
Lo que soñó Dadá, el outsider te lo cumplió
A Manolito
Por Elvia Rosa Castro
Existe un notable inventario de obras y artistas cubanos bajo la categoría de “outsider art”, o si se quiere, «arte marginal». Sin embargo, la falta de exposiciones y estudios sobre este específico segmento creativo es aterrador. Tanto la crítica como las instituciones artísticas han priorizado a los artistas graduados de academias de arte. Tampoco el llamado “art Brut” u “outsider” es un tópico que se enseñe en las facultades de historia del arte[1], de tendencia elitista y rancio formalismo. Luego, se trata de una producción reservada a la merced de buenas voluntades que entienden el valor de estos artistas y reconocen su status vulnerable, incluso hacia el interior de las propias familias. Estas generosas personas, contadas con los dedos de una mano, hacen posible el conocimiento y el acercamiento a esta alucinante zona de creación. Gracias a la curiosidad, empatía justiciera y hasta rebelde de estos promotores nos llegan notificaciones de creadores cuya existencia ha sido relegada al más desdeñoso ostracismo y que precisamente allí, en completa alienación, existe la madreperla legítima, en estado puro y sin condimentos. Sin mediación. Sin las sazones encubridoras de la sociedad civil.
Así, No Seasoning: the artworks from seven Afro descendant Cuban Outsider Artists, integrada por Pedro Pablo Bacallao, Gloria de la Caridad, Misleidys Castillo, Isacc Crespo, Daldo Marte, Luis Manuel Otero Alcántara, y Martha Iris Pérez, busca facilitar el encuentro del público con obras profundamente liberadoras en tanto decapitan cualquier precepto y paradigma cultural heredado socialmente. Suelo decir que estas obras, donde el collage predomina, son sinécdoques y postales enviadas a nadie, pues sus autores, ajenos a toda expectativa, viven inmersos en un mundo enigmático a la par que fascinante donde el “otro”, o nosotros, no existimos como referencia normativa. Sin embargo, no por ello dejan de anunciar mundos posibles, realidades carentes del lustro piadoso de las mediaciones. Esencialmente nos hablan desde esa condición llamada “identidad fragmentada”.
El flirteo y las relaciones públicas, carísimos al mundo del arte contemporáneo, no existen en este escenario.
La sola existencia de estos artistas, marcada por una brutal adversidad, es ya un bienvenido malestar cultural, una sanción a los rituales socioculturales. Por eso les propongo “diez minutos de parada”, una bocanada de aire puro y autenticidad en un mundo estandarizado y marcado por la censura, cuya lógica dominante aún se asienta en rígidas convenciones sociales, y todas las formas de colonialismo mental. Estos artistas, que parecen venir de otros portales, son al mundo del arte como la glándula pineal al ser humano, ese tercer ojo que permite navegar libremente lo extrasensorial y escapar de la Matrix. En su introversión y aislamiento, hay algo de visionarios en ellos, y son excepcionalmente imaginativos.
Este escenario, sin embargo, no deja de ser intrigante y hasta perturbador. A pesar de llevar años leyendo sobre el tema no he encontrado respuestas definitivas. Sobre todo, porque cada persona es un mundo, nunca mejor dicho. Una cosa sí es innegable: el evidente efecto liberador que produce este arte tanto en los artistas como en nosotros espectadores.


Dentro de todo ese mundo medio encriptado, hay tendencias que podemos notar, una de ellas sería la presencia de patrones, la repetición de recursos discursivos visuales. Hay quien piensa que se trata de auto guías, suertes de tutoriales que les permiten acaso configurar cierto orden dentro del caos. En mi caso prefiero establecer un arco de similitud y remitirme a la repetición en el arte kené, de la cultura Chipibo-Konibo, donde este elemento es más que una coartada lingüística y adquiere una connotación espiritual, de facultades curativas, y garante de paz interior. El colectivo cubano Balada Tropical, por ejemplo, utilizaba lo que ellos llaman “música ruido” para, mediante la repetición de un sonido, inducir estados alterados de conciencia.
No descartaría que, en el arte outsider, esa proliferación de la pauta tenga el mismo efecto (o viceversa). En todo caso sería indiscutible de que se trata de una vía de conexión, una clave en el cultivo de la empatía y la comunión. Simultáneamente, es uno de los recursos que permite experimentar el tiempo de forma diferente o, mejor dicho, sería la manera de vivir la duración. Ya sea bajo el efecto de la ayahuasca, la letanía del ruido musical, porque padeces un trastorno mental, o vives socialmente aislado, está claro que el ego anda con la guardia baja, mientras más blando y alter-ado mejor. Literalmente en estado febril. Escatología pura.
Corolario: De Gilles Deleuze aprendimos esto que es muy parecido a un aforismo: la repetición es el terror del pensamiento. ¡Y de eso se trata! Esta es una exposición de «desnudez radical» en el sentido de honestidad, transparencia y ausencia de rituales socioculturales. Sería el “fracaso de la representación”, de la manera en que se ha entendido hasta ahora.
