Roberto Fabelo

Nació en Camagüey en 1950. Vivió en esa provincia hasta los 7 años cuando vino por primera vez a La Habana, pero regresa nuevamente a su tierra natal. En 1963, al regresar a La Habana se interesa en estudiar pintura. A los trece años en el Palacio de Pioneros, se inscribió en el círculo de dibujo y modelado, donde les orientaba una profesora que había sido alumna de Romañach. Finalmente ingresa a la Escuela Nacional de Arte y luego de graduarse matricula en el Instituto Superior de Arte, en el curso de trabajadores.

Formar parte del claustro de la Academia de Bellas Artes San Alejandro. Fue vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Impartió clases en tres niveles de educación en Cuba. Fue parte del tribunal en diversos concursos nacionales e internacionales, y es meritorio su trabajo como ilustrador de libros.

Por su destacada trayectoria artística el estado cubano le ha concedido la Medalla por la Cultura Nacional y la Medalla Alejo Carpentier, el Premio Nacional de Artes Plásticas 2004, el Premio La Rosa Blanca de la Asociación de Escritores de la UNEAC, el Primer Premio de la 1ra Bienal Iberoamericana de Acuarela de Chile, el Premio UNESCO por la promoción de las artes plásticas, la Medalla Abel Santamaría que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba, premios de pintura, gráfica y dibujo en certámenes de Cuba, India, Yugoslavia, Alemania y Gran Bretaña, entre otros. Destaca de manera singular el Premio de la Primera Bienal de La Habana.

Cuenta con más de medio centenar de exposiciones personales en Cuba, Dinamarca, Estados Unidos, Suecia, España, Barcelona, México, Portugal, Suiza. Asimismo, tiene participaciones en unas quinientas colectivas en más de veinte países, donde destacan la Bienal de La Habana y Bienal de Venecia.

Su obra se encuentra en importantes colecciones públicas y privadas por todo el mundo, donde destacan el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, el Centro Wifredo Lam, de La Habana, la Casa de las Américas, la Galería del Retrato Yugoslavo, la Sede de la ONU, en Nueva York, la Galería de los Oficios en Florencia, el Museo de Arte Moderno de la India, el Museo de Arte Moderno de México, DF, el Museo Universitario del Chopo en México DF, The Cleveland Gallery en Gran Bretaña, la Fundación Finsole SPA de Sicilia, la Colección de Arte Cubano Howart Farber, Alex y Carole Rosemberg, el Banco Financiero Internacional de Cuba, la Oficina del Historiador de La Habana, la Iglesia de Paula de Cuba y el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo de Santa Marta, Colombia.

La primera vez que Roberto Fabelo presentó una muestra personal en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba fue en 1988. Se abrió paso en aquellas salas con un conjunto de sus dibujos explayado en una dinámica estructura instalativa. Porciones de tamaños diversos se expandieron en el espacio, en el tiempo, dilatando la fuerza de Fragmentos vitales que, como exhibición, resumió una etapa comprendida entre 1984 –año en que el artista recibiera el Premio Internacional de Dibujo Armando Reverón en la Primera Bienal de La Habana–, y 1987, momento en que fueron realizadas casi la totalidad de las piezas, expuestas además en el Museo de Arte Moderno de Ciudad de México.

Los dibujos tremendos de entonces, hechos al creyón sobre la aspereza y humildad del papel kraft, multiplicaron la potencia expresiva del material mismo tras el rasgado y el recorte de la composición mayor que configuraban; de este modo, favorecían doblemente los gestos contenidos en los trazos abocetados con que emergían las conjunciones de cabezas humanas –cual retratos anónimos–, los animales, así como porciones de cuerpos y guras asomadas –podría decirse refugiadas– en el interior de paupérrimas vasijas cotidianas (…)

Las imágenes que entregó el artista detallaban una precariedad extrema que corroía a los seres, quienes, en su exigua existencia, parecían a toda costa querer escapar del mundo al que estaban con nados. Los dibujos expresionistas de Fabelo iluminaron la desolación y la angustia de todos aquellos individuos marginados por la historia, en una urgente necesidad de mostrar el rigor que pesa sobre esa parte de la humanidad sometida a la violencia del desamparo, la indiferencia, el olvido. Con posterioridad, el discurso del artista ascendió en la creación de una extensa galería de personajes: ángeles y demonios, especímenes deformes, sirenas, y también mujeres de extraviado esplendor, animales magníficos y entidades híbridas, caballeros y locos. Desde ellos creció una ruta que tuvo amplia aceptación, en la cual muchos degustaron con fruición esa hermosura contradictoria e inextricable de su creación, nacida desde la maestría técnica, el oficio virtuoso desgranado en dibujos, acuarelas o telas realizadas al óleo, donde el color consiguió alcanzar protagonismo.

