Palabras de presentación de la muestra de Jesús de Armas, inaugurada el 8 de septiembre en la Sala transitoria del Edificio de Arte Cubano, Museo Nacional de Bellas Artes

Roberto Cobas Amate

Hoy es un gran día para el Museo Nacional de Bellas Artes; la centenaria institución cumple con una de sus más nobles funciones, la de reivindicar aquellas figuras que han caído en un lamentable olvido y que constituyen auténticos orgullos para la cultura cubana. Tal es el caso de Jesús de Armas, artista de inusual talento que, sin embargo, se encuentra desde hace años relegado a las sombras. Su biografía como artista asoma desde muy joven, allá por los años cincuenta, en los cuales ya aflora su temprana destreza para la caricatura, en la cual no sólo desarrolla un estilo singular sino también es la primera muestra de su temprana condición como creador.

El triunfo revolucionario de enero de 1959 incrementó sus energías, siendo el fundador y primer director de los dibujos animados realizados por el ICAIC en el período comprendido entre 1960 y 1967, en los cuales supo integrar a un contenido del más urgente compromiso social -tal como lo demandaba el momento histórico- el estilo de animación más contemporáneo. Así dejó de lado el sistema de creación Disney, ya envejecido, para incursionar en concepciones estéticas más avanzadas. De esta forma surgieron los sorprendentes primeros animados en un país que no poseía tradición en el género, sorprendiendo a un público acostumbrado a otros patrones de gusto. En tal sentido su registro es amplio y va desde las primeras obras de amplia resonancia popular como El maná, La prensa seria y El tiburón y la sardina hasta otras de profundo carácter filosófico como Pantomima amor no. 1, Un hombre y un chivo y La frontera. Estos filmes constituyen una época maravillosa en la cual el dibujo animado realizado en la Isla explora nuevas soluciones fílmicas, cuyo objetivo fundamental era “encontrar la vía cubana del cine de animación”, según afirmara el crítico Eduardo Manet. Creo que ha llegado el momento de reivindicar estos valiosos filmes, no sólo los realizados por Jesús de Armas, sino por una pléyade de talentosos jóvenes que hicieron posible la hazaña que Cuba, también en la animación, se hiciera visible en el contexto internacional.

Sin embargo, ya en los años setenta se inicia otro ciclo en la vida artística de Jesús de Armas, entregándose a una investigación seria y profunda de los primeros habitantes de Cuba. Durante varios años comienza un desandar en la cultura aborigen. Estudia de manera exhaustiva las pictografías en diversas cuevas de la Isla. Y de ahí comienzan aparecer sus primeras obras. Al principio es la traslación un tanto ingenua de rasgos de esa civilización al lienzo o la cartulina maravillado por su belleza, que nadie como él supo transponer a la plástica. Pero la chispa de la inspiración lo conduce a reflejar en su obra el choque intercultural entre los conquistadores y los primeros habitantes de la Isla que, con un armamento rudimentario supieron defender su espacio vital, su familia y su cultura ancestral de aquella monstruosa pesadilla que fue la Conquista.

En tal sentido la obra de Jesús de Armas alcanzó momentos de particular relieve al convertirse en el más sólido defensor de las culturas originarias de nuestra Isla, sobre todo en la muy debatida celebración en torno al llamado encuentro entre culturas en 1992. La Bienal de La Habana le abre sus espacios a su obra y posteriormente es invitado a exponer en la prestigiosa Casa de América Latina, en París, donde años antes expusiera Wifredo Lam.

En ese momento de reconocimiento internacional para su obra Jesús de Armas y su esposa Gilda deciden trasladarse a París. Los años transcurridos en esta ciudad demostraron que no fue una decisión sabia. Su vida en París transcurrió con los vaivenes azarosos de un artista bohemio de los años veinte del pasado siglo. Sin embargo, cada hombre tiene derecho a tomar sus propias decisiones. En París transcurre su último ciclo creador. Allí realiza una obra de gran sutileza y maestría por la que, sin embargo, no obtuvo el reconocimiento que él artista tanto aspiraba. No obstante hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana legitimamos su talento excepcional y su contribución al arte cubano en cuyo itinerario él, sin dudas, es uno de los imprescindibles.

La obra de Jesús de Armas nos motiva una reflexión. ¿Ha tenido la cultura autóctona de nuestro país el reconocimiento legítimo que merece? Me atrevo a decir que no. Digámoslo con franqueza: la cultura aborigen ha desaparecido del imaginario colectivo del pueblo cubano. Es una deuda impostergable que se reclame una institución que constituya un monumento magnífico para el rescate de las tradiciones artísticas y antropológicas de estos pueblos a través del coleccionismo, conservación, restauración y exhibición de las muestras tangibles de la civilización de los primeros habitantes de nuestra Isla que, sin dudas, también forman parte de la savia enriquecedora de nuestra cultura. Crear, con la colaboración de todos, un Museo Nacional de la cultura y el arte aborigen que esté por encima de los criterios provincianos de algunos funcionarios. No debemos olvidar que el vocablo Cuba viene de la lengua taína: “Cubao” que significa:”Donde la tierra fértil abunda” o “Gran Lugar”.

Antes de concluir deseo expresar mi más profundo reconocimiento al talento, inteligencia y perseverancia de la joven curadora Laura Arañó Arencibia quien supo rescatar del olvido a este notable artista y concebir un sólido proyecto para el despliegue de esta muestra.

Muchas gracias.

Roberto Cobas Amate
1ro. de julio, 2018

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