Pancho López: el performance como camino
Por Alejandro Múnera. Sin Borde Podcast
Alejandro Múnera: Bienvenido a este nuevo episodio de Sin Borde Podcast. Cuéntanos: ¿quién es Pancho?
Pancho López: Yo soy Pancho López, un artista de México. Desde hace casi treinta años me dedico al performance, aunque últimamente me he acercado también a la investigación y a la curaduría. He estado involucrado en la organización de festivales, convocatorias y talleres, pero ahora la curaduría me ha llevado hacia otras manifestaciones artísticas como la pintura, la escultura o la cerámica. Ha sido un proceso de aprendizaje y de ampliación del horizonte. La vida me ha llevado a esos lugares: a la curaduría, a los espacios de exposición, a la organización de muestras. Y bueno, hay que aprovechar.
Alejandro Múnera: ¿Cuál fue esa primera intuición que te acercó al mundo del arte?
Pancho López: Yo empecé estudiando Ciencias de la Comunicación, enfocado en periodismo, en la UNAM. Me interesaban mucho los géneros de opinión, esos textos donde puedes verter tu opinión y tu sentir sobre las obras y sobre lo que ves en general. Creo que eso me ayudó a entender lo que es un texto de sala.
Durante cinco o seis años escribí una columna llamada 2000 caracteres en la sección de cultura del diario La Crónica de Hoy, en la Ciudad de México. Era una columna de opinión, pero también una especie de diario, una bitácora desde donde podía contar, anunciar algo, narrar un evento o escribir textos libres.
Al mundo del arte me acerqué por coincidencia. Me encontré un volante en la calle, un flyer que me llamó mucho la atención. Estaba en un charco, todo puerco, pero lo agarré. Decía Ex Teresa y anunciaba un evento de performance en el Centro Histórico de la Ciudad de México, llamado Terreno Peligroso. Era 1995. Fui por pura curiosidad.
Ahí vi un performance de Elvira Santamaría con Eugenia Vargas. Fue fantástico. Me atrapó, me sedujo y desde entonces todo lo que olía a performance lo empecé a perseguir. Empecé a ir a conferencias, talleres, eventos y festivales. Como dice una amiga, me hice “asiento primero, palco delantero”: donde había algo de performance, ahí estaba yo.


Tomé talleres con Ron Athey, Bartolomé Ferrando, Susan Lewis, Daniel Bracel y con artistas mexicanos como Pilar Villela, Andrea Ferreyra y Mónica Mayer. Yo no venía del mundo de las artes, venía del periodismo y la comunicación. Esos fueron mis primeros acercamientos.
Hacia el año 2000, Elizabeth Romero me invitó a hacer un taller en el Museo Universitario del Chopo. Después de haber tomado tantos talleres, tener la oportunidad de juntar todo lo aprendido para hacer mi propio experimento y compartirlo me dio pie al ensayo y al error. Luego me quedé en el museo como coordinador de una incipiente área de performance que después se convirtió en departamento de performance.
Ahí desarrollé Performagia, un festival de performance que duró siete años. Invitamos a muchos artistas y organizamos concursos para artistas emergentes, mezclándolos con artistas reconocidos. Eso les daba a los más jóvenes la posibilidad de entender distintas maneras de crear y concebir el performance.
Después empecé a viajar a festivales. El primero fue en Cali, con Helena Producciones, en 2001. Luego vinieron Acción MAD en España, el Festival Open de China, Interakcje en Polonia, la Bienal LIVE de Performance de Vancouver, 7a*11d en Toronto, Plataforma en Uruguay con Clemente Padín, entre muchos otros. Tuve la fortuna de convivir con pioneros y artistas de gran trayectoria. Así empecé con el performance: por accidente, por seguir el instinto de recoger un flyer del piso.

Alejandro Múnera: Tú vienes de la comunicación. El arte y la comunicación son cosas paralelas, pero también distintas. ¿Crees que el arte deba comunicar?
Pancho López: Creo que no es la finalidad exclusiva del arte. Sin embargo, el arte comunica todo el tiempo. Si vemos el esquema básico de la comunicación —emisor, receptor, mensaje—, es exactamente como funciona el performance. El performer es el emisor, el público es el receptor y la acción es el mensaje.
También hay ruido: los accidentes que pasan en el performance, el avión que cruza, el camión que pasa, lo que se te olvida, lo que no sale como esperabas. Y está la improvisación, que no es como la del teatro. En el teatro hay un guion; en el performance hay una idea. Tú sigues una idea, no un guion. En el performance no dejas de ser tú.
