
El pintor Justo Amable, representado por la galería Arte1010, de Mérida, Yucatán, es uno de los artistas cubanos participantes en la Feria BADA 2026, México. Sobre esta experiencia expositiva hizo declaraciones al quipo Artcrónica…
(Fotografías Laura Capote)
Artcrónica: ¿Qué enfoques temáticos o discursivos se “solapan” tras esas obras tuyas de connotación fabular, de matices surrealistas, que presentas en la Feria BADA?
Justo Amable: Parto de una idea bastante clara cuando pinto: la obra no tiene significado en sí misma. El significado no está en el cuadro, está en la cabeza del espectador, es su invento. Para mí la imagen es una superficie vaciada de sentidos, un campo abierto donde cada quien proyecta su propia lectura. Claro, uno inevitablemente deja pistas, construye ciertos señuelos de sentido que ayudan a entrar en la obra; pero eso no es lo central de mi interés y búsqueda. Lo que me interesa realmente es producir imágenes que funcionen por su potencia visual, por su presencia, más que por lo que supuestamente dicen.
Todo mi trabajo tiene que ver con una inquietud ontológica sobre la imagen. Una investigación de hace años. Yo parto de la idea de que estamos extrañados de la realidad desde que apareció el lenguaje -como si hubiésemos sido expulsados de una experiencia directa del mundo (la expulsión del paraíso) y la imagen aparece entonces como un intento de reconectar con esa realidad. Por eso experimento con la posibilidad de que lo visual opere antes que el significado.
Me interesa ese deseo insaciable de ver, esa metonimia del deseo, esa pulsión de la mirada que nunca se colma. A veces, cuando una imagen alcanza cierta intensidad, el ojo se sostiene por sí mismo y ocurre algo que no pasa por la interpretación: una especie de retorno momentáneo a lo real. Ahí es donde siento que la pintura funciona como experiencia y no como relato.
Artcrónica: ¿Qué funcionalidad tiene para ti y para tu obra esta participación en la edición 2026 de BADA?
Justo Amable: Participar en la feria BADA me ha servido para confirmar estas intuiciones. Allí se habla mucho de la importancia de que el público tenga acceso directo al artista -y se entiende desde la lógica del mercado, donde el espectador es quien compra la obra- y por eso se le da prioridad; pero para mí lo verdaderamente interesante es otra cosa.
El contacto directo con el público me permite constatar la diversidad de narrativas que cada persona construye frente a mis imágenes. Cada conversación es distinta, cada lectura es distinta, y eso fortalece mi convicción de que la obra no contiene un significado fijo. Ese intercambio no solo legitima mi tesis, sino que se vuelve parte del propio proceso de la obra: la imagen se completa en la multiplicidad de interpretaciones que emergen en ese encuentro.




