
Yo soy Martí. 2021. Óleo y acrílico sobre lienzo. 140 x 100 cm.
Relatos y conjeturas de un proceso curatorial
Por David Mateo
Mis primeros intercambios con el artista Darian Abad se llevaron a cabo a través de WhatsApp. Un amigo común que realiza labores de representación de su obra propició el contacto. Hacía más de cinco años que yo radicaba y trabajaba en la ciudad de México y nunca había tenido la oportunidad de conocer su producción visual; ni tan siquiera había escuchado mencionar su nombre. Es muy cierto ese argumento de que en Cuba los artistas crecen como la “mala hierba”, según aseveró en una oportunidad un crítico cubano de culto. Imagino que mientras yo me adentraba en esa difícil experiencia de adaptación migratoria, él estaba en pleno proceso de formación como artista dentro de Cuba, primero en su natal provincia de Camagüey y luego en La Habana.
Debo reconocer que, a pesar de la formalidad del intercambio digital o de las inestabilidades frecuentes de la conexión telefónica con Cuba, la empatía entre nosotros se manifestó de manera espontánea mientras desarrollábamos ese primer diálogo, y las opiniones sobre arte fluyeron de un lado a otro de forma respetuosa, amena. Como Darian deseaba mostrar su trabajo y someterlo a una valoración autorizada, esa primera oportunidad de encuentro concluyó con la entrega de un dosier que reunía un número significativo de referencias fotográficas sobre su obra. Apenas unos días después de ese contacto preliminar, yo estaba entregado a la revisión exhaustiva del PDF y de las distintas series concebidas por el artista; leyendo cada uno de los statements que había redactado para ellas.
A partir de ese documento, pude comprobar que Darian Abad había tenido incursiones en la práctica teatral y que su formación como artista visual se había desarrollado de manera empírica; que, aunque su trayectoria como creador era reducida, ya acumulaba una buena cantidad de pinturas y dibujos realizados en acrílico sobre lienzo o tinta sobre papel, y había emprendido algunas piezas sugerentes en formato instalativo. En el muestrario que me envió a través del correo se agrupaban cuatro conjuntos específicos: Sólido, Pléroma, Sinapsis, Ánima. En el dossier se incluía un cuadro único dedicado al abordaje de la figura de José Martí (con el título sarcástico de “Yo soy Martí”). Era un encuadre que, por el sentido polémico del tratamiento de la figura, la originalidad del abordaje conceptual y la factura técnica, tuve el presentimiento de que podría convertirse también en otra serie relevante dentro de su quehacer. Me llamó la atención sobre todo una firme y atrevida declaración de tendencia que Daria había incluido en uno de los acápites del resumen, decía lo siguiente: “Inspirado en tradiciones gráficas antiguas, busco revelar el orden subyacente de la creación, invitando al espectador a activar su subconsciente y hallar en la contemplación de estas obras una comprensión personal y profunda de nuestro mundo”.
Desde muy temprano tuve la percepción clara de que estaba frente a un artista con intereses y presupuestos autónomos; empezando a conocer a un creador que había decidió dar riendas sueltas a sus expectativas conceptuales y estéticas; que sopesaba de manera cautelosa las normativas formales y temáticas vigentes en el contexto artístico cubano. Confieso que siento una enorme satisfacción cada vez que me encuentro con este arquetipo de artista, decidido a canalizar sin titubeos sus poéticas y enfoques individuales; dispuesto a transitar entre el acervo alegórico del pasado y el presente sin perjuicio alguno, y sin prestar más atención de la adecuada a las exigencias y presunciones del mundillo artístico.
En esas primeras piezas de Darian Abad se constataba, además, un eficiente dominio del dibujo, del diseño espacial; un balance minucioso entre las diversas tonalidades de color (blanco, negro y gris); el empleo sosegado, leve, de algunas gradaciones de amarillos y ocres para acentuar el ambiente histriónico de los escenarios. En la impronta de varias de esas visualidades se podría reconocer el influjo de perfiles o rasgos de la representación artística ancestral, tal como él me había anticipado ya en nuestra conversación por WhatsApp, como son los bajos relieves sumerios, los códices y murales egipcios, la ilustración medieval vinculada al universo de las prácticas alquímicas, y la impronta del grabado japonés. También se revelaban algunas experimentaciones geométricas que parecían interactuar con importantes legados visuales, con ejercicios estructurales y ópticos concebidos por figuras históricas como Mauris Cornelius, Hirma AF Krim o Wassily Kandinsky. Todo formaba parte de un acervo cultural cuidadosamente digerido y volcado en novedosas y eclécticas representaciones personales.
Sin embargo, me percaté que dentro de todo aquel caudal de imágenes había que comenzar a introducir algunas valoraciones de carácter curatorial; establecer ciertas pautas de edición que permitieran potenciar, de forma gradual, las vertientes de mayor impacto dentro de su incursión visual y alegórica. Justamente nos encontrábamos organizando ya una estrategia de intercambios y talleres sistemáticos en este sentido, cuando Abad me comenta que se había enterado del tutorial que impartíamos Arturo Montoto y yo sobre “técnicas artísticas y apreciaciones curatoriales”, y que le interesaba inscribirse en uno de esos cursos como alternativa prioritaria. Aplazamos entonces la programación de nuestros encuentros periódicos y comenzamos el tutorial con la presencia de Montoto y mía, y alternando -gracias a las bondades de la internet- entre escenarios físicos y virtuales de La Habana y México,
En esa fase previa de planeación del curso, que siempre conciliamos Montoto y yo, aproveché para exponerle a Arturo algunas de mis opiniones y sugerencias como curador sobre el bagaje artístico del tutorado; las cuales fueron aceptadas y tenidas en cuenta en su generalidad por el maestro dentro de las estrategias didácticas. Esa siempre ha sido una de las condiciones primordiales de mi interacción pedagógica con Montoto: nada ha impedido jamás que mantenga activo -en modo alerta- mi sensibilidad y lógica de pensamiento práctico como crítico de arte y curador. Le comenté a Montoto también que la serie de Darian que yo consideraba más eficaz era la que se titulaba Ánimas, pues en ella se conjugaban casi todas las fórmulas o artificios adoptados hasta el momento por el joven creador, y se constataba, además, un método de recontextualización peculiar de determinados acervos universales, las pretensiones representativas y estéticas que perseguía como autor con esa clase de ejercicio. Le ratifiqué que el cuadro dedicado a la figura de José Martí podía adoptarse como un referente metodológico en cuanto al abordaje de un tipo de discurso de análisis crítico, polémico, siempre respaldado por esa dosis de tensión ambiental entre lo sublime y lo dramático. Aunque Montoto no le prestó mucha atención a la serie Sinapsis, a mí particularmente me pereció necesario revisarla en detalle, pues ella parecía responder a un propósito de experimentación formal, de estructuración geométrica, que estaba expandiéndose poco a poco hacia las nociones generales de su trabajo. Llegué a afirmarle a Montoto, incluso, que era en esa serie donde yo sentía que el artista se encontraba más a gusto y realizado, a sabiendas de que la serie no pasaría la prueba de nuestra rigurosa decantación tutorial.
