Arte fuera del Museo

Adelaida de Juan

Arte fuera del Museo fue el último artículo que entregó la Doctora Adelaida de Juan al portal Artcrónica. Lo teníamos en nuestro poder hacía algunos días, pero estábamos tratando de encontrar imágenes de los eventos que aborda en su texto para incluirlas a modo de ilustración. La búsqueda demoró más de lo previsto, y mientras estábamos inmersos en ese proceso recibimos la desafortunada noticia de su fallecimiento.

Por tal motivo, esta presentación del trabajo de Adelaida de Juan en la sección Enlaces no solo constituye una iniciativa de incalculable valor testimonial, sino también un homenaje del grupo de redacción de Artcrónica a la destacada profesora y crítica de arte, quien siempre estuvo al tanto de los nuevos proyectos creados para la documentación y el análisis especializado de las artes plásticas cubanas, y quien poseía una vitalidad de pensamiento y de escritura encomiables, que mantuvo hasta los últimos días de su existencia.

(Agradecemos las imágenes suministradas por el Estudio Figueroa-Vives)

David Mateo/Director portal Artcrónica

Por Adelaida de Juan

En agosto de 1985 el Museo Nacional de Bellas Artes inauguró una muestra colectiva que tenía la particularidad de estar constituida por proyectos de obras que no terminarían en sus muros expositivos; de hecho, no terminarían en ningún muro. Estaban destinados a vivir al aire libre, en vallas de 6 x 3 metros, colocadas en parajes seleccionados al borde de la carretera -la Autopista Nacional, la Ocho Vías- que se inicia en los límites de la ciudad de La Habana. Se habrían de escoger 19 proyectos para situar en el tramo inicial de esa ancha vía, en puntos escogidos en atención a su proximidad a algún proyecto, construcción, empresa agrícola o ganadera, sitio campesino, de recreación, represa o lugar de interés histórico. Todos estos puntos carecían de elementos que pudieran distraer o aliviar la vista de quien por ellos transitara.

1. Arte en la carretera, 1985. Valla realizada por Rafael Zarza. Autopista Nacional, Km 14,9. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

Ante la convocatoria del Ministerio de Cultura para esta iniciativa, 49 artistas hicieron llegar 78 bocetos: la ejecución de los escogidos inicialmente se hizo de forma simultánea y pública en los espacios cercanos a la Facultad de Arquitectura de la Universidad de La Habana. Durante todo un día, los artistas trabajaron juntos, cada uno en su proyecto de valla, asumiendo Juan Moreira ciertas indicaciones prácticas ya que tenía experiencia anterior en esta labor como medio de subsistencia. Como yo había colaborado anteriormente en el jurado de selección de los proyectos presentados, tuve la suerte de ser invitada como espectadora de la ejecución simultánea de las vallas con los diseños que había visto en proyectos. Si bien Moreira se ocuparía de la ejecución de las vallas de artistas ya de cierta edad -Portocarrero, Mariano, Martínez Pedro-, los demás pintores treparon con entusiasmo (al menos aparente) en sus andamios, y empezaron a trabajar.

2. Arte en la carretera, 1985. Valla realizada por José Bedia. Autopista Nacional, Municipio Nueva Paz, La Habana. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

Recuerdo particularmente algunos incidentes. Un pintor de cierta edad que se negó rotundamente a que su valla fuera ejecutada por un artista joven fue Ruperto Jay Matamoros. Nacido en 1912, había participado, con otros artistas populares, en la Escuela Libre iniciada por Abela, que duró unos meses a fines de la década de 1930. A pesar de sus años, se trepó en su andamio y, si bien su cuadrícula de la valla, paso inicial del trabajo, fue bien peculiar, al ser desigual en sus diámetros, procedió a pintar con entusiasmo, alterando alegremente el boceto presentado, para terminar, al cabo de horas de laboreo, con una valla que mostraba su habitual framboyán, con la mujer recostada a su sombra.

3. Arte en la carretera, 1985. Valla realizada por Tomás Sánchez. Autopista Nacional Km 76,7, La Habana. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

Otro artista que trabajó incesantemente fue Tomás Sánchez. Ya consagrado internacionalmente por la obtención del premio Joan Miró en 1980, Tomás había presentado un proyecto totalmente cubierto por hierba. Manifestó en una entrevista previa: “No puedo dejar el paisaje, aunque me agota hacer un gran espacio lleno de hierba… pero soy persistente.” Tal persistencia fue evidente ese día. Con paciencia envidiable, cuando ya otros compañeros de faena habían terminado, Tomás seguía absorto en su valla, hasta que fue terminada a su gusto.