Espacios dados a la fantasía y al tremendismo; atmósferas congeladas en el drama, la ensoñación o el erotismo, en escenas sin distinción de lugar o tiempo, fueron concebidas a partir de fuertes contrastes, de la confrontación entre opuestos: belleza y horror, libertad y su ausencia, razón y delirio, crueldad y ternura, reflexión y juego (…)

Este recuento tiene la excusa imprescindible de apuntar esa continuidad que pocos distinguen en la manera como se ha modelado la más reciente producción del artista. Dentro de aquellos «fragmentos tan vitales», y en la teatralidad alentada por lo onírico, fue construyéndose –en la suma de casi veinte años– una identidad que descubre: absurdo, poesía, grotesco e ironía. En tanto, el ideario que forjó ese segmento ampliamente reconocido no dejó de mover el espíritu inconforme de un discurso cuya naturaleza prístina ha sido y vuelve a ser la aventura de la sobrevivencia humana. Lo que empezó a dar señales de cambio y a transmutarse fue la apariencia de sus obras, siguiendo un curso que lleva el ritmo de su inconformidad artística, la marca del descreimiento, de la curiosidad y, sobre todo, de la apuesta por el riesgo.

Poco tiempo después, el mismo espacio fue testigo de una más osada transfiguración de Roberto Fabelo. Mundos (2005-2006) mostró a un artista en pleno goce de su capacidad creativa, en el vigor y renuevo de las ideas con que aventuró la ruptura hacia una nueva visualidad. Cinco esferas, suspendidas ante la vista de todos, expresaron la totalidad con extrema síntesis y a partir de materiales de alto potencial simbólico usados en su recubrimiento (casquillos de balas, osamentas animales y humanas, miles de cubiertos, carbón vegetal y más de diecisiete mil cucarachas). Eran denuncias acerca de los más acuciantes conflictos de la sociedad contemporánea.

A través de cada una de ellas se narró la relación conflictiva que el hombre sostiene hoy con un entorno a punto de colapsar y destruir la vida en el planeta. El impacto de las guerras fue señalado de manera enfática por el artista, en particular las que se originan en el afán por el control del petróleo, con toda la destrucción que ya han provocado. Las alegorías conformadas a partir de esos «mundos» nacieron desde la medular estirpe de dibujante que no abandona a Fabelo. Un primer dibujo sobre masonite terminó de definirlas. Los trazos, hechos con buriles y cuchillas sobre el tizne en las abombadas superficies de más de una cazuela, sobrecogieron por la crudeza en el asomo de esos demonios que el artista con esa rondan su subconsciente. Finalmente, sumó a lo cardinal algunas metáforas esgrimidas desde lo erótico, alternativas que tuvieron como soportes textiles estampados, y completó de esa manera una exposición provocadora que terminó de perfilar el abordaje de lo tridimensional (esculturas/instalaciones), el reciclaje de materiales, el uso de desechos y el estudio de cada nueva materia, por el valor morfológico y conceptual conferido a la obra, y los retos a vencer que se le auguraban al futuro de su creación.

Entre las piezas que se sucedieron con posterioridad (esencialmente dibujos a creyón de gran formato), se distingue por su singular naturaleza esa isla de Cuba que tomó cuerpo a partir de los volúmenes de múltiples recipientes marcados por el uso o el desuso abrumador: cazuelas colmadas de grasa renegrida, sartenes, jarros de aluminio de muy diversos tamaños con las huellas que las sales del agua dejaron tras mucho tiempo de ser usados en semejante faena de hervidura; cafeteras ennegrecidas por la costra que se empotra sobre la superficie originalmente pulida, cuando habitualmente el café se derrama. Recipientes precarios, sin lustre, maltratados e invadidos por un silencio que fue un elocuente comentario del artista sobre lo contextual y esas di culta- des que agobian y ponen en vilo a la nación, a esa isla con la cual andamos obsesionados.

A partir de los derroteros simbólicos marcados por esa instalación, Fabelo comenzó a realizar una serie que algunos han denominado Pinturas negras. Una abrumadora oscuridad se cierne sobre toda la superficie de las telas, construyendo un híbrido que toma lo conveniente de los bodegones y lo que interesa de lo tenido como paisaje, sin llegar a ser ni lo uno ni lo otro. Su síntesis sorprende, así como desconcierta su parquedad. Tienen esas pinturas la lucidez propia de los koans y, si nos dejamos alcanzar por la emoción que despiertan, no resultará extraño que sintamos cómo fluye en su preciso poder de evocación la viveza reflexiva del haiku.

Es posible distinguir un mar que no cesa en Roberto Fabelo; el mar hondo y pasional de su dibujo desde donde una y otra vez se ha desbordado. Hoy todo es diferente, y está lejos aquel instante en que sus fragmentos empezaron a derramarse. El progreso parece querer llevar a la especie humana hacia la destrucción, y así de continuo lo universal está en las habituales marejadas que no les han faltado al pensamiento y a la amplia obra del artista. No se quedan atrás nuestras singulares circunstancias, resultan avistadas en Calentamiento local, donde una masa de agua advierte que está a punto de salirse de control. En tanto, este mar interior rebasa o no sus circunstancias, Fabelo, cultivador de la inconformidad, intentará continuar descubriendo la ruta de sus propios desbordamientos.

Fragmentos de Desbordamientos de Caridad Blanco