O sea, que el curso instructivo con Arturo Montoto sirvió para poner a prueba algunas de mis consideraciones elementales como curador sobre la obra producida por Darian Abad, y para sopesar algunos enfoques esenciales del vínculo profesional que pretendía desarrollar con él, mucho antes de adentrarnos en la materialización de alguna exposición física. Montoto no solo se dedicó a ratificar, desde su sabiduría y visión rigurosamente académica, ese principio selectivo que ya yo había estado tanteando en mis primeros contactos con Darían, sino que aportó sus conocimientos metodológicos, sus valoraciones especializadas, para poder reforzarlo al máximo. Así que esta colaboración curatorial, que en breve estaremos a punto de concretar Darian y yo, amerita incluir un agradecimiento especial a las interacciones pedagógicas de Arturo Montoto.
Dicho de manera enfática, la producción actual de Darian Abad, de la que ahora estamos dispuestos a mostrar un grupo emblemático de piezas, es el resultado de un examen riguroso, interactivo, de una revisión decantadora que concluyó en la selección de tres series específicas para continuar desarrollando: Pléroma, Ánimas y Yo soy Martí. Lo cual significa por extensión que, dentro del trabajo integral del artista -aunque reducido como es lógico por su corta trayectoria- creemos con toda seguridad que hay suficiente material gnóstico, modos operatorios y recursos técnicos para acopiar y reutilizar. De Pléroma, Darian puede absorber los artificios idóneos del dibujo y la pintura para emplear en la construcción escenográfica; el carácter referencial, inductivo, de determinados personajes épicos; la precisión del ensamblaje geométrico y la distribución proporcional del color, en aras de exaltar el aliento histriónico de determinados planos arquitectónicos. De Ánima, sería provechoso continuar expandiendo la atmósfera surrealista, la libertad de fabulación; la variante ondulada, sensual de las líneas en ciertas porciones del dibujo; la tendencia hacia la monocromía (o cuanto más la contienda, el forcejeo, entre tonalidades negras y blancas); y la habilidad para establecer mixturas o entrelazamientos figurativos. De Yo soy Martí, podría asumir de manera beneficiosa ese costado dramático de los ambientes pictóricos, inundados de una rara y sugestiva penumbra teatral; esa entronización critica de la realidad y sus estereotipos; de igual modo continuar apropiándose de la visión espectral, fantasmagórica de la figura humana y su disposición física reiterada dentro de una misma composición. Sin embargo, el desarrollo de ese ejercicio compositivo particular relacionado con la figura del héroe resulta cardinal a mi modo de ver, pues a través de él Darian Abad ha encontrado al fin los rasgos y matices específicos del dibujo que podría potenciar a partir de ahora en sus composiciones. Me refiero a ese dibujo que parece evocar los procedimientos neoimpresionistas; que combina hábilmente líneas cortantes, puntos de diferentes tamaños y densidades con pinceladas continuas; que apela a los efectos de contraste entre luces y sombras, y que tienta todo el tiempo la capacidad de percepción asociativa del espectador.
Con todos estos recursos, asimilados eficientemente, y reacomodados según exija el concepto y el tratamiento específico de cada pieza, Darían Abad ha iniciado una nueva serie en su carrera artística, titulada Ovación, que tiene como motivo visual de referencia, de inspiración, las propuestas gráficas provenientes de las cartas del Tarot y su compendio de reflexiones alegóricas, sus artilugios de adivinación y autoconocimiento. Pero no se trata de una conexión asumida de manera rígida, o readecuada con dubitación, con timidez, entre los soportes representativos de su conveniencia; sino de una reinterpretación bastante libre, autónoma, de las escenas y personajes emblemáticos que esa tradición comporta; de una extracción parcial de los elementos gráficos a partir del peso o la gravedad de su significado, y hasta de la fusión abierta, desprejuiciada, de algunos de ellos, con otros argumentos y narrativas provenientes del patrimonio literario e iconográfico universal.
Temas de tanta vigencia como la emigración, la instauración de los poderes dictatoriales, la actitud cómplice, manipuladora de los medios de comunicación masiva, la constricción del pensamiento y la expresión libres; el colapso existencial y la resignación ciudadana asumidas con sorna e ironía secreta…, son algunos de los temas que empieza ya a abordar Darian Abad a través de sus nuevos dibujos y pinturas, en una suerte de combinación eficaz entre la capacidad de remoción, de incitación del discurso simbólico, y la apariencia sugestiva de la obra, la sutil celada de gozo estético en la que parece envolverla. En medio de un panorama pictórico como el cubano, que parece alejarse cada día más de los procesos de recontextualización, esos que tanto aportaron al quehacer artístico cubano hacia finales de los ochenta y principios de los noventa, emerge la obra en apariencia “ilustrada” del joven artista Darian Abad. Y cuando utilizo el término “ilustrado” me refiero conscientemente al caudal intelectual, especulativo, que la asiste, y no a un sentido gráfico de acompañamiento. Puedo dar fe de que todos esos acervos culturales de procedencia global, que emplea en la totalidad de su obra, han sido revisitados y escudriñados desde lo cognitivo y lo formal, en conexión directa con el ambiente y la época histórica en la que surgieron. Ellos han sido digeridos al extremo por Darian y luego depositados con perspicacia sobre los sedimentos de un estilo iconográfico diferente, novedoso; y, sobre todo, consignados a la naturaleza de un modo de pensar, una filosofía propia, que se esfuerza por interconectar al máximo con la realidad insular, sus conflictos y disyuntivas sociales.
México/19 de julio de 2025.