Una valla que ese día quedó en blanco fue la destinada a Zaida del Río. Ella había presentado un proyecto en el que el espacio estaba cuadriculado para recibir otras tantas figuras. Si bien su proyecto fue aceptado por el jurado nombrado al efecto, se acordó sugerirle que redujera el número de cuadrículas, ya que la obra sería vista por un espectador en movimiento por la vía. Recuerdo que me tocó hablar con Zaida y ella accedió en seguida. Pero el día de la ejecución de las vallas, la suya permaneció en blanco pues Zaida no apareció en ningún momento ni supimos dónde estaba ni qué había pasado. Al día siguiente, ella se presentó, subió al andamio y, en solitario, se puso a pintar una linda pareja que no tenía que ver con su proyecto original. Terminada esta labor, sintió calor y procedió, sin más, a bañarse en la piscina.

4. Vestuario utilizando diseños de Nja Mahdaoiu para Telarte VI, 1989. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

Estos son algunos instantes que, al cabo de tres décadas, me vienen a la mente con respecto a la iniciativa Arte en la Carretera. Fueron años marcados, entre otros hechos notables para la actividad plástica de nuestro país, por la accesibilidad del arte cubano más original a un público masivo. Muchos de los artistas que participaron en Arte en la Carretera también lo hicieron en las diversas ediciones de Telarte. Con este proyecto, no solo podía verse un diseño de Portocarrero a la salida de la capital -esta fue la valla de mayor popularidad-, sino que las mujeres pudimos, año tras año, vestir telas de fresco algodón con diseños de nuestros más destacados creadores de diversas manifestaciones, de la pintura y, luego, de la fotografía. La variedad formal es notable. Recuerdo particularmente los diseños geométricos de Umberto Peña, las alusiones al mundo vegetal de Flora Fong, la combinatoria de elementos frutales, animales y humanos de Raúl Martínez. Pienso además en los diversos aportes de Manuel Mendive a las anuales entregas de Telarte. De acuerdo con su estilo reiterado en múltiples obras pictóricas e instalaciones -rememoro particularmente la que presentó (y fue premiada unánimemente) en la segunda Bienal de La Habana-, Mendive colaboró, año tras año, a la iniciativa de Telarte, con diseños fieles a su mundo pictórico y, al propio tiempo, perfectamente adecuados a la tela de vestir.

5. Vestuario utilizando diseños de Nja Mahdaoiu para Telarte VI, 1989. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

Otros ejemplos notables a lo largo de los años en que la sucesión de entregas de Telarte pobló nuestros meses de mayor calor revelan la presencia de los aportes de creadores también con un mantenido estilo personal. Así, pudimos apreciar en las telas de vestir, reminiscencias de una etapa reciente -la de la Zona Postal- de Fayad Jamís; los rostros de la Gran familia de Raúl Martínez; el conocido árbol del framboyán de Ruperto Jay Matamoros; las frutas de Mariano, las imaginerías de Zaida del Río, los trazos creativos de Minerva López o las imágenes que Tonel hacía salir de las tiras cómicas (Por cierto, Tonel era el encargado de asesorar al equipo impresor de la fábrica, ubicada según creo en la entonces provincia de Santa Clara).

6. Vestuario utilizando varios diseños de Telarte VI, 1989. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

Si recuerdo bien, Telarte tuvo cinco ediciones, y los proyectos de la última fueron expuestos en el Museo Nacional en mayo 1988. Para el catálogo de esa muestra, escribí entonces que “la definición cualitativa del diseño destinado a la producción industrial es también su calidad estética: el arte se proyecta sobre objetos que tienen otras finalidades que la de ser solo portadores de un mensaje artístico. En esta vertiente se inscribe ya, con una trayectoria meritoria en nuestro país, Telarte.” Pasé entonces a recordar posibles antecedentes de tal iniciativa en nuestro país. La Casa de las Américas, que había convocado durante la década de los años sesenta del siglo pasado varios concursos de grabados latinoamericanos y caribeños exhibidos en su Galería Latinoamericana, modificó tal iniciativa en la siguiente década llamando a artistas y críticos de la zona a los debates que, bajo la rúbrica de Encuentros de Plástica Latinoamericana, se celebraron en la Casa. Resultado de tales Encuentros fue, en 1974, la realización de pañuelos con sus diseños en la textilera Ariguanabo. Estos diseños se reimprimieron en 1979 con motivo del Festival de la Juventud celebrado en nuestro país. Al año siguiente, para la conmemoración del 26 de julio, se confeccionaron prendas, de los llamados pullovers, también diseñados por algunos pintores que habían participado en la primera iniciativa. Algunos de estos artistas -Portocarrero, Mariano, Lesbia Vent Dumois- habían colaborado en las diversas entregas de Telarte.

