
Apostillas a “Un imperio donde no se pone el Sol», de Fernando Fernández.
Por Laritza Suárez del Villar Suárez
Refiere Fernando Fernández en sus crónicas de viajes por rutas insondables y hostiles que, al arribar Ante la frontera final, se siente sobre los hombros el peso de una descomunal disyuntiva. En aquel paraje donde yacen santos rotos y voluntades pretéritas, juzga el entendimiento encontrar un erial, desprovisto de toda fe; mas quienes como él han llegado a explorar, testifican haber visto una laguna donde flotan las antiguas aspiraciones humanas.
Cuenta que, al aproximarse a la orilla, presenció con extrañeza descender sobre las aguas un puñado de plumas de gallina, dibujando la Silueta de un sueño imposible. Muchos retrocedieron espantados, negándose a contemplar el milagro, pues todo aquel que alcanzaba a mirarse en el espejo de aquella laguna, no hallaba divinidad alguna, sino un descarnado Autorretrato llorando y buscando el pan para vivir diariamente.
Fue en ese momento cuando Fernández comprendió que él mismo era el Retrato de un hombre común: andrajoso, quebrado y mutilado; una carne humana que ha sido sacrificada por manos de sus semejantes y de extranjeros en nombre de la guerra justa. Así, quienes osan trasponer el límite crepuscular de esa frontera última, caminan con la firme sospecha de hallar Un imperio donde no se pone el Sol, mas solo tropiezan con la decadencia y la ruina trocadas en memoria.
Las crónicas visuales que narra Fernando Fernández no son aptas para la complacencia. Su poética es abrumadora desde el comienzo y se torna incómoda y perturbadora a los sentidos, porque nos despoja del engaño y nos obliga a mirar de frente aquel sol abrasador que, por pura desventura o cobardía, pretendemos tapar con un dedo.
La Habana, mayo de 2026.











