
La intención de existir
Felipe Alarcón. En diálogo con Picasso
Por Ángel Alonso
El mestizaje no es —nunca lo ha sido— una pacífica suma de colores, ni una armónica receta de cocina, sino una experiencia cargada de tensión, dramática y plena de contradicciones; ocurre en el terreno biológico, pero también en el cultural: la obra de Picasso es una prueba irrefutable de que la fusión, la mezcla y la apropiación siempre han estado presentes, y de que «detrás de toda representación yace otra en espera»[1].
La serie Picasso mestizo[2], de Felipe Alarcón Echenique (La Habana, 1966), es mucho más que un homenaje al artista malagueño, se trata más bien de una investigación que manifiesta una tesis: ninguna cultura existe en estado puro, y tampoco puede existir un lenguaje artístico completamente aislado de otros. En estas obras la mixtura formal resulta una metáfora de otras mezclas: de las culturales, de las raciales, de las étnicas…
Felipe aborda la relación de Picasso con las culturas africanas; afirma, mediante esta propuesta, la innegable influencia que ese encuentro tuvo en la transformación del lenguaje artístico del maestro, pero al mismo tiempo introduce otra operación: devuelve esa nutritiva transformación al territorio americano, específicamente al territorio cubano, ejemplo del mestizaje de disímiles culturas. La palabra mestizo trasciende su pedestre función como calificativo y se eleva a niveles espirituales insospechados: se convierte en una teoría de la creación.

Chango Entre fuego y Raíces

Los Guardianes de la Memoria
El mestizaje no es aquí una circunstancia biográfica, sino un principio estético, una manera de entender cómo se construye una imagen y, al mismo tiempo, cómo se construye una cultura. La extraordinaria densidad visual que caracteriza el lenguaje plástico de esta artista resulta adecuada para esta serie, pues se trata de una manera de pintar en la que prevalecen las transparencias, las figuras fusionadas y esa manera de dibujar que emula el automatismo psíquico de los surrealistas, ese cadáver exquisito[3] que nunca se sabe cómo termina.
Las figuras no ocupan un espacio rígido, lo heredan las unas de las otras en una avalancha de superposiciones indeterminadas. Todos los elementos, sean cuerpos, rostros o máscaras, sean texturas o formas abstractas, se superponen, dialogan y —en ocasiones— se oponen intencionalmente. Una imagen contiene otra, como palimpsesto que se sobre escribe dejando entrever la huella de lo antes escrito, y ésta, a su vez, sugiere una tercera: todo un organismo visual en perenne transformación. Los espacios en blanco alrededor de las escenas se tornan importantes, son una zona de descanso para el intenso recorrido visual, un silencio que enmarca la algarabía que se desata en el centro. El color ha sido puesto con extremo cuidado y con una exactitud que asombra; no porque el creador lo calcule mucho conscientemente, es su instinto el que le guía, como un piloto automático que sostiene con precisión el vuelo.
No es un proceso totalmente intelectual el que aquí opera, hay también mucho de reflejos, una capacidad poco frecuente para controlar lo accidental: el gesto, la aguada, todo lo que hay de espontáneo en este proceso, se detiene en un lugar determinado para contribuir a la estructura compositiva. Hay un equilibrio entre la mano y la mente, entre el impulso pasional y el control racional. Las formas se cruzan, interfieren, se ocultan y vuelven a salir. La línea y el color se disputan el espacio; la deformación se pone al servicio de la expresividad, aportando una emotividad que enriquece nuestra experiencia como espectadores; todo lo reconocible se encuentra al borde de transformarse en otra cosa. No se trata de una identidad visual cerrada, sino viva y en pleno movimiento.