7. Vista parcial de los balcones de la Plaza Vieja de La Habana anunciando la exposición Telarte VI, 1989. Foto: José A. Figueroa. Cortesía Estudio Figueroa-Vives

No debo olvidar, en este breve recuento de dos proyectos de labor colectiva para un fin común, el papel protagónico que desempeñó, a partir de aquella década de los años sesenta, el Pabellón Cuba. Ubicado en la avenida Rampa en el habanero reparto del Vedado, fue el eje central de un remozamiento considerable que afectó la extensión de la avenida: sus aceras recibieron numerosos bloques diseñados por nuestros más destacados artistas con lo que, hasta hoy en día, los transeúntes podemos caminar sobre un diseño de Lam, de Mariano, de Portocarrero, de Amelia, o de otros conocidos artistas nuestros. Por cierto, se crea una suerte de callado contrapunto al inicio de la avenida, entre el diseño de Amelia a nuestros pies y su gran mural en cerámica azul en la fachada del hotel que se encuentra al inicio de la Rampa.

El Pabellón, una estructura de hormigón armado prefabricado, aprovechó dos terrenos libres comunicados entre sí por medio de un túnel, a través de un bloque de oficinas. Todos los elementos espaciales potenciados por la ubicación urbanística y un inteligente manejo de los espacios, han hecho del Pabellón un local altamente aprovechado en muestras variadas. La Primera Muestra de la Cultura Cubana, organizada por la Casa de las Américas, fue el esfuerzo inicial de una labor colectiva, en 1966. Dos años después, un equipo interdisciplinario integrado por una guionista, (Rebeca Chávez), arquitectos (Pérez O´Reilly, Severino Rodríguez), diseñadores (Mazola, Frémez) y fotógrafos (Mayito, Chessex), organizó la Exposición del Tercer Mundo a través de la flexible estructuración espacial de los locales del Pabellón. El público asistente era guiado por la conjunción de todos los elementos audiovisuales desde la vía pública hasta el último recinto abierto, logrando una de las muestras más efectivas y populares de la época.

En 1973, los artistas de la delegación cubana de los Encuentros de Plástica Latinoamericana de la Casa de las Américas realizaron una interesante experiencia de trabajo en equipo interdisciplinario. Efectuaron sesiones iniciales de trabajo dedicadas a analizar la finalidad de la exposición, su contenido ideológico y su forma plástica. En esa primera etapa del trabajo, se discutieron estos puntos hasta llegar al guión definitivo de la exposición, su desarrollo en los espacios de las tres plantas de la Casa, así como su plasmación visual. Entonces los artistas discutieron entre sí los bocetos que se iban preparando, de modo que al iniciar la labor, todos habían participado en el plan general y en cada uno de sus segmentos. Las imágenes finales, disímiles consideradas aisladamente, integraron un todo unitario, que ejemplificaba el proceso revolucionario desde sus inicios. Este colectivo de la exposición Imágenes de Cuba 1953/1973 estaba integrado por Adigio Benítez, Azcuy, Beltrán, Francisco Blanco, Carmelo, Carol, Fowler, Gallardo, González Puig, López Oliva, Mariano, Sergio Martínez, Martínez Pedro, Nuez, Rostgaard, Lesbia Vent Dumois. A mí me tocaba tomar notas.

Con este breve recordatorio de obras concebidas y realizadas en equipo interdisciplinario, destinadas a un público masivo y, en ocasiones, transeúnte, he rememorado una época. Como sucede a veces, el recuerdo resulta muy grato y, al propio tiempo, deja un marcado dejo de añoranza. Claro, suele ocurrir que varias circunstancias son determinantes y matizan tales sentimientos. Los años ochenta, con inevitables ocurrencias penosas, vieron asimismo el desarrollo de un Ministerio de Cultura que emprendió iniciativas (algunas de las cuales he mencionado en este texto), potenció las ya existentes y, en general, estuvo a tono con el ambiente general que se respiraba en nuestro país. Concretamente, en lo que me atañe, hasta cierto punto fui partícipe de las iniciativas en el ámbito de la plástica anotadas en páginas anteriores. Y he narrado las incidencias precedentes desde el punto de vista de un jurado o una asesora de un proyecto dado, partícipe en las conversaciones y debates previos. Tal punto de vista es, por supuesto, personal, aunque trato siempre de mantener cierta distancia al formar mi criterio.

Los ochenta terminaron, como en el verso de Eliot, “Not with a whisper but with a bang”. “No con un susurro sino con un porrazo”, aunque, por supuesto, sin dudas hubo muchas amarguras a lo largo de la década de los noventa: un porrazo con apagones que no solo eran eléctricos, y que, a pesar de los esfuerzos realizados, afectaron no pocas iniciativas culturales. Con una nueva década, que también fue un nuevo siglo, la lenta recuperación empezó a traer inevitablemente otra época. Para las anteriores, pues, queden el recuerdo y el disfrute de lo que ya constituye nuestra historia.

El Vedado, marzo 2018