Yo creo que el arte sí comunica. Siempre comunica. Y creo que los artistas regularmente deben tener algo que decir. Si no, pues mejor no digan nada.
Alejandro Múnera: ¿Crees que se puede enseñar a hacer performance?
Pancho López: Es una disciplina que lleva alrededor de cincuenta años, pero yo creo que nadie te puede enseñar a hacer performance. El performance es algo que tú haces como una reacción natural desde ti, desde tu pensamiento, desde tu cuerpo, desde tus ideas.
Lo que sí se puede aprender y enseñar es la historia. Hay que entender que existe todo un desarrollo, muchas teorías, anécdotas, referencias y procesos. No se puede ser naif pensando que uno está descubriendo el hilo negro.
Yo siempre les decía a mis grupos: “El hilo negro ya se descubrió desde hace mucho, pero nadie te impide hacer algo con él. Puedes hacer nuevos nudos, nuevos tejidos, nuevos amarres”.
Nadie te puede decir que no hagas performance. Es una decisión personal. Creo que surge cuando al artista ya no le es suficiente la técnica a la que está acostumbrado; cuando necesita abrirse a nuevas posibilidades. De repente se sale del bastidor, se sale del escenario convencional y toma otros caminos.


Alejandro Múnera: ¿Cómo desarrollas una idea? ¿Cómo le das cuerpo?
Pancho López: Regularmente trabajo desde lo que me pasa a mí. Trabajo desde la observación de lo cotidiano, desde esos procesos que comienzan cuando te levantas. Eso se lo aprendí mucho a Mónica Mayer. Ella hablaba del ritual como acción, del performance como ritual personal: levantarte, lavarte los dientes, bañarte, vestirte.
A eso le he sumado la idea de edición. Tú empiezas a editar desde que te levantas: qué te vas a poner, qué combina con qué, a dónde vas. También el desayuno: no es lo mismo desayunar huevos con tocino que yogur con frutas. Cada cosa que haces es resultado de un proceso de edición.
Yo empecé haciendo performance desde una observación muy personal: mi cuerpo, la obesidad y la incomodidad frente a los estándares. No crecí con bullying, afortunadamente, pero sí con una incomodidad respecto a mi cuerpo. Estaban los estereotipos de la televisión, las revistas, el cine, las tallas, los tamaños, los clichés. Todo eso genera complejos.
Intenté hacer una dieta pública, llevar una bitácora, tomarme fotografías diarias, pero no tenía la disciplina para seguir esos procesos. Entonces me tocó explorar mis miedos más profundos: que la gente me viera, que se burlara de mí. ¿Qué hice? Saqué al público, a la calle, justamente lo que me daba miedo: que me vieran comiendo.
Hice una serie de picnics en la calle. Eran picnics deconstruidos, en lugares complicados, llenos de gente y ruidosos: una esquina, un aeropuerto, una terminal de autobuses. Me sentaba a comer solo, vestido de traje y corbata. No llevaba comida típica de picnic; llevaba comida en toppers, pero me servía en plato de cerámica, con cubiertos de metal.
Hice alrededor de diecisiete picnics en Toronto, Montreal, Quebec, Nueva York y la Ciudad de México. Era 1998, 1999, 2000. No existían los smartphones como ahora. Tampoco había redes sociales. Me tocó hacer esos experimentos en una época distinta. Si los hiciera hoy, sería un meme: “el gordo comiendo en la esquina”. En aquel momento, en cambio, era una imagen que cuestionaba y dejaba preguntas abiertas: ¿qué está haciendo aquí?, ¿por qué está comiendo ahí?, ¿qué quiere decir?
Alejandro Múnera: El mundo ha crecido tecnológicamente de una manera exponencial. Las dinámicas actuales, además con la inteligencia artificial, han transformado mucho las formas de circulación. ¿Cómo lo ves desde tu práctica?
Pancho López: Siento que no he cambiado mucho mi práctica. He estado experimentando con cuestiones de la cocina. Mi trabajo se ha vuelto más cercano al arte relacional: sentarme a tomar café con gente, compartir procesos, generar encuentros.
También está aquel proyecto en el que me estuve robando saleros durante un año. Surgió a partir del asunto de la sal y de cómo en México prohibieron los saleros en los restaurantes, salvo que tú los solicitaras. Entonces me organicé un proyecto de un año: robarme saleros, apropiármelos y pedirles a mis amigos que también lo hicieran para mí.
