
COMENTARIO
Palabras del Director ejecutivo del Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina.
Por Andrés Duprat
En su cuento “La escritura del dios”, Jorge Luis Borges imaginó una historia: el protagonista, un sacerdote maya prisionero junto a un jaguar apenas visible entre las rejas de la celda contigua, cree descubrir en la piel del animal —como un místico que lee las letras de una escritura sagrada— la frase que contiene el secreto del universo. Borges abordaba así una idea que lo desvelaba: el límite del lenguaje para decir lo absoluto.
“Dios habla el lenguaje de la naturaleza”, pensaban los románticos. Y para el cautivo del relato esa escritura en la piel del jaguar se revela con la misma fuerza que la muerte, que llega junto con el conocimiento del misterio.
José “Pepe” Franco se apropió de esa mitología mucho antes de conocerla. En su Cuba natal encontró el signo de su destino en la piel rayada de una cebra: un animal inexistente en la isla que conoció cuando niño a través del motivo de una lámpara que lo fascinaba en la casa de una tía con la que convivió. Con el tiempo, en diferentes etapas de su vida, fue resignificando ese motivo. Como el objeto perdido de la infancia en El ciudadano Kane, esa imagen lo acompañó siempre.
En sus obras —telas, esculturas, objetos cubiertos de piel de cebra o de jaguar—, Pepe Franco busca revelar un secreto: el conflicto entre naturaleza y técnica, entre lo sagrado y lo artificial.
Como un “Aduanero Rousseau tropical”, sus junglas exuberantes, narradas con un lenguaje cercano al pop, transforman en parodia la tragedia de una naturaleza capturada por la mano humana. Pero en sus cuadros la naturaleza muta, se hibrida y triunfa: invade los objetos técnicos y los convierte en símbolos de una nueva y extraña armonía. Así, en varias de sus obras está presente el ser humano, camuflado entre animales y objetos diversos. En otras, aparece bajo la forma de ángeles protectores, devolviendo una mirada espiritual al mundo moderno.
Su obra visual intenta sanar la herida original entre humanidad y naturaleza tejiendo una trama de formas y colores que celebra la vida. Desde la mirada de quien carga con la experiencia de la emigración, Pepe Franco observa el mundo con compasión, pero también con humor, desparpajo e ironía. En sus imágenes brilla un aura luminosa que es advertencia y esperanza: un llamado a despertar, pero también a reconocer la belleza que aún resiste en medio del peligro.
