Yenny Hernández Valdés
“Todo placer es un bien en la medida
en que tiene por compañera a la naturaleza”.
Epicúreo
Excitado, como un colérico convocando a la naturaleza, Ángel Ricardo Ricardo Ríos (Cuba, 1965) ha vertido en lienzos de gran formato conjuros de una belleza palpable en tonos, texturas, remolinos y enredaderas que rozan el surrealismo sensual. Esa acción volcánica la ha traducido en las obras que conforman su Jardín vertical, muestra personal realizada en la galería Servando de La Habana. Una muestra en la que se ha advertido una suerte de limbo plástico, donde la complacencia retiniana y el degustar cromático son inherentes en la apreciación de las obras.
Poseídas por un silencio evocador, se divisa en estas piezas un sobresalto interno, compulsivo, de gestos fluidos que parecen extenderse de un cuadro a otro, en los que el color y la línea sinuosa e infinita hacen que la mirada más ligera se torne suspicaz. Y sondee cada pincelada, cada trazo, cada huella. La alusión es, desde el propio título de la exposición, a elementos naturales, a flores, plantas, a naturaleza viva. El delirio íntimo de Ángel Ricardo cobra aquí formas múltiples o ¿quizás formas sin formas? Pero una duda me lleva a otra y, entonces, me pregunto además: ¿estamos ante una figuración o una abstracción? ¿Qué nos quiere hacer ver o a dónde nos pretende transportar el artista? ¿Son solo elementos naturales o hay referencias a algo más? Ay Ricardo Ríos, ¡cuántas ideas al observar tus piezas! Voy a arriesgarme y a dejarme llevar por lo que ellas me transmiten. Creo que solo así encontraré luces al final de cada uno de mis cuestionamientos.
Hay todo un regodeo sobre motivos florales; alusiones de una naturaleza vivaz, explosiva en formas, tamaños, colores y hasta en olores. Este jardín es un revival en todos sus matices, una clara nostalgia por construir(se) una zona de confort imperturbable, donde no penetren las agónicas pesadillas de la sobrevivencia social y la angustiosa realidad en la que nos encontramos a diario. La cimentación de su jardín vertical es posible cuando lo piensa cual pseudo resquicio donde encontrar armonía, pero entre el placer y la serenidad interior. Qué mejor para ello que recurrir a la naturaleza, a la madre que nos acoge en su seno y nos ofrece su grandeza.
No hay una voluntad de cuestionamientos políticos, ni abordajes picantes sobre determinadas zonas de la sociedad que nos sobreviene. Ángel Ricardo nos propone un limbo plástico en el cual sumergirnos, del que no podemos apartar la mirada y, por tanto, nos vemos identificados en ese movimiento concéntrico que nace del fondo del lienzo. Y nos arrastra, desde la retina hasta el subconsciente, a gozar de esas imperfecciones. Si se quiere, más que rastros de pinturas o alegorías a jardines, se nos presentan como espectáculos surreales en plena explosión pasional de formas que cobran sentido allá dentro: en el interior de cada espectador.
Entonces, ¿estamos ante una figuración matizada de elementos abstractos (Lo asexual en esta obra está en el detalle los querubines azules [sic], 2019) o ante una abstracción en camino a la figuración (El Ave del Paraíso antes de ser concebida en pecado, 2019)? ¡Qué locura pudiera parecer! Qué manera tan astuta y elegante de jugar con nuestras percepciones cognoscitivas, de hacernos disfrutar de una contemplación sensualista, que excita en nosotros el deseo –tal vez reprimido– de manosear, de oler, de saborear. De sentir el gesto efusivo que emana de estas piezas.
No estamos ante los girasoles de Van Gogh, los jardines de Monet o El Bosco, ni de las flores de Klimt, Gauguin y Amelia Peláez, con quienes podemos tropezarnos, quizás, navegando por estas zonas ocres, sepias, rojas, manchas negras y líneas finas. Estamos ante un jardín diferente al de aquellos, pues el de Ángel Ricardo es exuberante y notablemente expresivo. Parece situarnos no ya frente a un jardín en su esplendor, sino en un laberinto de enredaderas que cautivan. El suyo, por demás, es vertical: y así de irreverente en su cosecha plástica, su discurso irónico y mordaz.
Hay un designio que desborda el hecho procesual de este jardín. Y es que el subconsciente del artista toma las riendas de la acción y domina la faena experimental: momentos que se tornan realidades paralelas, en las que escapa de su “yo” racional para dejarse llevar por el desenfreno de su “yo” pasional. Así, experimenta una ecuanimidad exquisita al dar forma, al garabatear, al insinuar, al soñar con total libertad por ese mundo otro, suyo y de nosotros al unísono.
Ricardo Ríos no le teme al lienzo ni a su pulcritud. Al contrario, parece como si lo tomara cual segunda piel, sobre la cual tatuarse los placeres del arte. Una actitud escandalosamente sugerente, a través de la cual cobra sentido matérico y simbólico su derroche plástico –serie Paseos nocturnos, 2018. Precisamente, la fuerza de su obra radica en lo estremecedor de su expresividad pictórica, composicional y rítmica, ultra colmada de un movimiento intestinal, sinestésico, cuasi atormentador, que evoca hasta el más mínimo vestigio de gozo latente en lo profundo de algunos de sus remolinos plásticos. Por eso es que me aferro en que no son solo jardines o sus signos representacionales. Definitivamente va más allá el universo recreado por el artista. Nos sitúa ante un espacio caprichoso en choques alegóricos, que cobran sentido según quien lo intervenga.
