
Destejer la memoria: el cuerpo como archivo de lo cotidiano
Sobre la exposición de Alexia Miranda en el Centro de las Artes Tijuana
Por Pancho López
Hay memorias que no se conservan intactas; se desgastan, se acumulan, se contradicen, se borran parcialmente y, algunas veces, regresan bajo formas inesperadas. La memoria no es necesariamente un archivo ordenado; puede ser también una superficie llena de pliegues, residuos, tachaduras y nudos. En Destejer la memoria, la artista salvadoreña Alexia Miranda convierte precisamente ese territorio inestable en materia de trabajo.
La exposición, curada por Pancho López, reúne poco más de dos décadas de producción de una artista cuya práctica se ha construido alrededor de una insistente exploración del cuerpo, la intimidad y las relaciones que establecemos con los otros y con nuestro entorno. Presentada en el Centro de las Artes Tijuana, la muestra propone un recorrido que atraviesa el video, el performance, el dibujo y la instalación para construir una suerte de autobiografía expandida: una memoria que no se narra de manera lineal, sino que aparece fragmentada en objetos, gestos, acciones y materiales aparentemente ordinarios.
En la obra de Miranda, lo doméstico está lejos de representar un espacio de seguridad o refugio. La casa aparece como escenario de tensiones, afectos, desencuentros y transformaciones. Coladeras, tazas, ventiladores, lámparas, pantimedias, hilos, botones, encajes, cuentas y otros materiales vinculados con la vida cotidiana dejan de ser objetos funcionales para convertirse en cuerpos cargados de experiencia. En ese desplazamiento reside buena parte de la potencia de su trabajo: aquello que normalmente permanece en segundo plano adquiere presencia y comienza a hablar.
Miranda trabaja con lo pequeño, con aquello que puede pasar desapercibido. Su estrategia no consiste en monumentalizar la experiencia, sino en permitir que esta se filtre lentamente a través de los materiales. Una coladera puede adquirir una dimensión orgánica; una muñeca puede convertirse en depositaria de una historia; una hoja de papel puede contener el registro de un estado emocional. El resultado es una poética en la que lo doméstico deja de ser un simple repertorio formal para convertirse en un territorio de inscripción.
En este sentido, Destejer la memoria plantea una operación particularmente interesante: la artista no intenta reconstruir el pasado como si fuera posible recuperar una verdad perdida. Por el contrario, lo desarma. Destejer implica deshacer una estructura previamente construida, separar sus hilos para observar cómo está constituida. La memoria, entendida así, no es algo que simplemente poseemos, sino algo que hacemos y deshacemos constantemente.
Esta operación se vuelve especialmente evidente en Wallpaper, una pieza realizada para la exposición. Un muro de grandes dimensiones aparece cubierto por papel toalla, material frágil y cotidiano que, paradójicamente, se convierte en soporte de una memoria acumulada durante años. Sobre su superficie aparecen frases, dibujos, bordados y pequeñas intervenciones que obligan al espectador a acercarse. No es una obra que se entregue de inmediato: exige una mirada minuciosa, casi doméstica, semejante a la de quien revisa un cajón lleno de objetos aparentemente insignificantes y descubre que cada uno contiene una historia.
El papel toalla utilizado por Miranda tiene además una dimensión temporal concreta: parte de él ha sido conservado durante décadas. El material registra así su propia historia. Las fibras, los dobleces, las marcas y el deterioro funcionan como una especie de cronología involuntaria. El tiempo no está representado; está físicamente presente.
Junto a esta instalación aparece un cuaderno confeccionado con el mismo material, trasladado por la artista desde San Salvador. Sus páginas reúnen frases y estados de ánimo relacionados con el amor, el desencuentro, el recuerdo y el olvido. La pieza puede leerse como un diario fragmentario, pero también como un dispositivo para observar cómo la escritura y el dibujo funcionan como mecanismos de contención. Escribir sobre aquello que duele, dibujarlo o bordarlo equivale, en cierta medida, a darle una forma para poder mirarlo.
Quizá uno de los aspectos más significativos de la exposición sea precisamente esa transformación de la experiencia personal en lenguaje visual. Miranda parte de situaciones íntimas —las relaciones amorosas, la pérdida, la fragilidad, las contradicciones personales, la dificultad de relacionarse con los demás—, pero no se queda en la confesión. El acontecimiento privado se convierte en una estructura abierta en la que el espectador puede reconocer sus propias experiencias.
La Casa de muñecas concentra buena parte de esta operación. Las aproximadamente treinta muñecas de tela, intervenidas mediante dibujo, bordado y escritura, acompañadas por botones, alfileres, encajes, hilos, perlas y otros elementos, construyen una suerte de comunidad de cuerpos vulnerables. Cada figura parece contener una historia, pero ninguna termina de revelarla por completo. La casa deja entonces de ser una representación de lo doméstico para convertirse en un mapa emocional.
Hay algo inquietante en estas figuras. Su apariencia artesanal, incluso afectiva, contrasta con la acumulación de experiencias que parecen depositarse sobre ellas. Las muñecas son cuerpos construidos, pero también cuerpos intervenidos. Son personajes y, simultáneamente, fragmentos de una autobiografía. La pieza plantea así una pregunta sobre la manera en que construimos nuestra propia identidad a partir de las relaciones, los recuerdos y las heridas que vamos acumulando.
