

Quintana extrae sus referencias de la historia de la pintura que le sirve de trasfondo, de préstamo explícito o implícito y la recapitula, retoma su curso, prosigue su legado, colocándose en su continuidad. Sabe que la flor del arte sólo puede brotar donde el humus es espeso, que hace falta mucha historia para producir un poco de pintura… Su obra garantiza no sólo la capacidad de invento, de singularidad y de independencia de la pintura a la cual está apegado por encima de todo, sino que le proporciona también la fuerza de resistencia ante una modernidad que perpetúa, ante un pasado recobrado. Este recurso no implica una vuelta al pasado, sino el alcance de una posibilidad que la pintura contiene. En este sentido, Quintana no actúa de manera diferente a los pintores del Renacimiento cuando absorbían de la Antigüedad, como en una amplia reserva de formas, figuras cuyo sentido original desviaban reempleándolas (así, las ménades antiguas acabaron en santas católicas). Carlos Quintana, mirando desde el arte prehistórico hasta Baselitz, pasando por Giotto, Bellini, Dürer, El Bosco, Brueghel, El Greco, Rubens, Velázquez, Rembrandt, Goya, Courbet, Van Gogh, Cézanne, Bonnard, Schiele, Picasso, Beckmann, Dix, Carlos Enríquez, Francis Bacon… prolonga ese momento de la pintura en que desaparece toda significación que no pase por lo visible e impulsa, de cierta manera, un virtuosismo inexplorado de ese momento. (…)

Quintana se esmera en que la amalgama de colores, formas y contenidos no retengan estridencia alguna, ni del tubo de óleo, manipulado sin cesar, ni tampoco del mundo que le descubre la tela colgada de la pared, esta vertical de silencio y de pura nada que atrapa al garete el roce de los pinceles entre dos tonos, en el cruce de los brochazos, en las cadencias forzadas del brazo catalizador: toda esta batalla campal por proyectar luz en nuestros abismos, alcanzar la armonía, extraer el silencio y detener el tiempo. Quintana encarna la predicación rimbaldiana del artista visionario que está conectado a la energía del mundo para hacer del color una fuerza y del trazo el cercado de un campo magnético. Muestra que la pintura no ha muerto, constituye una herramienta moderna capaz de aclarar realidades extra-temporales con lo que hace su fuerza: la fijeza y el silencio, opuestos al flujo locuaz de las imágenes televisuales. La primacía de lo visible pasa por un amasijo de color y de materia, fondos que son espacios en formación, imágenes mentales, fantasías o visiones oníricas (Quintana sabe que sólo disponemos de la realidad de nuestros sueños en las imágenes), caos de donde emergen figuras flotantes cuya memoria guarda la pintura.

Quintana es un pintor de flujos y de desbordamientos pues nada puede permanecer en su lugar en esta pintura, ni las materias, ni los colores, ni las figuras, ni los soportes… todo está patas arriba y lo que capta lo adquiere por el centro de su visión intuitiva, sabe, como Otto Dix, que el pintor es el ojo del mundo, enseña a los hombres a ver, a ver lo esencial, y también lo que hay detrás de las cosas. Quintana desajusta la dialéctica impuesta de la abstracción y de la figuración, su supuesto antagonismo, no escoge un campo antes que otro, deja que se diluyan, que se junten, que se contaminen estos dos regímenes pictóricos cuya fusión materializa aquí una espiritualidad y hasta una transcendencia. La alucinación en Carlos Quintana es hermana de la fantasmagoría: ambas concurren en alejar su pintura de los caminos trazados que oscilan desde el siglo xx entre figuración y abstracción. La pintura de Quintana (la de un hombre que se hizo solo, un independiente irreductible, un francotirador inclasificable que no aprendió a pintar, sino que supo hacerlo mirando y aplicando, lo que pinta es lo que le va enseñando lo que busca) celebra el carnaval de la pintura, instaura un gai savoir visual, una potencia emotiva que trastoca y descarría las jerarquías entre la forma y el sentido, la pintura y el dibujo, el arte culto y el arte popular. Mantiene vivo el espíritu de la pintura de los grandes artistas que lo precedieron pero sin devoción, no por su autoridad, sino por su potencial subversivo.

¿De dónde vienen estos personajes, estas cabezas, estas calaveras, estos animales y plantas en suspenso, hieráticos, extáticos, gravitantes, evanescentes, absortos? ¿De dónde vienen estas epifanías atmosféricas, estas puestas en escena rituales y sacrales? ¿De Cuba? ¿De África? ¿De Europa? ¿De Asia? ¿De los sueños? ¿De las profundidades fantásticas de la pintura? No lo sabemos y nos fascinan. Quintana, este otro hechicero niño de la tribu, respondería con Rimbaud: Quise decir lo que ahí dice, literalmente y en todos los sentidos. Esta exposición de elementos de una liturgia personal y auténtica, la magia que invoca, está vinculada con las manifestaciones postreras del primitivismo en el siglo xx y esta nueva versión hubiese podido ser nombrada por Victor Brauner, este otro pintor de mitologías y de imágenes, El fin y el principio. Pocas pinturas como la suya ilustra este mundo donde lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable dejan de ser percibidos contradictoriamente y están inextricablemente unidos como el día a la noche o la vida a la muerte. Mundo mítico, cosmos mitológico nutrido por la fe, su obra es la materialización de visiones, las visiones de un iniciado, un místico que se afana, incansablemente, por salvar el mundo resucitándolo en un mundo más allá de la muerte, un espacio inalterable, una luz más allá de la sombra. (…)

Fragmentos de Carlos Quintana, o la verdad en pintura de François Vallée