
Por David Mateo
David Mateo: ¿Cómo ha sido la recepción de esta apertura del proyecto Cemí en La Habana?
Liatna Rodríguez López: Las inauguraciones siempre se llenan, mucho más en estos tiempos, en los que no hay muchas opciones en La Habana. Cada vez merman más las propuestas desde los espacios de artes visuales, y las inauguraciones, que siempre han sido espacios de intercambio social, también son cada vez menos frecuentes.
La recepción ha sido positiva. Lo que pasa, además, es que somos un espacio nuevo; estamos en Centro Habana y no en el Vedado, que normalmente es la zona a la que más se acerca el público. Pero bueno, todo es poco a poco.
Las artes escénicas, por ejemplo, las coordinamos para los domingos a las 7 de la noche; tenemos una función de microteatro, y ese campo, con el tiempo, se ha ido asentando: ya empiezan a aumentar los espectadores. Hay gente que viene específicamente a ver esas funciones, que duran unos 13 minutos. Es muy bonito también porque la comunidad cada vez participa más. La última vez conté más de 13 niños sentados en la salita, y eso es muy gratificante.
También hay que entender que la sensación del país ahora mismo no es optimista. Las personas no tienen esa fuerza que podíamos haber visto en el espíritu de 2015 o 2016. En aquel momento queríamos avanzar, teníamos fe en que las cosas iban ir mejorando; todos teníamos ganas de hacer proyectos, de abrirnos, de colaborar. Ya eso empieza a cerrarse un poco: tienes que resolver problemas más urgentes para el funcionamiento de tu vida diaria, hacer gestiones más angustiosas, porque en Cuba esas cosas cotidianas siempre han sido un problema, pero ahora se han agudizado.
Es difícil que las personas encuentren ese espacio para el ocio. A fin de cuentas, venir a un espacio de arte, a una función de teatro o a un concierto de música es una oportunidad de ocio, y muchas veces ya estás cansado del día que tuviste, de las cosas con las que tuviste que lidiar, y cuesta trabajo romper esa sensación, esa inercia. Pero poco a poco vamos trabajando, convocando para que las personas se nos acerquen.

Artcrónica: ¿Con qué proyecto inauguraron el espacio de artes visuales?
Liatna Rodríguez López: Inauguramos con la exposición “Bad girl, Bad boy, Bad country”, una muestra bipersonal entre Antonia Eiriz y Ezequiel Suárez. A ver, todo el mundo se asombra, y para mí resulta obvia la relación entre ellos dos. Yo no lo veo desde la perspectiva de la maestra y el discípulo, que es una visión que muchas personas han compartido. No está mal, porque lo interesante es que cada cual pueda hacerse su propia versión o interpretación de lo que consume; pero lo veo más bien desde la relación particular que ambos tienen en cuanto a entender la belleza y la estética.
Los dos tienen una obra en extremo violenta, marcada por su contexto; ambos son hijos del espacio-tiempo que les tocó vivir; son mitos del arte cubano. En el caso de Antonia, es muy difícil ver obras suyas que dialoguen con las de otros artistas: no ves su trabajo fuera del museo. Y a Ezequiel no lo ves en ningún lugar; es un artista que los jóvenes siguen, buscan y respetan, pero los curadores usualmente no se arriesgan con ese tipo de producción o de obra.
Nuestra idea también era mostrar un tipo de obra que tuviera un peso intelectual y artístico, pero que también fuera controversial; no queríamos irnos por el camino fácil. Apostamos por los artistas en los que creemos, y nos interesa mantener un trabajo serio, profesional, como el que hemos sostenido en otros proyectos que hemos manejado.
También me interesan mucho los diálogos, las colaboraciones, por muy locas o absurdas que parezcan. Me interesa poner a interactuar a los artistas y ver qué me pueden decir, qué puedo interpretar de esa conjunción. De hecho, el título de la exposición nace de una pieza de Ezequiel que está en la muestra. Estos temas los conversé con él. Cuando hago exposiciones no es que me siento sola a pensar: puedo tener una idea, pero esa idea se va construyendo y terminando de tomar forma en mis conversaciones con mi esposo, con los curadores con los que colaboro, con amigos, con el propio artista.
Antonia, en su época, fue un “chico malo”, si lo entiendes como una persona con un espíritu irreverente hacia las obras que le interesaban, aunque se las censuraran. Fue una persona golpeada, a la que se intentó anular, pero fue imposible desconectarlo de la historia del arte cubano por la fuerza que tenía, por su forma particular de imponerse. No sé incluso si él era consciente en vida de esa imposición que alcanzó su obra.
Y Ezequiel, de alguna forma, también es un “chico malo”: es una persona que ha seguido y se ha impuesto a pesar de un contexto bastante inhóspito.

Artcrónica: ¿Cuál fue el criterio para la selección de obras en esta exposición?
Liatna Rodríguez López: La instalación de las camisas de Ezequiel estuvo seleccionada desde el principio; es una propuesta básica. En cuanto a Antonia, fuimos trabajando con lo que iba apareciendo. Trabajamos con lo que se llama “mercado secundario”. No me refiero solo a la comercialización, sino a obras que están en manos de coleccionistas.
Con Antonia fuimos viendo obras que estuviesen certificadas, de procedencia idónea, que no fueran riesgosas en cuanto al tipo de artista que es. A partir de ahí, con las obras a las que tuvimos acceso, empezamos a construir el diálogo y la proyección curatorial.
(Continuará…)
