
Aridez que florece. 2024. Tintas, acrílico y grafito sobre lienzo. 120 x 100 cm
Cifrados de la persistencia
(Notas críticas sobre la muestra “Heme aquí”)
Por David Mateo
La pintura y el dibujo abstractos de la artista mexicana Shelly Sarfati adoptan singulares enfoques alegóricos vinculados a los procesos de identidad, readaptación y persistencia. Ni las contingencias sociales, ni los múltiples roles que le ha correspondido desempeñar como profesional y mujer, han conseguido hacerla desistir de esa particular tendencia representativa; por el contrario, tales circunstancias parecen haber contribuido a reafirmar una práctica artística sustentada en la exploración de la experiencia personal y sus complejas relaciones con el entorno. Como si no bastara todo el esfuerzo que invierte en encontrar el tiempo y las condiciones necesarias para desarrollar su actividad creativa, también se preocupa por alcanzar cotas de perfeccionamiento en el orden metodológico y curatorial. Fue justamente en uno de esos periodos suyos de interés por los talleres de superación, en el año 2025, donde tuve la oportunidad de conocer su obra e indagar en ella desde mi condición de crítico de arte y coordinador de mentorías artísticas, junto al artista y profesor cubano Arturo Montoto.
Durante esos días de intercambios regulares con Shelly Sarfati pudimos comprobar cómo iban evolucionando de manera acelerada sus procesos técnicos y discursivos esenciales con ayuda de nuestras recomendaciones. Si alguna influencia tuvo nuestro accionar pedagógico en la obra de aquella etapa, estuvo encaminada, fundamentalmente, a validar la pertinencia de algunos de sus presupuestos creativos y a fortalecer la articulación de los distintos niveles de significación que intervenían en la estructura compositiva.

Espinas intrínsecas. 2024. Tintas, acrílico y grafito sobre lienzo. 140 x 140 cm

El peso del origen. 2024. Tintas, acrílico y óleo sobre lienzo. 100 x 120 cm
Con la certeza de que ya había alcanzado un perfil iconográfico sólido y una directriz alegórica singular, fue entonces cuando decidí continuar acompañándola en su quehacer artístico e involucrarme en la curaduría de la exposición “Heme aquí”, concebida para el Centro de Arte Bernardo Quintana de Querétaro, en el año 2026. En la muestra que abordamos juntos -y a la que se vinculó también para la museografía el mexicano Pancho López- Shelly empleó como figura central la imagen del cactus, una planta autóctona de México que siempre le ha despertado gran interés desde el punto de vista representacional y estético, a la que ha dedicado un sinnúmero de sesiones fotográficas, y la cual decidió abordar mediante el empleo de un lenguaje abstracto de fuertes connotaciones expresionistas. Pero esa representación del cactus no se sustenta en una voluntad de índole naturalista o ecológica, ni en un sentido de documentación y registro botánico, sino en la intención de convertir la imagen de la planta en eje, en núcleo de una poética que condensa de manera metafórica las vivencias de reinserción identitaria, la persistencia y determinación humanas frente a las complejas disyuntivas que imponen los contextos públicos y privados.
En cada una de sus composiciones, Shelly desarrolla una disertación que atañe tanto a la epidermis del cactus como a la dermis emocional inducida desde las razones y el gesto mismo de la representación. En los soportes bidimensionales la figura protagónica se desmembra y reconfigura, se contrae y dilata, se derrama y repliega. Las líneas empleadas en el dibujo, a ratos punzantes, a ratos licuadas, atestiguan esa dualidad ontológica de la especie elegida y sobredimensionada en el plano artístico: una materia viva que puede ser rígida y suave, capaz de amenazar y florecer al mismo tiempo. Bajo la lógica de la artista, esas formas botánicas devienen fábulas de supervivencia; ensayos visuales sobre el estado de resiliencia humana; relatos en forma de parábolas en los que ella adopta la posición del sujeto omnisciente.
No resulta casual que la paleta de Sarfati se incline por momentos hacia gamas extremas: rojos febriles, azules espectrales, amarillos terrosos que se superponen y degradan en capas. Cada trazo, cada área extendida de pigmento, parece obedecer a un mismo dictado: emular la topografía, el impacto de un cuerpo curtido en la adversidad sobre zonas áridas. No hay un calco literal de la planta, sino una reconstrucción de su huella; una especulación en torno a su armazón interior, que por momentos parece emular también ciertos matices de la osamenta humana.