También se advierte una especie de proposición erótica, sensual y caótica. No podemos negar la apetitosa sugerencia sexual de ciertas formas, líneas y movimientos en algunas de estas piezas (La proyección de Freud en el caracol africano, 2019). El erotismo que emana de ciertas zonas, acentuado por tonalidades sugestivas, nos enciende no solo los placeres del espíritu, sino también la postura vouyerística y el escrutinio en cada línea, cada plano, en cada mancha. Ello viene a ser un guiño para que encontremos la mesura entre los placeres de la carne y los del espíritu. Es posible, ¡sí! Lo he experimentado al recorrer estos lienzos. Al tocarlos con la mirada. Al hundir mi dedo en la carnosidad de ciertas manchas. Y al comprobar que, como mismo un tallo de flor rompe la tierra para salir al mundo, de igual manera bullen e irrumpen nuestras pasiones y tensiones internas. Y es este, su Jardín vertical, el sitio que nos ofrece Ángel Ricardo para matizar los ademanes del alma, la razón y los sentimientos.
Qué oportuno toparnos con este subterfugio plástico que nos ofrece este artista con deferencia. Lo ha construido para nosotros y también para sí mismo: es un primaveral y exquisito jardín, en el cual podemos tumbarnos, refrescar, desconectar; apasionarnos con esos colores y ciertas formas sensuales, instintivas, misteriosas y etéreas. Disfrutando de ello, me vienen al recuerdo Epicúreo y su Jardín, escuela desde donde defendía la libertad del placer y el bienestar corporal y espiritual por encima de las angustias banales que padece el sujeto en su transcurrir. Aquel Jardín, el de Epicúreo, era su huerto, un sitio para cultivar un hedonismo exquisito, medido en pasión y transparente en desarrollo; siempre en franco diálogo con la madre natura, esa de la que venimos cuando nacemos y a la que retornamos cuando partimos.
Como Epicúreo, también concibió Ángel Ricardo Ricardo Ríos su propio espacio otro, abierto a las escapatorias e inquietudes de los sujetos. Un jardín que crece hacia arriba y el cielo, hacia el infinito y la verticalidad del espacio arte: allí donde todo es posible. Por ello, siempre es gratificante encontrarse ante piezas artísticas que propongan la posibilidad de naufragar –en el buen sentido del término– en aguas alternativas.
Su jardín no surgió de la nada. Partió de la intención y voluntad sostenida de un arqueólogo visual, un jardinero del siglo XXI presto a encauzar tal empresa. A cosecharla y a llevar a buen puerto la consecuencia final con esa floración total de colores y olores, de matices y erotismos.
Él es, por demás, amante de lo sensitivo y lo vívido que logra a través de un grito interno y que parte de su intuición; como quien siente la necesidad de hurgar –en las raíces mismas de su interior– para sacar a la luz una obra distanciada del panfleto y la doctrina. Se oxigena como las plantas mismas que representa y mediante bocanadas de aire fresco y nuevo. Exterioriza su obra re-creando un espacio posible de interrelación, de equilibrios, de goces humanos.
Así, recurriendo a la naturaleza y sus encantos, hace crecer flores donde antes existían surcos dramáticos y angostos de transitar. Ya lo anunciaba Epicúreo en su tiempo y, ahora, lo siento en la obra de Ángel Ricardo Ricardo Ríos: todo placer es un bien en la medida en que tiene por compañera a la naturaleza.Este artista ha transitado por diversos vericuetos en los predios del arte, con una obra exquisita en técnicas y discursos. Su producción, mirando en retrospectiva, ha llegado a ser un serpenteo constante a lo largo de su carrera: una recreación de escenas, momentos, zonas, espacios, elementos amorfos; susceptibles todos de una asociación y un maridaje con los procesos que se generan en el subconsciente. No solo se cuestiona, como es normal, determinadas inquietudes internas –como sujeto-artista pululan en sí– sino que examina el interior de su producción. Y experimenta formal, conceptual y estéticamente para ofrecer una obra tersa y deleitable, de valores plásticos que son llamativos ante los ojos del espectador.
En estas piezas se advierte una voluntad de inmiscuirse en el universo de las formas; las tonalidades; el erotismo de líneas zigzagueantes; el sexo sutil y aludido, pero nunca expreso; la reiteración de elementos naturales. Estas devienen claves de un modus procesual que lo estimulan a atreverse a pintar una vez más. A adentrarse en el reto de conquistar el espacio plástico en la contemporaneidad de hoy, desde el afán intuitivo, y con una dosis de sensualidad cual up to date de un sujeto que se reinventa y regenera. Ángel Ricardo Ricardo Ríos mantiene activo su olfato en función de sus libertades internas.
(Del presente texto, inspirado en una algo reciente muestra personal, el título original es “Un nuevo Epicúreo entre nosotros: el Jardín vertical de Ángel Ricardo Ricardo Ríos”).