En El jardín de anémonas y monstruos la operación se desplaza hacia un territorio más orgánico. Objetos domésticos como lámparas, ventiladores y coladeras se mezclan con formas confeccionadas con pantimedias y relleno, generando criaturas ambiguas que parecen crecer dentro del espacio. La instalación produce una sensación cercana a un paisaje submarino: algo está vivo allí, algo se reproduce, algo se transforma.
Pero aquello que crece podría ser también aquello que no hemos resuelto.
Los objetos parecen convertirse en extensiones de un cuerpo que ha dejado de ser estrictamente humano. Lo doméstico se vuelve corporal y lo corporal se vuelve paisaje. En esta transformación aparece una de las constantes de Miranda: la dificultad de establecer fronteras estables entre interior y exterior, entre cuerpo y espacio, entre experiencia personal y mundo.
El video y el performance amplían todavía más esta problemática. El cuerpo de la artista no funciona solamente como sujeto de representación; es el lugar donde suceden las cosas. Es archivo, herramienta, superficie y territorio. Sus acciones no buscan necesariamente producir una imagen espectacular, sino hacer visible aquello que generalmente permanece oculto: la vulnerabilidad, el cansancio, la espera, la incomodidad, el deseo, el aislamiento o la necesidad de establecer vínculos.
Por ello, acercarse a la obra de Alexia Miranda supone también enfrentarse a una dimensión corporal de la memoria. Sus piezas no solamente cuentan algo: producen sensaciones. Hay en ellas una cierta presión física, una incomodidad que puede manifestarse como un nudo en la garganta o una tensión en el pecho. La memoria aparece entonces como algo que también se aloja en el cuerpo.
Este aspecto resulta particularmente relevante en una época en la que gran parte de nuestras experiencias se encuentran mediadas por dispositivos que favorecen el almacenamiento ilimitado. Fotografías, videos, mensajes y archivos digitales prometen conservarlo todo. Sin embargo, la práctica de Miranda parece recordarnos que conservar no significa necesariamente recordar. El archivo puede acumular información, pero la memoria continúa siendo una experiencia corporal, afectiva y subjetiva.
En Destejer la memoria, guardar y desechar forman parte de una misma operación. Los residuos adquieren importancia porque toda experiencia deja una huella. Lo que se desprende de un cuerpo, de una relación o de una acción puede convertirse en material para una nueva construcción. Desde esta perspectiva, los objetos utilizados por Miranda no son simples materiales reciclados ni recursos para una estética de lo cotidiano: son restos de una experiencia que insiste en permanecer.
La exposición propone así una mirada sobre aquello que normalmente no consideramos digno de archivo. Un papel usado, una muñeca de tela, un objeto doméstico, una frase escrita a mano o una acción registrada en video pueden convertirse en depósitos de memoria. El gesto artístico consiste en reconocer esa posibilidad y desplazarla hacia el espacio público de la exposición.
Hay, además, una dimensión de género que atraviesa silenciosamente estas operaciones. Muchos de los materiales y procedimientos empleados por Miranda —coser, bordar, confeccionar, guardar, cuidar, intervenir objetos domésticos— pertenecen históricamente a una esfera asociada con el trabajo femenino y con aquello que sucede dentro de la casa y que rara vez adquiere reconocimiento como producción cultural. La artista no necesita convertir este asunto en un discurso explícito: al llevar esos materiales al espacio expositivo, altera su escala, su función y su régimen de visibilidad.
Lo íntimo se vuelve público sin dejar de ser íntimo.
Ese desplazamiento constituye uno de los mayores aciertos de la exposición. Miranda no pretende explicar su vida al espectador. Más bien ofrece fragmentos, restos, objetos y acciones para que cada quien construya sus propias conexiones. La memoria deja de ser una propiedad exclusiva de quien la vivió y se convierte en un espacio de resonancia.
Quizá por ello el título de la exposición resulte tan preciso. Destejer no significa olvidar. Tampoco significa destruir. Es una forma de volver sobre lo construido para reconocer sus componentes, separar sus hilos y descubrir qué otras configuraciones son posibles. En el trabajo de Alexia Miranda, este proceso parece implicar una forma de reparación: mirar aquello que ha ocurrido, reconocer sus marcas y permitir que pueda transformarse.
Después de recorrer la exposición, queda la sensación de que el cuerpo nunca termina de desprenderse de aquello que ha vivido. Cada relación, cada pérdida, cada encuentro y cada espacio dejan una marca. Algunas desaparecen; otras se vuelven más profundas. Unas permanecen visibles y otras sólo pueden reconocerse al tocar el tejido de la memoria.
La obra de Alexia Miranda se sitúa justamente en ese lugar incierto: entre lo que recordamos y lo que hemos olvidado, entre lo que queremos conservar y aquello que necesitamos soltar. Sus materiales frágiles, sus objetos domésticos y sus cuerpos intervenidos construyen una poética de la persistencia. Una poética en la que la vulnerabilidad no aparece como debilidad, sino como una forma de conocimiento.
En última instancia, Destejer la memoria no propone mirar hacia atrás para reconstruir una historia cerrada. Propone volver sobre ella para descubrir que todavía está viva. Que sus hilos pueden separarse y volver a entrelazarse. Que la memoria, como el cuerpo, nunca permanece completamente quieta.
Destejer es también una manera de volver a empezar.







