
Semejanzas inquietantes.
[Una aproximación a los retratos liminales de Yasiel Elizagaray].Por Fernando Castro Flórez (Comisario de la muestra)
No es nada fácil componer el semblante, especialmente en un momento en el que todo lleva a que, literalmente, “perdamos la cabeza”. Yasiel Elizagaray, con una pasión irrefrenable, sedimenta su fértil imaginación en rostros que asocia con la cuestión de lo liminal. Lúcidamente alude a una “situación fronteriza”, esto es, a ese umbral de incertidumbre que podría asociarse con los estados oníricos o con la “transición” ritual antropológica que nos hace formar parte de la communitas. Más allá de la regresividad narcisista, las “apariciones” de este pintor cubano podrían calificarse como ritos de paso (intensamente pictóricos) en los que la subjetividad (casi) se diluye en lo espectral.
En torno a las obras recientes de Yasiel Elizagaray se ha empleado la noción de “vértigo” y acaso sea pertinente insistir en esos giros que producen inestabilidad (el ilínx griego que Roger Caillois retomó en su memorable análisis de los juegos) para sostener las miradas liminales que declinan desde los cuadros. Ante esos rostros sentimos como si algo “sin fondo” estuviera a punto de succionarnos y, sin embargo, se trata de semblantes, de seres que, sin embargo, parecen deshacerse de la sustancia “humana”.
Christine Buci-Glucksmann planteó la cuestión de cómo pintar un retrato cuando la imagen-rostro se derrumba, el cuerpo se ausenta y la violencia de la historia convierte el anonimato de la muerte (pérdida del nombre, del cuerpo y del rostro) en algo tan innombrable como el mal. Yasiel Elizagaray desdibuja los semblantes; trabajando con la barra de óleo evita “cerrar los contornos” de la figura, sintonizando con las meditaciones de Gilles Deleuze y Guattari sobre el momento en el que “deshacer el rostro” es salir del agujero negro de la subjetividad.
Hay una dualidad esencial del rostro (entre lo sígnico y un simbolismo incierto), de la misma forma que encontramos una ambivalencia en esa “superficie”, la parte del cuerpo más desprotegida y, esencialmente, la que nos representa. El filósofo Emmanuel Levinas señalaba que en el rostro hay una pobreza esencial, siendo, al mismo tiempo, una realidad corporal expuesta (vulnerable) que “nos prohíbe matar”. El semblante, en la estética de Yasiel Elizagaray, es una zona liminal, una superficie en la que se diluye la identidad, el lugar de una catarsis.
El rostro, al que Simmel llamara “lugar geométrico de la personalidad íntima”, está, en los inquietantes cuadros de Yasiel Elizagaray, lanzándonos preguntas que no somos capaces de descifrar. Acaso estas “apariciones espectrales” vengan a intensificar la conciencia de que el arte tiene que mantener su enigma, la trágica condensación de lo humano como algo temible y tensado en una esperanza (a pesar de todo). Lo que nos interpela desde los cuadros no son petrificaciones medúseas; al contrario, los semblantes son, valga la paradoja, evanescentes y tremendamente intensos. Yasiel deja que la pintura fluya sin perder nunca la referencia figurativa, la compulsión de repetición (estricta modulación de la obsesión) de caras que no necesitan ninguna máscara.
Si, como apuntó Hans Belting, la facies alude al rostro natural, inseparable de su portador, a diferencia del vultus, el rostro animado por la gestualidad, en el caso de las obras de Yasiel Elizagaray da la impresión de que toda “naturalidad” ha sido desbordada para derivar hacia la tonalidad, estrictamente freudiana, de lo siniestro (aquello familiar que se ha vuelto extraño por causa de la represión). Este artista, que ha manifestado su interés por profundizar en las emociones a través de la composición y la materia pictórica, confluye con la “arqueología” psicoanalítica para desentrañar estratos de sentimientos que han terminado por volverse “inconscientes”. Vemos seres “duplicados” o incluso “triplicados”; nos hechizan las miradas gemelas, experimentamos un intenso sentimiento de “estar desvalido”, como si en estas pinturas se encontrara una sutil y poética demanda de ternura.
Lo que Yasiel Elizagaray rescata y revela desde esa “liminalidad” prodigiosa son semejanzas inquietantes, miradas que siguen en movimiento, desvelos (valga el juego de palabras) de la duermevela, imágenes hipnagógicas que no necesitan ser “descifradas” (basta con estar abierto, insisto, a la heterogeneidad de lo metafórico, en otros términos, a la tropología inquieta del enigma). Recordemos la práctica romana de las imagines, esas máscaras de cera coloreada realizadas por impronta sobre el rostro de los difuntos que, como apunta Georges Didi-Huberman en su ensayo sobre La semejanza inquieta, son fundamentales para toda la historia, en Occidente, de la semejanza y la imagen: “La semejanza inquieta porque ofrece, a fin de cuentas, el material mismo o el vehículo de la inquietante extrañeza. No podemos estar seguros mucho tiempo de las semejanzas: allí donde se perfilaba la identidad, vemos resurgir al otro”. Ciertamente no hay certezas en los semblantes que “materializa” Yasiel Elizagaray; el espejo apenas refleja estas hermosas figuraciones espectrales; nuestra mirada siente un vértigo que no implica miedo, sino un extraño placer. Algo enigmático (Real, en clave lacaniana) se pone en juego con estas miradas en el límite de lo Imaginario.













