
La ciudad es la jungla del hombre (II)
David Mateo: Camejo, hace algunos años escribí un texto sobre tu trabajo, en el que hablaba de tus formas de contacto con los entornos citadinos. Yo comentaba que parece que desarrollas los itinerarios de viaje sobre la base de ciertas concepciones, estados de sensibilidad personales que no mutan o se transforman fácilmente, sino que se potencian, reciben los impactos energéticos, espirituales, de esos ambientes foráneos que visitas…
Luis E. Camejo: Por supuesto, estamos hablando de la experiencia que genera la convivencia con las ciudades… Yo siempre he tratado de interactuar con todos los sectores de la sociedad, sin tratar de adentrarme demasiado, tampoco soy un fotorreportero. Pienso que estamos en la era del turismo, pero de un turismo que vive dentro de una zona de confort: están en los hoteles, en esa especie de “cúpula solar” de la que hablaba Ray Bradbury; pueden estar en un ambiente hostil, pero desde la distancia, la comodidad. Y muchas veces me quiero salir de esa zona de confort, porque cuando tú vez la realidad, conversas o interactúas con alguien, tú no sabes dónde está la verdad. De repente la persona que menos te imaginas te revela una verdad de súbito. Es lo interesante de viajar, es un alimento para el mismo trabajo, porque mi obra depende de eso. Te hablo de una interacción que no solo radica en sentarme a conversar con alguien, es también comer en un lugar, pararme por un rato en una esquina, entrar a un club, ir a una playa, a un bosque al que nadie va…
David Mateo: ¿Y esas visiones citadinas fluyen, se traducen en la obra pictórica o el dibujo de manera rápida?
Luis E. Camejo: Mis visiones e interpretaciones de la ciudad no salen de manera inmediata, sino a través de mis memorias, mis recuerdos… A veces no sé ni cómo salen incluso, hay proyectos que tengo archivados durante cinco, seis años, y de repente se da la coyuntura para que sucedan y se den a conocer.

David Mateo: ¿Y haces notas o bocetos artísticos de los lugares visitados?
Luis E. Camejo: Vivo la experiencia… Yo no hago registros en dibujo, más bien trabajo a partir de fotografías. A veces hago algunos bocetos; pero no es lo general, no es mi método de trabajo. Me nutro de la experiencia y de la documentación fotográfica. Cuando hago la fotografía la hago con la conciencia de utilizar esa imagen como una composición; o, dicho de otra manera, yo estoy pensando ya en la composición cuando hago fotografías; una composición que quedará en un cuadro; pero no pretendo representar un paisaje como documento, eso me aleja un poco del paisajismo. El paisaje convencional es ese momento en el que tú tomas un plano general del entorno. Yo utilizo la idea del paisaje como una composición; pero realmente lo que pretendo -y espero que lo haya conseguido- es captar una emoción, un instante que es irrepetible, que contiene un antes y un después. Por ahí es por donde quiero conducir la idea de mi trabajo. Capturar un momento inatrapable, un momento único, crear una atmósfera alrededor de ese momento que te provoque pensar en algo que viene de adentro. No es que se describa algo, que tú tengas que descubrir el lugar físico, sino que te preocupes más por interpretar lo que va a pasar ahí, que sucedió o qué va a suceder alegóricamente.
David Mateo: En realidad, una de las virtudes más notables de tu trabajo es que uno siente el instante congelado del asombro, de la impresión. La persona que mira, que contempla, está sintiendo ese esfuerzo tuyo por digerir al máximo la experiencia de un instante…
Luis E. Camejo: Sí, me interesa lo instantáneo, lo psicológico… Por eso mi obra es casi toda monocromática, el color lo empleo a conciencia de lo que quiero. Es como verlo todo a través de un filtro, condicionar la mirada hacia un pensamiento determinado. O sea, qué te provoca a ti el color rojo, el azul… Sí te digo algo, he podido, en mis periplos por el mundo, intercambiar, comparar con personas de diferentes idiosincrasias, diferentes culturas, y siempre hay como una constante en la interpretación de ellas sobre mi trabajo. La gente ve algo de poesía, de literatura, de cine porque mi trabajo tiene que ver con el movimiento cinematográfico. He interactuado con una persona del medio oriente, un libanés que viene y me dice: “yo pienso que esto me provoca tal cosa”. Me ha pasado también en Suramérica, en Perú, en Colombia, en Estados Unidos, en Suiza. Son personas con orígenes e identidades diferentes que captan esas ideas esenciales en mi trabajo; y es lo bonito porque el mío es un trabajo de pretensiones universales. Independiente de que viva en Cuba y represente a La Habana, mi proyección es universal, dibujo o pinto una ciudad de procedencia sin los localismos de otros paisajes urbanos. No se trata de representar una ciudad para describir sus códigos específicos, sino para comprender cómo esa ciudad puede ser vista desde el mundo, proyectada a nivel internacional.
