
Sin título. De La serie Oxidación
La abstracción como espacio de riesgo e investigación
Por Ángel Alonso
«La abstracción es el lenguaje de nuestra época porque es multicultural.
No depende de una figura o una historia local; habla directamente a la condición humana global».
Sean Scully
A diferencia de otros movimientos artísticos, la abstracción no tuvo un programa único y cerrado, se caracterizó por la pluralidad y la divergencia. A causa de esta flexibilidad sus afluentes nunca se agotaron. Casi ningún artista se autodenomina hoy en día cubista, por ejemplo, o futurista, pero muchos se autodefinen como abstractos. Y es que el camino de la abstracción no funcionó como un movimiento histórico más, sino como un camino abierto, una búsqueda infinita de libertad que ha sobrevivido hasta nuestros días.
Desde aquellos lejanos años en los que Rigoberto Mena (La Habana, 1961) se aproximó a las pictografías aborígenes cubanas, el artista comenzó a construir un repertorio visual que ha desarrollado a un ritmo vertiginoso; una propuesta marcadamente sólida en el campo de la pintura abstracta actual. Aquel acercamiento al arte rupestre no solo se enfoca en los círculos concéntricos ejecutados por los primeros habitantes de su isla, más allá de aquellas estructuras, recreaba el soporte donde ellas habitaban: la roca. Ese aspecto pétreo ha estado presente en no pocas de sus obras posteriores, pinturas en las que el protagonista parece ser el tiempo, con todo lo que trae en cuanto a erosión y desgaste.
Un cuadro de Mena visibiliza los procesos pictóricos que tuvieron lugar en su ejecución. Sus pinturas son las huellas de una excavación. Se alejan de los cálculos racionales de Mondrian, pero también de los excesos gestuales del expresionismo abstracto. El trazo expresivo está, pero puesto de manera en que no se agota a la primera mirada, porque, aunque por asociación podamos compararlo con la vertiente más emotiva de la abstracción, hay aquí una sedimentación, una huella de las horas empleadas, que le otorga una singularidad bastante difícil de etiquetar. Sus gestos están controlados desde su instinto; se despliegan bajo un orden interno, que subsiste luego de alterarlo intencionalmente al experimentar con la materia.

Sin título. Técnica mixta sobre tela. 120 x 120 cm / 2017

Sin título. Técnica mixta sobre tela. 200 x 200 cm / 2013
Sus imágenes emergen a través de una construcción pictórica en la que se superponen diversos tratamientos formales. Grafismo, transparencias, humedades tratadas con trozos de tela, texturas rugosas… se dan la mano para construir un mundo rico en accidentes y arriesgadas composiciones, elementos que el artista logra tensar a través del oficio y de sus sólidos conocimientos del diseño.
Sus cuadros impactan, pero no se detienen allí, sino que estimulan la mirada del espectador, invitándole a un viaje interno y meditativo. Resulta obvio que aquí el material más importante no es el pigmento en sí mismo, sino aquello que cierto profesor de San Alejandro llamaba «la cocina». El artista explora, a través de su intuición, las infinitas posibilidades de cada mancha, de cada textura. La densidad de las superficies, las capas de pintura que va revelando y ocultando, los rastros borrados y las huellas sutiles delatan una práctica sostenida, una fidelidad al oficio de pintor que se sustenta en décadas de trabajo constante.
Su nada convencional trayectoria parece haberle otorgado una relación particular con la pintura, una autenticidad orientada hacia la perseverancia del trabajo como goce insustituible, como placer íntimo. Mena estudió, antes de dedicarse a la pintura, una carrera científico-técnica, quizás el hecho de empezar su quehacer artístico con más edad que otros creadores sea la explicación de que su pasión, aquella que siente el estudiante joven, siga vigente en la actualidad.
No hubo para él esa corta etapa de ilusiones del adolescente que, sostenido por sus padres, alimenta sueños de ser artista y luego, apenas tiene que enfrentarse a la vida real, se rinde por cansancio. Esa no fue la historia de Mena, tampoco la del artista lanzado artificialmente con padrinos pudientes y conectados. Él tuvo que formarse bajo la necesidad de trabajar, de afrontar funciones familiares complejas como la paternidad, y hubo casamientos y divorcios, y sobre todo dificultades materiales que le educaron en el camino de la voluntad y del esfuerzo.
También estudió diseño, pero siempre fue un rebelde que no toleraba los esquematismos de las escuelas, ni siquiera los de las academias de arte. Siempre ha preferido la libertad a los títulos; apuesta por los buenos momentos, las risas, el goce de la amistad, del amor y de la dedicación a la pintura… Vivir intensamente ha sido para él mucho más importante que el ego y la competencia. No se angustia, no se compara, simplemente trabaja y vive con la ligereza y la seguridad de quien encuentra en su obra una fuente de placer inagotable. Mena confía absolutamente en la persistencia, por eso en sus cuadros el protagonista es el tiempo.