Se reunieron poco más de 200 saleros. Me interesa mucho que en un año se conforme un cuerpo de obra donde antes no había nada, a través de un acto “ilícito”. Me interesaba ponerme en ese punto cuestionable: ¿un salero tan insignificante merece que te busquen, que te persigan, que te arresten?
No hubo arrestos, pero sí hubo un ejercicio terminado: una colección de saleros que conforman un cuerpo de trabajo evidente. Además, para mí era un reto dibujarlos y contar la historia. Se volvió un proceso cronológico de dibujo malo, porque yo no dibujo. Pero el dibujo permite ver y reconocer el salero. No es un acto preciosista, pero sí descriptivo.


Alejandro Múnera: Me parece muy bueno que en esa pieza el dibujo viene luego de la acción y del objeto robado.
Pancho López: Sí. Otro de mis trabajos tiene que ver con tomar café, hacer café, compartir café. Me fui a una residencia en Finlandia, en un pueblito llamado Mänttä, y la idea era tomar café con la gente. Pero había muy poca gente y terminé tomando café conmigo mismo.
La Secretaría de Relaciones Exteriores de México me apoyó para mandar siete kilos de café al consulado de México en Finlandia. Yo lo fui a recoger y tenía una cantidad de café lista para compartir, pero sin gente con quien compartirla. En Finlandia había más conejos que personas y descubrí que los conejos no toman café.
De ahí surgió una serie llamada Coffee Stories. Empezó en Finlandia, tomando café conmigo mismo. Ya la presenté en Nueva York, en La Tea del Centro Cultural Clemente. También la hice en The Tank y en Governors Island. En algunos casos reproduzco mi imagen, me grabo, me proyecto y surgen avatares con los que tomo café. En otros simplemente tomo café y brindo con el público. A veces involucro a las personas e invito a tomar café a quien quiera.
Ahora quiero experimentar con el café servido desde cierta altura, lo que en inglés se dice pouring, como se hace en algunos lugares de Veracruz. Cuando el café se levanta y se estira, despide aroma, vapor. Me interesa trabajar con grabaciones para estirar y desdoblar mi cuerpo y la acción de servir café hacia el medio digital.
Alejandro Múnera: Hablemos un poco del Pancho gestor. Hablábamos de cómo la vida de los artistas se divide entre el proyecto de la obra y el proyecto de la vida. ¿Cómo aparece eso en ti?
Pancho López: Desde que entré a trabajar al Museo del Chopo, e incluso desde antes, cuando hice mi servicio social en Ex Teresa y luego en el área de cultura del metro de la Ciudad de México, me gustó toda esta parte de la gestión: organizar una exposición, ver un festival, coordinar.
Organizar festivales de performance también es gestión: quién llega, cuándo llega, dónde se le recoge, dónde se hospeda, qué va a comer. Todo eso es gestión.
Hay dos momentos importantes. El primero fue cuando me dieron la beca del Museo Jumex para investigar y recorrer Centroamérica entrevistando artistas que hacen videoperformance. En ese viaje, al pasar por el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica, el área de mediación me invitó a hacer un libro. Me dijeron: “No hay plata, pero están los medios para imprimir un libro de 100 hojas full color”. Yo pensé: no hay honorarios, pero está el libro. Y si digo que no, alguien más va a tomar esa oportunidad. Entonces acepté.
El proyecto era muy ambicioso: querían un libro bilingüe que cubriera el espectro del performance centroamericano. Se hicieron siete ensayos, uno por país, incluyendo Belice, que casi siempre queda fuera del diálogo. Era 2020 y me tocó la pandemia haciendo un libro. En 2021 se presentó el libro, de pasta dura, con apoyo del Museo La Neomudéjar de Madrid, el Centro Cultural de España en Costa Rica y el MADC. Eso fue un parteaguas para mí: entender un proceso de investigación, concluirlo, escribir un libro con siete ensayos y ser autor de un libro.
El otro parteaguas fue cuando el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá me invitó a curar la subasta de arte de 2021, la gala para recaudar fondos. Me pusieron una meta de 50,000 dólares. Yo invité artistas de medios que no manejaba directamente: pintura, escultura, dibujo. Fue un ejercicio lúdico y muy enriquecedor. Al final se vendieron 111,000 dólares. Eso me dio una idea de cómo hacer curaduría más allá del performance.
