Raúl Martínez

Su obra y su vida han estado relacionadas con todos los momentos claves de la cultura cubana del pasado siglo. Paralelo a su vasta creación visual, participa del proceso germinal del cine cubano, de la fundación y apogeo de la Casa de las Américas, de la creación y desarrollo del Instituto Cubano del Libro, del fomento y extensión de la fotografía de connotación artística, de la inolvidable era del cartel cubano y de los grandes proyectos del teatro, entre otros acontecimientos.

Nacido en Ciego de Ávila en 1927, tuvo su primer encuentro con el mundo de las imágenes y la lectura en las aventuras de Tarzán y otros personajes de los periódicos dominicales de la época. En 1940 se trasladó a La Habana para estudiar dibujo. Trabajó en diversos oficios, desde office boy hasta dependiente de tienda. En 1946 ingresó en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, donde permaneció sólo durante dos cursos, pues su exigua economía no le permitió continuar.

En 1947 presentó por primera vez una obra suya, en el XXIV Salón del Círculo de Bellas Artes. Exhibió en ese mismo Salón en 1949 y 1950, y recibió mención honorífica en ambas ocasiones. En esa época compartía la pintura con la poesía y descubrió el teatro. En 1951 participó en una exposición de dibujo organizada por la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo -que dirigía Harold Gramatges-, de la que fue miembro fundador. Cuando conoció las propuestas de integración interdisciplinaria de la obra The new vision, de Moholy Nagy, solicitó una de las becas ofrecidas por el Instituto de Diseño de Chicago. Allí se enfrascó en la solución de problemas de diseño básico, escultura, fotografía, grabado y tipografía. Fascinado por los chorreados de pintura de los lienzos gigantescos de Jackson Pollock y por las poderosas mujeres de De Kooning, comprendió el tratamiento que el expresionismo abstracto estaba haciendo de las vivencias personales, con nuevos planteamientos sobre el espacio, la estructura y la forma. A partir de entonces y durante toda la década viajó en reiteradas ocasiones a Chicago y a Nueva York.

Después de su regreso de Chicago, en 1954 su amigo Sandú Darié Laver lo recomendó a Luis Martínez Pedro, quien deseaba contratar a un dibujante para la agencia publicitaria OTPLA. El trabajo de publicidad allí realizado entre 1954 y 1960, y la experiencia de Chicago, fueron herramientas que supo aprovechar al máximo en toda su carrera artística, en especial por la esencia diseñística y fotográfica de su producción. En poco tiempo superó la bidimensionalidad de la abstracción geométrica y comenzó a aplicar lo aprendido en las obras de Kline, Tobey y Rotkho. Entonces, ya compartía las propuestas del Grupo Los Once (1953-1955), constituido por creadores de tendencia informalista y consecuente postura ética.

Se sumó al repudio de gran cantidad de artistas a la Bienal Hispanoamericana de Arte que organizaron el Instituto Nacional de Cultura del gobierno de Fulgencio Batista y el Consejo de Hispanidad franquista, y optó por participar en la exposición de plástica cubana contemporánea que se propuso como “Anti-Bienal”.

Comenzó en 1958 a realizar murales en distintos centros de la capital. A partir de 1960 y hasta el final de su vida diseñó revistas y libros de prestigiosas instituciones culturales, carteles para obras de teatro y de cine, escenografías de piezas teatrales, y experimentó la conjunción de pintura y fotografía en espectáculos de teatro y danza. Asumió la dirección artística del magazín Lunes de Revolución y fue profesor de diseño en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de La Habana y en la Escuela Nacional de Arte.

En la década del sesenta sobresalieron dos exposiciones suyas: la personal Homenajes, de 1964, y, conjuntamente con Mario García Joya y Luc Chessex, ¿Foto-mentira!, de1966, por un significativo cambio en su poética. La primera mostraba el inicio de su experimentación con el collage, en fragmentos de impresos, fotografías y objetos, con brochazos gestuales por fondo, o aplicados sobre los fragmentos superpuestos.

A partir de esas formas redundantes consolidó el pop, que cultivó en imágenes cíclicas de José Martí, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro y otros héroes anónimos, utilizando la fotografía como pilar e insistiendo en la reiteración de la imagen estructurada con un movimiento lineal y cinematográfico.

