
Donde habita lo posible: Susana González-Revilla
(Exposición en Lichtundfire, Nueva York)
Por Pancho López
El pasado mes de octubre, la artista panameña Susana González-Revilla presentó Where Possibility Dwells, su primera exposición individual en la galería Lichtundfire, ubicada en el Lower East Side en la ciudad de Nueva York. Sus obras no sólo ocuparon las paredes, las desbordaron e hicieron latir como si cada pieza insistiera en afirmar que, incluso en tiempos difíciles, la imaginación aún encuentra cómo abrirse paso.
La muestra reunió 22 obras trabajadas en técnica mixta -acrílico, óleo y lápiz- que se exhibieron durante todo octubre. Son piezas, más que imágenes, parecen estados de ánimo contenidos en superficies porosas. Cada una funciona como un canto al espíritu, como recordatorios de que el crecimiento personal, la convivencia y la superación no son conceptos abstractos, sino experiencias cotidianas que exigen pausa, vulnerabilidad y observación. Sus títulos -como ventanas hacia preguntas que aún no sabemos formular- invitan a la introspección antes que a la explicación.
Lo que primero sorprende es la deflagración del color, una fuerza que no se limita a llenar espacios, sino que se convierte en una forma de pensamiento. Para González-Revilla, el color es verbo, es acción, es un modo de articular lo indecible. De aquí que sus composiciones vibren entre lo marino, lo estelar y lo microscópico; un imaginario en expansión donde coexisten galaxias íntimas y océanos diminutos. No importa la escala, la pintura siempre parece respirar, como si cada obra buscara su propio ritmo interno, mismo que nace de un encuentro directo con la materia. La artista trabaja desde la intuición, permitiendo que el accidente tenga voz. El gesto, lejos de ser impulsivo, se transforma en una conversación con la superficie: el pigmento fluye, se derrama, se escurre.

En ese fluir aparece la pareidolia, fenómeno por el cual el espectador descubre formas reconocibles en lo abstracto. Este puente es fundamental en la experiencia de la obra: permite que cada visitante proyecte sus propios paisajes emocionales, sus recuerdos, sus sombras y sus anhelos. La abstracción deja de ser un lenguaje hermético para volverse territorio común.
Las influencias son perceptibles sin convertirse en citas. Se advierte el gesto libre de Catherine Howe, la suavidad expansiva de Helen Frankenthaler y, en ocasiones, un eco lejano del dripping de Jackson Pollock. Sin embargo, González-Revilla no replica, ella metaboliza. En su práctica, el azar inicia el movimiento, pero es la intuición la que lo convierte en lenguaje. Lo fortuito, lejos de ser desorden, se convierte en una brújula.
Durante la exhibición, un conversatorio en la galería Lichtundfire reunió a Alexis Mendoza -uno de los directores de NYLAAT, la Trienal de Arte Latinoamericano de Nueva York-, a la escritora y consultora de arte Laurie Rojas, al escritor Gabriel Almeida y a quien esto escribe. Entre los cuatro se logró desmenuzar la gestualidad y las florituras visuales de la artista, destacando cómo su obra convoca una experiencia íntima, pues no se mira desde afuera, sino desde adentro, como si cada pintura exigiera una respiración más lenta, un tiempo propio.
Pero la propuesta de González-Revilla no se limitó a la galería. La artista llevó su sensibilidad a Rivington Street, la calle, sitio de convivencia multicultural marcado por el movimiento constante de la vida cotidiana. Allí realizó la acción performática A Sweep & a Bless, en la que barrió ambos lados de la acera recogiendo basura, colillas, hojas secas, bolsas plásticas y los residuos anónimos del día a día. Mientras limpiaba, cantaba y ofrecía oraciones para atraer bienestar a los vecinos, acompañada del aroma ritual del copal. Este gesto, tan sencillo como poderoso, transformó la tarea doméstica en acto simbólico: una limpieza del espacio, pero también del ánimo colectivo. En un barrio donde las historias se rozan sin encontrarse, la artista introdujo un ritual de cuidado, un pequeño recordatorio de que el arte puede operar también como acto comunitario, como abrazo silencioso a la vida cotidiana.
En esta expansión hacia lo público se revela una clave central de su práctica: la voluntad de habitar lo esencial. Sus pinturas y sus acciones se originan en el mismo impulso, el deseo de escuchar lo que la materia -sea color, calle, hoja seca o polvo urbano- tiene para decir. Es un regreso a lo primario, a lo que antecede a la forma, a ese instante donde lo posible se hace presente.

En Where Possibility Dwells, Susana González-Revilla no sólo presenta pinturas, lo que hace es formular una ética de la contemplación. Sus obras invitan a detenerse, a aceptar la incertidumbre, a reconocer la belleza del accidente y la potencia de lo inacabado. Son territorios donde la emoción se convierte en materia y la materia en poesía.
En un mundo obsesionado con la velocidad y la claridad, la artista propone algo radical: volver a mirar. Y quizás, en ese acto, encontrar, aunque sea un instante, el lugar donde habita lo posible.