A partir de ahí he trabajado con artistas como Rodney Zelenka, organizando una gira por México, y con Nesim Bassan, en una gira internacional por Honduras, El Salvador, Colombia y Washington, en el Museo de las Américas. Ha sido muy interesante entender esos procesos de internacionalización: cómo se hace crecer la figura de un artista, cuánto cuesta, cómo se trasladan obras y cómo se gestionan documentos aduaneros que yo nunca había visto. Uno va aprendiendo en el camino.
También me ha tocado trabajar en la enseñanza. He dado clases sobre obtención de fondos, becas, cómo solicitar apoyos. Pedir una beca también es un arte. Y volviendo a tu pregunta sobre si el performance se puede enseñar: eso es lo que he hecho en mis talleres. No enseño a hacer performance, pero trato de aportar una estructura para que cada quien pueda aventarse.
Alejandro Múnera: Claro, para que cada quien pueda dar el brinco y desarrollar sus propios ejercicios.
Pancho López: Exacto. Así como yo me enfrenté a mis miedos, cada quien tiene sus demonios. Cada quien tiene que lidiar con ellos. No es psicología, es arte, es performance. Que cada quien saque sus cosas y se haga cargo de ellas.
El performance es un super catalizador. Te permite traducir ideas, generar nuevas alternativas, comunicar de maneras no convencionales, decir lo que no sabes decir con palabras. Para mí el performance ha sido un medio de vida, una actitud. La vida es un constante performance, y lo veo cada mañana cuando me hago mi café.


Alejandro Múnera: Me interesa saber qué ha sucedido acá en Nueva York. ¿Cómo la ciudad afecta tu trabajo?
Pancho López: Nueva York fue el primer lugar al que salí. Mi primer viaje solo fue en 1998. Vine por razones personales y me quedé cuatro meses. Aquí hice mis picnics: comí en la Quinta Avenida, en el metro de la 42, en Port Authority.
Mis primeros ejercicios fueron acciones en solitario en las calles de Nueva York, con amigos que me documentaron y me acompañaron. Venir a Nueva York cuando estaba en mis veintes fue muy interesante: quedarme tanto tiempo, encontrar dónde dormir en una ciudad tan cara, pasar aquí el 4 de julio, aprovechar las barbacoas para comer gratis, dormir en la calle 200 y bajar todos los días al centro.
Mi primera ciudad fuera de México fue Nueva York, en la época de Madonna, cuando salió Ray of Light. Llegar a Nueva York era como aterrizar dentro del video de Madonna, con la velocidad de la ciudad. Son momentos que te marcan.
Después volví muchas veces. Organicé eventos de performance en Grace Exhibition Space. Luego me invitaron a hacer un festival enorme de performance con artistas centroamericanos en 2024. Fueron tres meses, una noche de performance cada quince días, con presupuesto, diseñador, community manager y honorarios. Recibir grupos de artistas de Centroamérica, elegirlos, invitarlos y convocarlos fue una experiencia total.
También está la ciudad misma: recorrerla, subirte al metro, observar. Te encuentras con tanta basura, tanto desperdicio, tantos rituales urbanos. Ves cómo habitan las personas sin hogar, cómo la gente recorre los mismos lugares, las horas pico, el metro.
De pronto empecé a encontrar los carteles del metro, el sistema de publicidad, y a ver cómo hay vandalismo: graffiti, tags, carteles arrancados, stickers, intervenciones. Empecé a apropiarme de eso desde la observación. A través del reencuadre con el celular he tomado fotografías de carteles arrancados. No es una práctica nueva, muchos artistas lo han hecho, pero como decía del hilo negro: yo también puedo hacer mi propia versión.
Metí este proyecto de collage a la residencia de NYLAAT y quedé seleccionado para el tercer periodo de 2024. Tuve estudio durante dos meses y ahí hice un mapeo de los carteles arrancados, sobre un mapa marcando en qué estación los encontraba, de una manera casi forense, con estambres rojos e impresiones grandes de los carteles.
Ahora estoy viendo cómo llevar eso a México, al Centro de la Imagen, pasando ahora a la fotografía. Así como soy mal dibujante, no soy fotógrafo, pero me interesa lo que ofrece el teléfono, en particular el iPhone. Entonces en eso ando: generando proyectos de observación de la ciudad y sintiéndome, cada vez que vengo a Nueva York, casi neoyorquino.
Alejandro Múnera: Pancho, muchas gracias por haber estado con nosotros.
Pancho López: Gracias a ti.




