
La Capilla de los Posibles
(Reflexiones en torno a la obra “La Capilla de los posibles” realizada por el grupo cubano Los Transferencistas, e instalada en un espacio público de San Antonio de los Baños, Cuba).
Por Los Tranferencistas
¿Cuánta realidad puede soportar una forma?
La Capilla de los Posibles comenzó mucho antes de que supiéramos que sería una esfera. Quizás comenzó incluso antes de nosotros.
Durante años hemos trabajado alrededor de una sospecha: la obra no se vuelve colectiva cuando varias personas participan en su producción. Ya lo es. Antes de nuestra intervención existen el material, sus usos anteriores, los cuerpos que lo tocaron, las conversaciones, los accidentes, las memorias, el lugar y aquello que todavía no sabemos reconocer. Crear sería entonces menos imponer una forma que disponerse a escuchar las fuerzas que ya están actuando.
A esa operación la llamamos Transferencia.
La Transferencia no es traslado. Es permeabilidad.

La Capilla de los Posibles nace dentro de esa lógica. Es una esfera de aproximadamente tres metros de diámetro construida a partir de fragmentos metálicos recuperados: discos, engranajes, herramientas, restos de máquinas y objetos que alguna vez pertenecieron a otros sistemas de utilidad. Ninguno fue fabricado para ocupar el lugar que ahora ocupa. Cada fragmento conserva la memoria de haber sido otra cosa, pero ninguno está condenado a continuar siéndolo.
No quisimos borrar esas procedencias.
La esfera no reconcilia sus fragmentos. Los soporta.
Por eso, más que una superficie, su piel es una escritura material. Estructura, archivo y acontecimiento suceden simultáneamente. Cada pieza sostiene la forma general y, al mismo tiempo, introduce una pequeña resistencia contra ella. Desde cierta distancia aparece una esfera; al acercarnos, esa certeza comienza a descomponerse.
Nos interesa precisamente ese momento.
El instante en que una forma reconocible deja de ser suficiente.
La llamamos Capilla, aunque no pertenece a ninguna religión. Está instalada en un espacio público de San Antonio de los Baños, Cuba, cerca de una iglesia, pero fuera de ella. No tiene puertas, altar ni sacerdote. Tampoco exige una determinada fe.
Sus vacíos permiten mirar hacia dentro.
Y desde dentro, mirar nuevamente hacia fuera.

Esa operación aparentemente sencilla modifica nuestra relación con la pieza. Quien se aproxima no encuentra un interior separado del mundo. Encuentra fragmentos del mismo mundo atravesándolo: árboles, personas, tierra, cielo, edificios, movimientos, sonidos. El exterior penetra la esfera y la esfera reorganiza momentáneamente el exterior.
Quizás por eso comenzamos a pensarla como un lugar de confesión sin mediador.
No confesarse ante alguien, sino ante el todo.
Si existe aquí alguna dimensión espiritual, no está contenida dentro de la esfera. Sería absurdo pensar que el universo comienza después de atravesar uno de sus huecos. El interior es apenas una concentración provisional del exterior. Una pequeña ficción espacial que nos permite experimentar que aquello que creemos separado nunca estuvo realmente separado.
Vista desde fuera, contiene.
Vista desde dentro, dispersa.
La subtitulamos Autorretrato, pero tampoco encontramos allí nuestros rostros.
Nos interesa el autorretrato como operación.

Recoger, seleccionar, cargar, soldar, insistir, equivocarnos, volver, acumular, escuchar, dejar intervenir al accidente. Tal vez un autorretrato pueda construirse sin representar la apariencia de quien lo realiza. Tal vez aquello que más nos retrata no sea nuestra imagen, sino nuestra manera de relacionarnos con lo que encontramos.
En ese sentido, la Capilla también nos contradice.
Porque mientras intentábamos construirla, ella comenzó a producir situaciones que no habíamos previsto. Personas que se detenían. Niños que daban vueltas alrededor preguntándose qué era. Alguien que reorganizó fragmentos cercanos a un árbol. Otros que miraban por sus aberturas. La luz nocturna atravesó los vacíos y proyectó sobre la tierra otra esfera, rota y expandida.
La obra dejó de terminar en sus tres metros de diámetro.
Y ahí aparece una de las preguntas que más nos acompaña:
¿Quién produce a quién?
¿Nosotros producimos la obra o el lugar, los materiales, las conversaciones, los cuerpos y las circunstancias encuentran en nosotros una manera provisional de aparecer?
Decimos a menudo: somos hablados.
No como renuncia a la autoría, sino como sospecha sobre sus límites.
Quizás allí se encuentre una de las condiciones más difíciles de aceptar de nuestro trabajo: no controlar completamente aquello que producimos.
Trabajamos para construir condiciones de aparición.
Después observamos.

La Capilla de los Posibles no pretende representar el mundo. Tampoco protegernos de él. Permite que el mundo la atraviese.
Cada fragmento pudo haber terminado siendo residuo. Cada vacío pudo haber sido considerado una falta. Cada accidente pudo corregirse. Sin embargo, la obra existe precisamente porque esas posibilidades no fueron clausuradas.
Por eso hablamos de los posibles.
No como aquello que todavía no existe, sino como aquello que existe sin haber agotado aún sus maneras de aparecer.
Tal vez una obra sea justamente eso: una interrupción momentánea de la certeza.