Yves Klein y yo con un pañuelo africano en París. Técnica mixta sobre tela. 200 x 200 cm / 2018

Vista desde la otra orilla. Técnica mixta sobre tela. 120 x 140 cm / 2020
Pero no se ha de reducir esta obra a una cuestión de técnica o de goce personal, sería esta una apreciación errada e insuficiente. Lo realmente interesante es cómo esa persistencia se convierte en contenido, cómo ese lenguaje abstracto deriva en una comunicación cercana, táctil, casi familiar.
Hay trozos de sus lienzos que parecen haberse raspado a través de años, como si fueran paredes de prisiones; en otras ocasiones las telas conservan depósitos de color que tienen la apariencia de sedimentos acumulados. Muchas de sus imágenes tienen una dimensión arqueológica, la materia adquiere entonces una autonomía expresiva como aquella que exploraba Tapies. Hay resonancias de lo arcaico, de lo rudimentario. Pero no a la manera de Dubuffet, en este caso el artista nos orienta hacia una reconstrucción de la memoria visual, nos lleva por un camino de asociaciones en las que no falta el déjà vu, esa percepción de la memoria que la neurociencia no acaba de explicar a fondo. Y es que, por muy abstracto que intente ser un artista, nunca podrá desprenderse de la experiencia vivida. Muchas de estas pinturas son semejantes a los muros que nos rodearon en la maltratada ciudad donde crecimos.
En sus composiciones suele organizar la superficie mediante módulos, fronteras rectangulares inexactas, indefinidas, sugeridas… que evocan paisajes urbanos aéreos en los que trazos oscuros atraviesan la superficie como si fueran carreteras, otras veces las líneas trazan una suerte de escritura ininteligible, y hasta hay mezclas de elementos geométricos que contrastan con otros gestuales. Esa coexistencia entre orden y desgaste enriquece enormemente su discurso. Porque, por un lado, recoge la herencia de movimientos como el constructivismo, el cubismo o la abstracción geométrica, y por otro lado hay un predominio del informalismo y de la espontaneidad. Se trata de una improvisación controlada, como la de un jazzista virtuoso, porque hay también mucho de música en estas superficies deterioradas.
Estos cuadros no son estructuras cerradas, más bien funcionan como campos de energía. Mena no parte de una composición fijada de antemano, ni creo que haga bocetos, se trata de un proceso en el que la intuición se expresa libremente, pero bajo la vigilancia de una especie de piloto automático que controla la realización y frena los impulsos antes de excederse: capas de pigmento que se tapan a medias, trazos que aparecen y desaparecen, manchas que interfieren con otras decisiones previas, fragmentos de la obra saturados que contrastan con zonas de silencio, de descanso visual.

Sin título. Técnica mixta sobre tela. 167 x 127 cm / 2016

Sin título. Técnica mixta sobre tela. 100 x 100 cm / 2023
A veces las manchas blancas y sienas actúan como golpes rítmicos, silencios o acentos percutidos, en otras ocasiones las tonalidades parecen haber envejecido en el lienzo. Existe en estos cuadros una especie de polifonía visual: no aparece una sola voz dominante, las capas de pigmento se pronuncian simultáneamente creando una armonía. Esta ausencia de focalización le acerca por momentos a la abstracción post-pictórica y al arte procesual. No existe un centro jerárquico claro. La organización es interna, hay un dominio magistral de la tensión espacial y del control de los accidentes.
Las asociaciones con la música también nos conectan con la huella del tiempo que parece encarnar su obra. Porque no son cuadros que se leen linealmente, la mirada del espectador entra en ellos, se extravía, vuelve, se desorienta por momentos… pero luego encuentra ritmos internos. El ojo circula por la superficie encontrando diversos focos de interés sin que ninguno sea completamente dominante. El efecto es directamente meditativo, la razón queda expulsada de nuestra mente; los pensamientos no encuentran lugar donde instalarse y se van por inservibles, se desechan por innecesarios. Es entonces cuando comprendemos que no nos hacían falta las palabras, que la verdad está donde se ausenta la palabra. Y esto produce un silencio interesante: parece que el cuadro quisiera decir algo, pero permanece en el umbral de la significación. De ese modo se aleja del decorativismo, provoca a la mente, pero la deja muda, mostrándonos, como Buda bajo el árbol, que las cosas existen sin el disfraz de su nombre.
Sí, en ocasiones hay un motivo inicial como pretexto, como el pie forzado de una décima, pero luego vienen las superposiciones, los chorreados, los raspados… Una concentración de oscuridad en una zona del cuadro, por ejemplo, puede generar un eje de gravedad visual. Los colores claros y aparentemente dispersos funcionan como respiraciones, áreas de paz que equilibran la densidad de las zonas cargadas.
La mezcla de diseño gráfico, gestualidad, caligrafía ilegible, y el espíritu de grabado que poseen ciertas huellas que estampa a través de mallas o tejidos, constituyen una hibridez que lo aleja de las abstracciones ortodoxas. Hay una búsqueda constante de balance entre expansión y condensación. Acumula signos y texturas barrocas en ciertas zonas de los cuadros, para luego compensarnos con áreas vaporosas, abiertas, en las que la vista descansa.
Rigoberto Mena nos confirma la actualidad de la abstracción como espacio de riesgo e investigación. Sus gestos, sus acumulaciones y sus silencios alcanzan un equilibrio singular, es allí donde reside la fuerza de su obra.

Sin título. Técnica mixta sobre masonite. 122 x 244 cm / 2018

Sin título. Técnica mixta sobre tela. 140 x 140 cm / 2024

Sin título. Técnica mixta sobre tela. 182 x 120 cm / 2026
