
AztLÁn: el túnel del tiempo
Por Ivette Cedillo
“nosotros no cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó”
Banda musical Tigres del Norte
Más de 400 mil personas recorrieron “AztLÁn, túnel del tiempo”, exposición presentada en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México entre marzo y septiembre de este año 2026. La muestra se convirtió en una oportunidad excepcional para acercar al público de la ciudad de México a la riqueza, la diversidad y la trascendencia del arte chicano, una expresión cultural que reivindica la identidad mexicanoamericana y sus luchas históricas, sociales y políticas.
No podría sentirme más emocionada y orgullosa de esta magnífica exposición, que representa una celebración y un reconocimiento al arte chicano en uno de los recintos culturales más importantes de nuestro país. Celebro profundamente la renovada visibilidad que esta muestra otorga a una expresión artística fundamental para comprender nuestra historia compartida, así como la puerta que abre a una reflexión crítica sobre los vínculos entre México y Estados Unidos.
Estamos tan lejos y tan cerca al mismo tiempo: separados por un gigantesco muro de hierro, pero unidos por la cultura, las tradiciones, la memoria y una profunda familiaridad. En esa paradoja se encuentra buena parte del sentido de “AztLÁn, túnel del tiempo”, una exposición que nos invita a recorrer la multidisciplinariedad, la resiliencia, el ingenio, la migración, la identidad y la extraordinaria riqueza cultural de las comunidades chicanas. “AztLÁn, túnel del tiempo”, reúne alrededor de setenta obras de 33 artistas y colectivos de ascendencia mexicana y en su mayoría radicados en Los Ángeles, California.
La grafía AztLÁn, con las mayúsculas en las letras L y A, subraya la relación entre Aztlán y Los Ángeles, ciudad que constituye uno de los principales escenarios históricos y culturales de la experiencia chicana. Desde esta perspectiva, la exposición privilegia la producción contemporánea del sur de California y explora las maneras en que sus artistas reinterpretan su realidad e identidad.

La exposición, organizada en cinco núcleos temáticos, establece un diálogo entre distintas épocas, lenguajes y expresiones artísticas. Su recorrido va desde el Códice Boturini hasta una escultura de adobe inspirada en el Halcón Milenario de Star Wars, una combinación que revela la amplitud de referentes históricos, populares y contemporáneos que nutren el imaginario chicano, dentro de su territorio e identidad angelino
Entre las obras destacadas se encuentra Señor Suerte (1969), de Chaz Bojórquez, realizada con esténcil de plástico Mylar. Considerado una de las figuras fundamentales del arte chicano, Bojórquez fue uno de los pioneros del grafiti artístico en Los Ángeles. Su trabajo trasladó las expresiones gráficas de las calles y los barrios a un lenguaje visual de gran precisión, en el que la caligrafía adquirió un papel protagónico.
Señor Suerte es una de sus piezas más representativas. En ella, la identidad mexicanoamericana se manifiesta mediante una estética vinculada con la cultura urbana, la vida en las calles y los códigos visuales de las comunidades. La obra trasciende su condición de imagen para convertirse en una expresión de identidad colectiva, orgullo cultural y pertenencia. Otro referente fundamental es el Códice Boturini, documento pictográfico que narra la migración de los mexicas desde Aztlán lugar mítico que algunos investigadores piensan que se situó en lo que hoy es California. Con los años, este lugar se convirtió en un símbolo identitario para las comunidades mexicanoamericanas.
El orgullo del barrio y la resistencia cultural, A través de carteles, pinturas, fotografías, esculturas e instalaciones, “AztLÁn, túnel del tiempo”, construye un recorrido por el orgullo del barrio, la búsqueda de autodeterminación y la conciencia política que ha acompañado a distintos movimientos chicanos.
Las obras reunidas dan cuenta de una historia en la que el arte se convierte en herramienta de expresión, denuncia y resistencia frente a la discriminación, la segregación y el racismo. Al mismo tiempo, muestran cómo los lenguajes visuales surgidos en los barrios han contribuido a transformar la percepción de las comunidades mexicanoamericanas y a consolidar espacios de representación dentro del panorama artístico contemporáneo.

La exposición no se limita a presentar una selección de obras: propone una lectura de la experiencia chicana como un proceso vivo, en constante transformación, donde convergen la memoria ancestral, las experiencias migratorias, la cultura popular, la vida urbana y las luchas por el reconocimiento.
Un diálogo entre generaciones de artistas Curada por el investigador Jesse Lerner y el artista Rubén Ortiz-Torres, con la participación de Joshua Sánchez y la asesoría de Rita González. Entre los participantes destacan figuras como Chaz Bojórquez, Carlos Almaraz, Judy Baca, Harry Gamboa Jr., John Valadez, Guadalupe Rosales, Beatriz Cortez, Christina Fernandez, Carmen Argote, Rubén Ochoa, Salomón Huerta, Shizu Saldamando, Rafa Esparza y Vincent Ramos, junto con colectivos como Asco y 3B Collective.
La diversidad de sus propuestas permite reconocer las múltiples dimensiones del arte chicano: desde las intervenciones urbanas y la gráfica hasta la fotografía, la pintura, la escultura y las prácticas conceptuales. Cada artista aporta una mirada particular a una identidad que no es estática ni homogénea, sino que se construye a partir de experiencias generacionales y contextos diversos. Que esta exposición haya ocupado las salas del Palacio de Bellas Artes constituye un reconocimiento significativo a la trayectoria de los artistas chicanos y a la importancia de sus aportaciones al arte contemporáneo. También representa una oportunidad para cuestionar las fronteras físicas y simbólicas que nos separan, así como para comprender que la identidad se construye mediante la memoria. Más que una retrospectiva, esta muestra es una invitación a mirar de otra manera nuestra historia compartida. La historia de la recuperación de un territorio con identidad propia. Sus obras nos recuerdan que las fronteras no logran contener la cultura, que las raíces pueden extenderse más allá de los territorios y que el arte tiene la capacidad de tender puentes donde la política suele levantar muros. “AztLÁn, túnel del tiempo”, nos deja, así, una certeza: México y Estados Unidos están unidos por una historia complejamente compartida llena de tensiones y contradicciones, pero también por una riqueza cultural que se renueva constantemente. Reconocer el arte chicano es reconocernos y reconocer una parte fundamental de esa historia y celebrar la fuerza creativa de quienes han convertido la experiencia migrante en memoria, resiliencia e identidad y expresión artística.