De la serie Pléroma. Hochmah. 2019. Óleo y acrílico sobre lienzo. 140 x 100 cm.

De la serie Pléroma. Hochmah. 2019. Óleo y acrílico sobre lienzo. 140 x 100 cm.

De la serie Pléroma. Chesed. 2019. Óleo y acrílico sobre lienzo. 100 x 70 cm.

De la serie Pléroma. Kether. 2019. Óleo y acrílico sobre lienzo. 140 x 100 cm.

Yo soy Martí. 2021. Óleo y acrílico sobre lienzo. 140 x 100 cm.

Yo soy Martí. 2021. Óleo y acrílico sobre lienzo. 140 x 100 cm.

De la serie Ánima. Ánima 01. 2016. Acrílico sobre cartulina.100 x 70 cm.

De la serie Ánima. Ánima 02. 2016. Acrílico sobre cartulina.100 x 70 cm.

De la serie Ánima. Ánima 03. 2016. Acrílico sobre cartulina.100 x 70 cm.

De la serie Ánima. Ánima 04. 2016. Acrílico sobre cartulina.100 x 70 cm.

De la serie Sólido. Philosophical fire.2025. Tinta y arena sobre papel envejecido y madera fragmentada (MDF). 225 x 123 x12 cm.

De la serie Sólido. Philosophical fire.2025. Tinta y arena sobre papel envejecido y madera fragmentada (MDF). 225 x 123 x12 cm.

Autorretrato. 2019. Acrílico sobre papel manufacturado. 26 cm de diámetro.

Retrato. 2019. Acrílico sobre papel manufacturado. 26 cm de diámetro.

De la serie en proceso Ovación. Presunción de la deriva. Acrílico sobre lienzo. 190 x 130 cm.