Hacia 1970 conformó el retrato colectivo de la nación mediante el procedimiento de yuxtaponer fotografías -una nueva dimensión del collage-, con fuerte colorido e insertando en las superficies otros símbolos de la cubanidad como flores, frutas y animales del país, junto a otras citas de carácter postmoderno.

En la vertiente de arte popular, que cultivó durante esa década, una de sus obras principales fue el tríptico Isla 70. En 1972 se realizó una emisión de sellos con la imagen de su obra Fénix, perteneciente a la colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes (Cuba). En 1978, en la Galería Habana, realizó la exposición La gran familia, retomada en 1984 en el marco del proyecto que representó a Cuba en la XLI Bienal de Venecia -con obras de Martínez, del fotógrafo Mario García Joya y de artesanos del círculo de Antonia Eiriz.

En la década siguiente continuó desarrollando la conjunción de diseño y fotografía en las series Murales y banderas, Dibujos para colorear y La conquista. Desde 1983 participó en proyectos de inserción del arte en la vida social, como Telarte y Arte en la Carretera. Retomó el tema martiano en 1986, al desplegar en tempera sobre cartulina una serie inspirada en los Versos Sencillos, que tituló Pinta mi amigo el pintor, la cual fue exhibida en la Galería Habana. Más adelante volvió al collage fotográfico, para desarrollar el tema del amor en obras de gran erotismo.

En 1988 el Museo Nacional de Bellas Artes organizó la primera retrospectiva de su obra. A partir de 1990 volvió a la introspección de su primera etapa abstracta en los óleos de su serie Islas 90 y comenzó a escribir sus memorias, tituladas Yo Publio. En 1994 fue acreedor, junto con el título de Doctor Honoris Causa otorgado por el Instituto Superior de Arte, del Premio Nacional de Artes Plásticas en su primera edición, en reconocimiento a su larga y fecunda trayectoria artística. Murió en La Habana en 1995.

Entre los artistas, por lo general, se hacen comunes dos formas preferentes de asumir la creación: los que desde su inicial trayectoria profesional alcanzan un lenguaje personal y se mantienen fiel al mismo, con alguna que otra variante de codificación; y los que se renuevan una y otra vez, generando una obra diversa, aunque sostenida, por la constante expresiva de su propia personalidad creadora. De esta última progenie es Publio Amable Raúl Martínez González. Él encarna, como pocos artistas cubanos, esa capacidad de renovación desde los más diversos presupuestos estéticos, tecnológicos y de géneros, sin que por ello mengüen un ápice la originalidad y capacidad regeneradora de su poética visual. La causa de esta obra única y diversa haya quizás que buscarla en la propia naturaleza de su personalidad indagadora, sin obviar las particularidades políticas y sociales de la época en la que le tocó vivir y crear, caracterizada por el triunfo de una revolución en demasía convulsa, cambiante y transformadora(…)

(…) con acuciosidad de entomólogo buscaba en el pueblo, su pueblo, aquellos personajes, objetos y situaciones que reclamaban su interés, y que luego llevaría a su obra pictórica y gráfica.

El deslinde entre una y otra manifestación, en el caso de Raúl, no es gratuito. Pocos como él han sabido reconocer los límites y posibilidades de ambos lenguajes visuales, sin perder por ello su rastro más cierto, su oficio y estilo, su esencial capacidad creadora. La relación gráfico-pintor, que tan buenos dividendos siempre le reportó al arte cubano de todos los tiempos, encontró en las urgencias comunicativas de la revolución una nueva posibilidad de potenciación de sus capacidades estético-comunicativas, y en Raúl, uno de sus más representativos exponentes. Desde su propia etapa formativa, esta relación medular tuvo una positiva incidencia en su trayectoria vital como artista (…)

(…)Más que un obstáculo, la publicidad le permitió resolver la supuesta dicotomía entre arte y comunicación, desdibujando los límites entre ambos y apropiándose con sentido crítico de las cualidades estéticas y de oficio que tal relación podía aportarle a la consecución de un lenguaje personal, en consonancia con las expectativas que la época le imponía a sus reclamos de artista.