Entre el cielo y el suelo. 2023. Acrílico y óleo sobre lienzo. 140 x 140 cm

Crecimiento ancestral. 2024. Tintas, acrílico y grafito sobre lienzo. 110 x 110 cm
A menudo, el contorno de la planta se desdobla en fragmentos -gajos, nervios, esquejes- que se tensan y yuxtaponen, como si tratara de improvisar una anatomía por segmentos, como si la creadora se aferrara a la hipótesis constructiva de la parte por el todo. En varias ocasiones, el dibujo rasga la policromía a modo de «injerto gráfico». Cada línea funciona como una especie de sutura, de cosido o cicatriz, un rastro de implantación que enfatiza con sutileza determinadas situaciones de conflicto humano, tal como ocurre en el campo de la botánica cuando se reprograma la savia para reanimar lo marchito, o cuando se unifican porciones de una especie para garantizar su vitalidad o multiplicidad. Esta estrategia del «injerto gráfico» no solo hace referencia a la técnica de combinación y propagación vegetal, sino que también induce, sugiere -a través de una perspicaz interrelación de nociones- la articulación de un discurso visual concebido en claves o cifrados de carácter autobiográfico.
Tal parece que la autora se reescribe y sutura a sí misma, se apropia de territorios y vivencias disímiles para recomponer su existencia, su deriva social, su tránsito identitario. Por ello, podríamos especular que el cactus de Sarfati es menos un referente ecológico que una suerte de autorretrato invertido, una genealogía de la resistencia, encarnada ingeniosamente en componentes vegetales: hojas, flores, espinas, tallos.
Una de las singularidades de su obra radica, a mi juicio, en la manera en que la artista estructura el vínculo, resuelve las tensiones formales entre los distintos componentes del cuadro. Cada uno de esos escenarios imaginados parece un territorio en disputa: la línea se impone sobre el color; pero, a su vez, se deja devorar por zonas de difuminación, de dripping, de borramiento táctil. En ciertas piezas, la saturación de rojos deviene casi un territorio de batalla; en otras, la intervención de azules fríos instaura un clima de pausa, de recuperación del aliento tras la embestida cromática. El cactus -según Sarfati- no puede insinuarse visualmente sin los detalles de su doblez o contraste aparente: tierno y lacerante, sediento y autosuficiente, ofensivo y sanador.
En la obra de Shelly Sarfati el espectador no encuentra únicamente la representación de una planta endémica, sino la declaración de un ethos, de una ética de la dureza y la transigencia, coexistiendo en una misma forma y actitud. El cactus se erige en emblema de supervivencia y reconciliación; la pintura, en ejercicio simbólico de implante, de reinstauración de la memoria, los sentimientos, y hasta quizás en un espacio para audaces especulaciones sobre el porvenir.
Sin duda alguna, “Heme aquí” es un conjunto pictórico que impulsa un nuevo rumbo en la producción artística de la creadora. Sin renunciar a la espontaneidad y fuerza de esa abstracción expresionista que le ha acompañado desde los inicios, y en la que desempeña un rol importante su intuición como diseñadora, Shelly Sarfati renueva ahora su compromiso social y su condición identitaria, diseminada -como he inferido antes- en el desempeño de múltiples roles, sobre todo el artístico; y persevera, sin dubitaciones, en un tipo de narrativa simbólica que prioriza, por sobre todas las cosas, el alegato de la primera persona. Ni el cactus remite a lo puramente vegetal, ni la línea y el color son artificios meramente estéticos o contemplativos. Cada fragmento de la curaduría parece referirse a una experiencia de persistencia, de injerto emocional; cada superficie de obra late como testigo de la fricción entre lo propio y lo impuesto.
Ciudad de México, junio de 2025.
Flor en el desierto. 2024. Tintas, acrílico y óleo sobre lienzo. 110 x 120 cm

Flor en el desierto. 2024. Tintas, acrílico y óleo sobre lienzo. 110 x 120 cm

Ciclos invisibles II. 2025. Tintas, grafito, acrílico y óleo sobre lienzo. 140 x 140 cm

Esfuerzo silente. 2025. Tintas, acrílico y óleo sobre lienzo. 130 x 110 cm