En ese naufragio épico de la representación ocupa un rol primordial el uso de materiales ajenos a la tradición artística por parte de creadores outsiders. Los llamados materiales residuales, en desuso, “impuros” y precarios colman la mayoría de estas obras. Estos medios encontrados, sin aura aparente, mal vistos por la norma y la convención, ensamblados bajo una lógica “otra” desestabilizan la integridad de la imagen como creemos que debe ser. En tal sentido, hablamos de obras anti-totalitarias.
Hay un texto ensayístico que escribí para acercarme a la obra de Ramón Williams (con pinta creciente de outsider él). Allí escribí lo siguiente: “Si el mundo pudiera que elegir viviría en una distopía regida por el totalitarismo de lo coiffed. Tal sería su naturaleza previsible. De hecho, nuestra vida, irremediablemente, se enrumba a ese estadio: una realidad amanerada y glossy, fija en su lugar, atiborrada de laca y encerado. Un mundo podado y domesticado. En un mundo coiffed no hay libre arbitrio, tampoco sería necesario una toilette.” Esta muestra sería lo contrario, la glorificación de la rareza y lo diferente, el culto a la aspereza jugosa, a la sofisticación sin sazón.
No Seasoning: the artworks from seven Afro descendant Cuban Outsider Artists propone un acercamiento a auténticos artistas que de manera directa o solapada resisten un grave y doble estigma: el prejuicio generalizado hacia aquellos que padecen desórdenes mentales, o que simplemente no encajan en la convención, por un lado, y el racial, por el otro. Su sola existencia los arroja a un bucle hostil de desventajas sistémicas que se reciclan en el entorno más cercano y en la totalidad de la sociedad.[2] A través del collage, el dibujo, la pintura, el performance, la escultura, y la fotografía, esta singular exposición ofrece una imagen impactante y diversa, fresca, de un mundo resiliente y excepcional, alejado de estereotipo. Un universo escasamente comprendido y explorado.

CODA
Ya sea porque mis propios orígenes lo condicionaron, o la sensibilidad cultivada a través de los años, o simplemente por ser contracorriente, lo cierto es que siempre me sedujeron las lecturas que priorizaban los bordes, lo carnavalesco y la deconstrucción. En las afueras del cine Chaplin procuraba encontrarme con la agudeza performática del legendario Manolito. Su presencia me abría un espacio que definitivamente no era virtual. Y era liberador. Pero lo mío era intuición y goce momentáneo. Hubo personas que fueron más allá: viajaron la isla de punta a cabo, investigaron, escribieron, ensayaron, apoyaron a cada uno de estos artistas y aún promueven el arte outsider. A la claridad y visión de estos seres, especialmente de Yaisys Ojeda, por sus investigaciones y textos; y a Juan Martín, quien generosamente ha puesto el arsenal de su colección a disposición para esta expo, va mi profundo agradecimiento. No seasoning… también es de ellos.
Citas:
(1) “…el art brut es un término francés concebido por el artista Jean Dubuffet (1901-1985) a mediados del siglo XX, con el que quiso denominar a toda aquella producción plástica realizada por personas con padecimientos psiquiátricos –internadas en hospitales o no–, convictos, individuos aislados de la sociedad y niños. Dubuffet se inspiró en los estudios que el historiador del arte y psiquiatra Hans Prinzhorn (1886-1933) había realizado sobre la producción plástica de pacientes psiquiátricos, para publicar su manifiesto “El art brut preferido a las artes culturales” y fundar la Compañía de Art Brut (1948) y el Museo de Art Brut de Lausana, Suiza (1967), al cual dona una extensa colección plástica.
A partir del término art brut, surgieron otras terminologías: arte visionario, arte lunático, raw art, arte psicopatológico entre otras; aunque una de las más utilizada en la actualidad es la de outsider art (arte marginal), término creado por el crítico británico Roger Cardinal en 1972, que es mucho más inclusivo en su concepción. De ahí su amplio debate, y que no sea de total aceptación por los especialistas más ortodoxos”. Yaysis Ojeda Becerra. “Encuentros y desencuentros entre el art brut y el arte naif en la plástica cubana”. En blog Prontuario de arte.
(2) A través de los años se han usado indistintamente los términos Art Brut y Outsider Art para referirse al segmento creativo que en esta exposición se muestra. Como el título de esta indica, opté por la segunda variante pues al no ceñirse a la premisa del diagnóstico médico o a la reclusión institucional me permite expandirme en la selección e insertar por ejemplo a Luis Manuel Otero Alcántara, artista que viene del desalojo y el expolio. Luisma es, hasta nuevo aviso, un artista medularmente outsider. Es, sin embargo, a diferencia de todos los artistas reunidos aquí, el que sí tiene conciencia del hecho artístico, así como deseos de inserción y superación.






