
Restituir el rostro
Por Antonio Correa Iglesias
Una política de la memoria comienza inexorablemente por una selección de rostros. Los monumentos, las biografías y los archivos han sido históricamente el modo a través del cual la nación moderna construye su memoria. Esta operación simbólica es directamente proporcional a un modelo ideológico, pero también representa un modo de comprender la historia y la identidad colectiva agrupada en un canon nacional. En el caso cubano, la revista Bohemia desempeñó un papel fundamental en la conformación de una esfera simbólica del nacionalismo cubano, y lo hizo a través de perfiles biográficos y un notable aparato gráfico que contribuyó a fijar una iconografía decisiva de la cultura nacional.
Los cambios políticos que se operaron en la segunda mitad del siglo XX cubano introdujeron un proceso sistemático y riguroso de reescritura de la historia y de la memoria nacional. La consecuencia inmediata de estos procesos es la modificación del canon nacional. La historia entonces termina convirtiéndose en un dispositivo ideológico que utiliza la investigación como autovalidación. Lo cual presupone que el reconocimiento público de un intelectual en un régimen totalitario como el cubano comienza a no depender de la calidad de una obra sino de la compatibilidad con el relato oficial. La disgregación, el silencio, la exclusión y los olvidos deliberados comienzan a ser prácticas recurrentes desde la institucionalidad.
Es precisamente en esta fractura donde adquiere sentido la serie “Cubanos Ilustres” [2026] de Julio Lorente. Esta serie no solo comparte con la histórica sección de Bohemia una propuesta visual, sino que se distancia del retrato histórico convencional. Lorente no intenta ilustrar un canon establecido; en todo caso, estas pinturas funcionan como actos de restitución moral. Cada obra devuelve el rostro de un desplazado, de un sujeto que ha sido reducido al silencio en una narración excluyente de la historia cultural cubana.
Dulce María Loynaz y Lydia Cabrera ocupan un lugar espacial en esta serie y lo ocupan porque ambas representan dos formas distintas de exclusión intelectual. Si Dulce María Loynaz encarna el ostracismo interior, Lydia Cabrera representa el exilio cultural.
Del reconocimiento público del que gozaba el intelectual republicano, Dulce María Loynaz pasó a ser un silencio impuesto. El régimen cubano, ante su negativa a asumir una militancia política, es apartada de la vida cultural oficial. Dulce María no solo no se integra a la institucionalidad política y cultural —como sí lo hicieron muchos de los miembros del grupo Orígenes—, sino que plantea su defensa de una independencia intelectual absoluta. Este silencio no responde únicamente a razones de orden estético. Un intelectual independiente resulta siempre un sujeto problemático para todo régimen totalitario que pretende —como lo ha hecho el régimen cubano— monopolizar la memoria y la legitimidad cultural.
La obtención del Premio Miguel de Cervantes en 1992 no eliminó la realidad histórica de un largo periodo de sufrimiento, pero sí obligó al régimen cubano a reconocer mas no a reconsiderar su posición. Dulce María Loynaz es el mejor ejemplo de cómo un régimen totalitario retira del debate público a un autor y a su obra como mecanismo de neutralización.
Si Dulce María representa el exilio interior, Lydia Cabrera encarna el exilio geográfico e intelectual. Cuando en 1959 Lydia abandonó Cuba, su condición de exiliada limitó considerablemente la circulación de su obra. Sectores académicos internacionales miraron con recelo —recordemos la posición de los intelectuales con respecto a la revolución cubana— el carácter literario de su trabajo, su escasa adhesión a ciertos protocolos metodológicos y la aparente dificultad para clasificar una obra situada entre la etnografía, la literatura y la historia oral. El sucedáneo ideológico terminaba siendo, junto con el criterio de adscripción a una causa política, uno de los principios a partir de los cuales se medía la legitimidad de una obra y su autor.