Mis interpretaciones perceptuales y representativas se nutren de muchas vivencias; por ejemplo, el tiempo que estuve en Hong Kong yo veía la humedad, cómo se preparaba la comida, la gente caminando, casi amontonadas, unos arriba de otros, y entonces yo lo vi casi todo como de ese color que he denominado “verde vejiga”, como se especifica en el libro sobre mi obra recientemente publicado… Nacía el moho sobre las piedras, y de repente la ciudad se iba construyendo sobre esa humedad; era como una realidad líquida, algo raro. Sin embargo, Mónaco se me ocurrió representarla con un color magenta, un color que no existe, que se prepara, que surge cuando se refracta la luz, en fin, son múltiples ideas y posibilidades de asociación. En el fondo mi trabajo es como lanzar una piedra y ver qué le puede provocar al espectador que la recibe… Una vez se acercó a mí una espectadora en el año 2005, recuerdo que yo estaba exhibiendo aquellas imágenes de los túneles que aparecen en mi primer libro, y me dijo: “a mis estas obras me han traído un recuerdo muy grande porque mi papá me llevaba todos los días en su carro a través de ese túnel para acompañarme a la escuela”. Eso es increíble, impresionante, son experiencias que nutren de manera positiva el trabajo del artista. Eso es lo interesante del arte, el poder hurgar, sacar una emoción de una persona.

David Mateo: ¿Te consideras un paisajista en propiedad?
Luis E. Camejo: Bueno, yo no me atrevería a considerarme nada; las etiquetas las pone la crítica de arte, los historiadores. Yo no me siento un paisajista, quizás hago una obra que se parezca a un paisaje, porque son planos, aparece un entorno abierto dentro de un plano bidimensional. Como ya te dije, no me interesa tanto hacer un paisaje como recrear una emoción. Mi pintura está más cerca de lo psicológico que de lo anecdótico. A lo mejor me consideran dentro de la tradición paisajística de nuestro país que tiene tantos cultores, y no me pongo bravo por ello. Pero no me creo protagónico con tanto paisaje bueno que ha habido en Cuba: la obra de Tomás Sánchez que es magistral, por ejemplo, que cambió por completo la concepción del paisaje que conocemos desde Domingo Ramos hasta la fecha. Está el trabajo de Lorenzo Linares en Camagüey que casi nadie menciona, y que a mí me parece excepcional, y otros tantos que ahora no menciono… Pero esa fuerte tradición va siempre en ese camino, de lo rural, de lo campestre, de lo urbano. Yo utilizo muchas imágenes urbanas, pero también a veces están invadidas por la naturaleza, dándole un toque un poco más romántico. De repente hay series que tienen un pensamiento un poco más esquizofrénico porque aborda la sensación del desplazamiento, la tendencia quinética, a veces hasta se ven los efectos visuales del movimiento que se produce en la fotografía; otros cuadros a veces son más calmados, más serenos… Pero lo que no me gusta es encasillarme en una técnica o un pensamiento; es por eso que siempre estoy buscando la manera de experimentar, de salir, de buscar otros procesos para realizar mi obra. Yo pienso que para un artista es muy importante tener un sello; pero también es un peligro porque te empiezas a repetir sin darte cuenta, y de repente caes en un abismo del que no puedes salir fácilmente, te acomodas a una visualidad, un estilo. Si te va bien en el mercado, peor todavía, porque entonces la gente pide y pide lo mismo. Para mí lo interesante en la pintura, en las artes visuales, es la búsqueda constante.