De hecho, él no fue el único en asumir esta dicotomía y darle solución años después. Podría decirse que, más que una situación particular de Raúl, fue la tendencia dominante en una parte importante del ámbito artístico de la segunda posguerra (como es notorio, algunos de los pintores más representativos del pop art estadounidense también pasaron por la escuela de la publicidad). La excepción más bien estaría en que fue Raúl quien con mayor acierto la capitalizó, al menos entre nosotros.

Al triunfo de la revolución, ya Raúl es considerado por la crítica nacional e internacional como uno de los más importantes expresionistas abstractos de Cuba. Por entonces renuncia a su trabajo en el sector publicitario para dedicarse por entero a la plástica y a la fotografía(…)

(…)La mejor prueba en arte de lo que es bueno y novedoso está, a veces, en relación directa con lo que le cuesta a un autor imponerse. En todos los tiempos fue así, y así seguirá siendo… Tanto en las revoluciones sociales como en las artísticas y literarias, la reacción primera al cambio es la reserva, cuando no la oposición. Y Raúl fue un revolucionario del arte de la revolución.

Este logrado momento de su inicial etapa pictórica figurativa tuvo otro interés: el reclamo por el diseño escenográfico y editorial(…)

(…)Atento a las tendencias del arte internacional de vanguardia, en particular al pop art, y a las experiencias propias más recientes alcanzadas en su particular tratamiento de la imagen fotográfica y el collage, así como en un número de dibujos y tintas de asunto martiano, el gráfico se entrega al pintor para plasmar lo que para él es Martí: «Ese ser extraordinario, que tras una aparente suavidad proyecta una devastadora fuerza.»4 Las obras se suceden, la ampliación, repetición, multiplicación, simplificación y apropiación de la imagen constituirán constantes de su estrategia de codificación. Una concepción entre tierna e ingenua de Martí (su aparente suavidad) puede reevaluarse en un mismo lienzo o en los de una misma serie a partir de otra que obra sobre la base de un dibujo de cierta impronta expresionista, que en ocasiones linda con lo grotesco (su fuerza devastadora). Asimismo, en sus pinceladas se transparenta cierta angustia, como el hacer que se debate entre lo que de abstracto tuvo su pintura precedente y lo que de social y cotidiano tendrá su obra figurativa siguiente. La pujanza del colorido, por otra parte, aplicado de manera plana o extendido en manchas contrastadas, contribuye a las singularidades emanadas de la reiteración del icono, así como a su proceso desacralizador –paso obligado hacia su humanización–, en consonancia con su sentido autocrítico y la distancia que interpone entre sus héroes y la forma de asumir los suyos Andy Warhol(…)

(…)Los otrora intemporales héroes, ya desacralizados, ahora se recontextualizan y se mezclan con los hombres y mujeres del pueblo, especialmente obreros, campesinos y estudiantes. El componente juvenil de la sociedad cubana termina por hacerse un espacio cada vez mayor en los cuadros, en la misma medida que lo heroico personal cede ante una épica plural(…)

(…) La apropiación va a actuar en él como factor de emancipación cultural. Crítico de contenidos que al mismo tiempo encarna, su pueblo fue siempre una representación de lo mejor del mismo, y esto no se pierde de una etapa a otra, por más que ello ocurra en un período de crisis. Este proceso por el cual encara a un nuevo nivel ideoestético las estrategias de codificación que le son propias hará factible, tanto los elementos plásticos ya usados, como orgánico su contrapunto temático en todos los tiempos del verbo crear (…)

En 1994 es investido con el título Doctor Honoris Causa en Ciencias del Arte en el Instituto Superior de Arte de La Habana. En las palabras de agradecimiento, expresa: «Nunca pensé ser doctor en nada, ni siquiera en curar un catarro (…) El acto de creación es religioso y lúcido; las pasiones se viven, después se expresan. Hay que conocerse, saber lo más posible sobre nosotros mismos, dominar los demonios (…) Creo que todavía es tiempo de aprender, así que, como ayer, sean ustedes indulgentes conmigo…»6 El 18 de enero de 1995 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas en su primera edición. Meses después, el 2 de abril de 1995, el continuo acto creador que había sido su vida concluye… No así su legado, expresión de un artista que supo ser un hombre de su tiempo y de todos los tiempos.

Fragmento de Raúl Martínez de Jorge R Bermúdez