Lo cierto es que Lydia Cabrera, aunque recibió importantes reconocimientos, su condición de intelectual cubana exiliada condicionó su presencia, sobre todo en la academia norteamericana. Aunque la exclusión de muchos intelectuales cubanos —como también es el caso de Reinaldo Arenas— no fue uniforme ni conspirativa, sí pone en perspectiva que el exilio de un intelectual no garantiza automáticamente la libertad intelectual y sí gestiona nuevas formas de marginalidad.
Desde Julien Benda hasta Hannah Arendt, la tradición del pensamiento continental europeo ha insistido en que el deber fundamental del intelectual es preservar su independencia de juicio frente a las formas del poder. Cuando el Estado intenta monopolizar la interpretación de la historia, el intelectual deja de ser un productor de conocimiento para convertirse en un testigo incómodo o en un cómplice. Por eso, para Arendt era tan importante comprender la naturaleza del poder no solo como aparato de coerción, sino también como dispositivo que reorganiza la realidad pública. Aquello que deja de nombrarse, termina desapareciendo de la experiencia colectiva. De ahí que la responsabilidad, creo, consiste en mantener espacios abiertos a la complejidad histórica frente a la vocación simplificadora de la ideología. Dulce María Loynaz y Lydia Cabrera encarnan este conflicto.
Mientras la política cultural del régimen cubano aspiraba —y aspira— a construir un canon coherente alineado con los principios de un estado socialista redistribuyendo el prestigio intelectual a partir de la promoción de algunos y el relegamiento de otros, Dulce María y Lydia Cabrera revelan el coste de preservar la autonomía interior. Dulce María y Lydia Cabrera son la encarnación de lo antigregario, de una obra que se independiza de grupos o grupitos autofágicos; representan la negativa a subordinar la verdad de su obra y su investigación a cualquier exigencia de orden político. Tanto la poeta que sobrevivió al silencio sin renunciar a la independencia de su conciencia, como la investigadora que preserva una parte esencial de la cultura cubana, aunque ella quede desplazada por circunstancias políticas e ideológicas, ambas muestran cómo la cultura nunca puede quedar subordinada al poder político y mucho menos a las ortodoxias de la ideología dominante.
Julio Lorente con esta serie opera una restitución del rostro, de esos rostros borrados de la memoria. El olvido —como dice Gospodínov en “Física de la tristeza”— es siempre aséptico. Por eso, más que imágenes de personajes ilustres, son formas de la memoria. Retratar —a diferencia de la pintura que no reproduce el retrato, sino que lo corrige, véase la pintura de Goya cuando este era pintor oficial de cámara en la corte de Carlos IV en 1789— significa afirmar que una vida merece ser recordada. La verdadera muerte es el olvido. Estos mosaicos al óleo renuncian a la monumentalidad histórica propia de la pintura política para poner en perspectiva la magnitud del olvido al que el régimen totalitario cubano ha sumido a la cultura y a su gente. No son estos héroes construidos por la propaganda y la ideología, no son iconos petrificados de un nacionalismo oficial; son, en todo caso, sujetos cuya dignidad fue puesta en cuestión por los mecanismos de exclusión histórica. Quisiera enfatizar las dimensiones del formato porque Julio Lorente rechaza deliberadamente la grandilocuencia del monumento estatal, sustituyéndola por una intimidad contemplativa que invita al silencio. No hay lección ideológica; en todo caso, el espectador recibe un rostro que ha sido desterrado de los anaqueles y de la memoria, un archivo alternativo de lo nacional.
Julio Lorente restituye los rostros de los otros, les devuelve el rostro a estas figuras; no corrige simplemente una omisión historiográfica. Dulce y Lydia son solo dos rostros de un colosal olvido. La cultura democrática a la que aspiramos debe comenzar reconociendo que la memoria de una nación no puede ser el patrimonio de una ideología, de un grupito, de un movimiento de acuartelados, de mesianismos, de mentirosos patológicos, mucho menos de una forma de poder. La cultura democrática de la cual carecemos, pero a la que aspiramos, debe reconocer que la memoria es un recurso social si es que queremos crecer finalmente como nación. Cuando comencemos a encontrarnos en ese diálogo interior, cuando nos veamos como verdaderamente somos, será el primer paso para poder salir de este marabusal escatológico.



