
El Picnic y la Sobremesa:
El gesto cotidiano como trinchera crítica
por olgaMargarita dávila
La exhibición El Picnic y la sobremesa del artista mexicano Pancho López, bajo la cuidadosa curaduría de Irving Domínguez en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo (MMAC), en la ciudad de Cuernavaca, se disfruta como una propuesta lúcida, entrañable y desafiante en el circuito artístico actual. La muestra celebra y revisita casi treinta años de trayectoria del artista en el performance, consolidando un montaje que equilibra el archivo histórico con piezas procesuales e instalaciones de largo aliento. Lejos de una retrospectiva solemne, la exposición funciona como un gran organismo vivo donde el humor socarrón, la ironía y la cotidianidad característica de Pancho, se transforman en herramientas de resistencia política y afectiva.
La geografía de la ironía: Sal, pavimento y mexicanidad
Uno de los aciertos más contundentes de la muestra es la pieza procesual Sal de mesa. Al adentrarse en esta sala, la comunidad de visitantes se encuentra con un espacio monumental cuyo piso está cubierto íntegramente por sal, evocando de inmediato la estética austera de los jardines de meditación japoneses y su arena blanca. Sin embargo, la propuesta subvierte el canon oriental a través del filtro de la mexicanidad más rabiosa y popular.
En lugar del tradicional rastrillo de bambú para peinar la arena, Pancho López dispone un jalador de pisos —ese instrumento doméstico tan común en los hogares y mercados mexicanos, compuesto por un mango de madera y una franja de hule para escurrir el agua—. Esta apropiación conecta directamente con el legado de Melquiades Herrera, recuperando la agudeza de los objetos cotidianos, la figura del merolico y el juego de palabras callejeras, que esconden sentidos y en ocasiones juegan con el albur. La pieza ironiza sobre la limpieza, el trabajo y el ritual meditativo, convirtiendo el espacio museístico en una plaza de barrio donde lo solemne se desacraliza con gracia y perspicacia.

Picnic: El cuerpo, el absurdo y la vulnerabilidad
La sección titulada Picnic Formal agrupa una rica constelación de registros fotográficos y en video de las múltiples intervenciones urbanas que López ha realizado a lo largo de los años en plazas públicas de México y Estados Unidos, así como en otras latitudes. En estas acciones, el artista se sentaba a comer provisto de su clásica canasta con comida preparada por él mismo, exponiéndose al escrutinio público.
Esta línea de trabajo opera desde el absurdo, pero también desde una profunda vulnerabilidad. Sentarse a comer a una mesa montada en plena calle —rompiendo la dinámica habitual del picnic sobre el pasto— expone al cuerpo con sobrepeso al espacio público. Como señalé en el ejercicio curatorial que realicé de la muestra cuando se expuso en Tijuana, BC, es un asunto vivencial de muchas personas, entre ellas yo y del artista, es una forma de exorcizar la pena y los estigmas asociados a la obesidad.
Completando esta atmósfera, la sala cuenta con un piso de césped artificial y exhibe piezas homenajes creadas por otros creadores para el artista, entre ellas obras firmadas por Dr. Morbito y María Eugenia Chellet, subrayando el tejido de afectos y complicidades que Pancho López ha construido en poco más de un cuarto de siglo.

El café, la intimidad y el doble: La cita como obra viva
La tercera gran estación de la muestra gira en torno al café, un ritual al que López ha consagrado innumerables horas y geografías. Para el artista, la taza de café no es solo una bebida, sino un dispositivo de relacionalidad, un catalizador de intimidad y un puente para la otredad.
El espacio se despliega mediante cuatro proyecciones que documentan distintos momentos de este ritual compartido, acompañadas por una instalación envolvente donde se proyecta al propio Pancho tomando café consigo mismo en un ejercicio de introspección y soledad compartida.
Sin embargo, el corazón más radical y generoso de esta sección titulada #CoffeeStories, radica en su dimensión de instalación activa. Durante una semana, Pancho López ha transformado el museo en un espacio de encuentro directo al sostener citas cada hora con personas previamente anotadas para tomar café con él. En estos encuentros, el artista guía a los visitantes por la muestra, dialoga, escucha sus historias, pregunta y comparte.
Este dispositivo performático recontextualiza de excelente forma toda la exposición, misma que reúne más de 25 años de trayectoria. Las fotografías y registros de los performances —tanto los picnics callejeros como las acciones con sal o café— dejan de ser simples documentos del pasado para integrarse al día a día y a la cotidianidad. Con una maestría que cruza el performance, la gestión, la mediación y la activación, la muestra dota al museo de una profunda condición de relacionalidad.
¡Brillante la exposición de Pancho López, bajo la curaduría de Irving Domínguez, en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo!
Crédito fotográfico: Pher Hernández, Cortesía MMAC Juan Soriano.















