
Luis Saldaña en perspectiva
Por David Mateo
Las sensibilidades perceptuales y las aficiones estéticas comenzaron a revelarse de manera temprana en la vida del artista cubano Luis Alberto Saldaña Soto; me atrevería a afirmar, incluso, que mucho antes de que decidiera optar por los estudios académicos en el terreno del arte. En ese proceso tuvo una gran influencia el despertar de su afición por el dibujo a corta edad; pero también los vínculos reiterados con el ambiente natural de su provincia de origen, Mayabeque; la interacción con el campo, con la vegetación silvestre, en especial con los ríos y las zonas costeras que abundan en ese territorio insular, tanto en la región del norte como en el sur. Saldaña evoca con frecuencia las reiteradas incursiones que hacía con su padre para ir a cazar o a pescar, las largas horas que pasaban juntos mientras contemplaban las amplias extensiones rurales y marítimas de la zona. Esa experiencia cotidiana de intercambio con la naturaleza, que no hacía otra cosa quizás que reproducir las costumbres, los pasatiempos de una gran parte de los pobladores del territorio, impactó con especial énfasis en el desarrollo de sus aptitudes para la creación, y sobre todo en la conformación de una poética visual de iniciación, de aliento casi bucólico, con la que reinterpretaría su entorno a través de la pintura. Curiosamente, todo estaba preconfigurado en esa transición de la niñez a la adolescencia para que, entre los distintos géneros representativos, fuera el paisaje de naturaleza el principal motivo de compulsión creadora. Su caso resulta emblemático para corroborar ese movimiento de defensores del paisaje que se ha venido desarrollando de manera auténtica en el occidente del país.
Las primeras representaciones conocidas del joven Saldaña reflejaban una intención esencialmente simulativa; el artista se afanaba en recrear escenografías desde un punto de vista costumbrista, en establecer un tipo de observación generalmente abierta, panorámica, en correspondencia con el estado de asombro, de fascinación por el entorno, que pretendía demostrar. Sus enfoques jugaban a emular con las sinuosidades del paisaje rural, exaltando la presencia del sujeto dentro de ellas, en una tensión permanente de protagonismos y escalas. Luego decide introducir un enfoque surrealista en las imágenes combinadas del campo y el mar (Series relevantes en ese sentido son el Observador observado y Utopías), lo cual potenciará gradualmente el sentido metafórico de su trabajo y logrará recabar aún más la atención del contexto del arte. Pero, sin duda alguna, es en el paisaje netamente marítimo donde ese matiz fantástico alcanza su explicitación mayor. Contrario a lo que sucedió con otros pintores de su generación en Mayabeque, que continuaron desarrollando el paisaje rural, Luis Saldaña decidió dar riendas sueltas a su pasión por el mar, a la atracción que ejercían en él esos estados de sugestión y misterio que provienen de la inmensidad y la hondura del océano…, “tal como sucede en la vida misma”, ha comentado en más de una ocasión al hablar del tema desde un punto de vista simbólico. Me atrevería a asegurar que fue ese universo líquido, de transparencias y reflejos, de tonalidades múltiples, el que desata por completo la imaginación del artista; el que perfecciona al máximo sus habilidades especulativas; el que lo conduce hacia la improvisación de ámbitos fabulares donde conviven de forma ingeniosa lo terrestre y lo acuático, las figuraciones humanas y los animales; el que lo hace arribar a esa noción de mundos superpuestos, de dimensiones paralelas, de alternancias simbólicas entre planos elevados y bajos, entre lo sideral y lo mundano, que imprime un sello distintivo a muchos de sus espacios. A veces ese basamento surrealista recurre a otras insinuaciones figurativas algo más fácticas, deducibles, sobre todo cuando la intención del autor es la de reforzar el carácter inminente de la especulación existencial y filosófica (Serie Estereotipos). Pero, aun así, la condición acuosa, los detalles marinos, aparecen en interacción dentro de este abordaje iconográfico, ya sea como planos complementarios de la escenografía o en la variante de objetos inductivos que cierran el ciclo de la alegoría general.
Como resultado del proceso de madurez y perfeccionamiento pictórico que el artista ha alcanzado con estos últimos años, su obra empieza a reconsiderar la supremacía de los escenarios marítimos; a veces como pretextos contextuales, narrativos, como campos de resignificación sobre el peso de la ausencia y la incertidumbre social (Serie Insulares), y otras como espacios de experimentación visual y sensitivo. Aunque continúa incursionando por momentos también en composiciones figurativas panorámicas, apegadas a la naturaleza absoluta, a la convención histórica de género, con una virtud técnica que halaga y reclama para sí una buena parte del circuito del arte y el coleccionismo mexicano y estadounidense; sin embargo, en el que algunos consideramos su trabajo pictórico más arrestado, innovador (Serie “Agua especular”), se reduce el punto de fuga, de atención y enfoque, se condensa el plano perceptual y se asume el alto riesgo de ponderar el movimiento dinámico, la sensación de cambios fortuitos, el trueque de apariencias geométricas que se reproducen como un ciclo infinito en la superficie cambiante del mar, y en el que se involucran la luz, la refracción, el color, la línea. Se me ocurre pensar que en estas piezas también se pone en práctica una concepción sobre lo surreal, lo onírico, lo que más anclada a la inducción del espejismo, de la alucinación y hasta de lo psicodélico. Es tal esa obsesión de tanteos o ensayos pictóricos en este conjunto, que el artista no teme adentrarse incluso en la variables abstractas; variables que no pretenden en su caso facilitar una operatoria deconstructiva, un albedrio de la pincelada gestual, una actitud expresionista per se, sino improvisar un nuevo orden de distribución de los elementos; otra lógica de síntesis o condensación compositiva que no responda automáticamente a lo que se ve de primera mano en las aguas, desde una vista directa o a través del lente fotográfico, sino a lo que se infiere o se intuye desde lo más profundo de la contemplación y la capacidad asociativa. Estos ejercicios “abstractos” demuestran hasta dónde está dispuesto a llegar el artista para potenciar sus estudios y conocimientos ópticos sobre las aguas territoriales, y convertirse en un experto de esa clase de representación ambiental. En esta serie Saldaña no congela el ritmo, el flujo de las mareas, el vaivén de los oleajes, sino que potencia el movimiento; a veces hasta parece anticiparse al sentido y la aceleración de las masas de aguas, de las corrientes; y eso puede lograrlo con una parquedad de herramientas y recursos que muy pocos pintores de marinas pueden presumir hoy día; con una racionalidad de artíficos que solo puede poner en práctica una mirada instruida, perspicaz, como la que a estas alturas ya posee.
México, abril de 2026






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