Más alla del Rostro de Picasso

Anatomía mestiza.
Se hace un guiño al cubismo, por supuesto, por la referencia a Picasso, pero es que la obra de Felipe siempre ha sido un poco cubista, no solo por ese híbrido entre figura y fondo que lo caracteriza, sino por el desdoblamiento de las formas y por la fragmentación de los elementos. Alarcón también utiliza la multiplicidad de puntos de vista y la geometrización en algunas de sus obras, pero estos recursos son incorporados a un universo propio. Su lenguaje es también narrativo, literario (sin ser literal) y sobre todo simbólico. La propia trayectoria del artista ha sido descrita en términos de mestizaje cultural y memoria, un espacio donde diferentes referentes conviven más allá del tiempo.
La historia personal del pintor más influyente del siglo XX —personaje central de esta serie— está marcada por encuentros, apropiaciones y transformaciones; el movimiento artístico que creó junto a Braque funciona, en esta propuesta, como una especie de gramática que nuestro artista utiliza como trampolín para lanzar su discurso. Porque el verdadero tema de esta serie no es Picasso, sino el planteamiento de una forma de crear basada en la mezcla, en la fusión… esto es: en el mestizaje.
Hay aquí una acumulación e interpenetración de figuras en las que participan rostros, cuerpos humanos y de animales, vigilantes ojos que se comportan como signos y otros elementos que se suceden y se funden en un mismo espacio. Las transparencias, los contornos negros y las capas cromáticas permiten que las formas se oculten y reaparezcan, obligando al espectador a recorrer la obra de manera fragmentaria. Y esta estrategia produce una imagen híbrida, o lo que es lo mismo: mestiza, donde diferentes imaginarios conviven simultáneamente.
A veces hay una figura central que actúa como eje de una compleja red de presencias, en otras ocasiones son varias compartiendo el protagonismo, pero siempre hay una multitud que aparece con diversos niveles de intensidad; algunas de forma tan sutil que casi desaparecen en el fondo blanco, otras mucho más marcadas por enfáticas líneas, pero son los pequeños espacios totalmente negros, en los que muchas de estas formas —o fragmentos de ellas— confluyen. Estos pequeños planos oscuros estructuran el resto de la imagen, crean los cimientos que sostienen la estructura formal del cuadro. Picasso descomponía la realidad para reorganizarla en formas un tanto geométricas, pero Felipe opta por plasmar otra realidad, una que es plural, en la que lo humano, lo animal y lo simbólico se fusionan.

Las mil caras del cubismo

Picasso primitivo

Memorias vacías se confinan entre sí
Felipe Alarcón establece un diálogo entre diferentes culturas —desde las continentales hasta la de su isla—, entre la herencia de las vanguardias y otras tradiciones visuales; entre el pasado y la sensibilidad actual, y en esta serie específica: entre las creaciones de Picasso y las suyas. Es una obra de conciliación, de mestizaje y, sobre todo, de integración.
Citas y notas:
(1) Mosquera, G. (2019). Arte desde América Latina: Identidad, globalización y periferia. Ediciones Cátedra.
(2) El 12 de noviembre de 2025 se presentó en la Casa Museo Picasso de Málaga el libro de artista Picasso Mestizo, de Felipe Alarcón, editado por Summa Editorial. También se presentó el documental Picasso Mestizo, de Dadne Agustín Carbonell Fiol.
(3) El cadáver exquisito (cadavre exquis) es una técnica de creación en grupo nacida en el movimiento surrealista hacia 1925. Los participantes escriben o dibujan por turnos sobre un papel doblado, viendo solo el final de la aportación anterior.
Fichas de obras:
1-Chango: Entre fuego y Raíces. Técnica mixta sobre cartulina. 70 x 50 cm / 2026
2.Los Guardianes de la Memoria. Técnica mixta sobre cartulina. 70 x 50 cm / 2026
3. Más allá del rostro de Picasso. Técnica mixta sobre cartulina. 70 x 50 cm / 2026
4. Anatomía mestiza. Técnica mixta sobre cartulina. 70 x 50 cm / 2023
5. La intención de existir. Ser. Técnica mixta sobre cartulina. 50 x 70 cm / 2023
6. Las mil caras del cubismo. Técnica mixta sobre cartulina. 50 x 70 cm / 2023
7. Picasso primitivo. Técnica mixta sobre cartulina. 50 x 70 cm / 2023
8. Memorias vacías se confinan entre sí. Técnica mixta sobre cartulina. 70 x 50 cm / 2023
